miércoles, abril 11, 2007

¡Que nos vengan a buscar! Grito y escalera al cielo

Los húngaros en el espacio o el espacio de los húngaros

La insistente cuestión del origen y la prevalecencia o no de lo húngaro en el sistema de identidad de los emigrantes vuelve a salir al patio cuando unos de estos “grandes” sale a la palestra y estalla en fama.

Hoy es el turno de Simonyi. Lleva unos 30 años viviendo en Estados Unidos y ahora mismo es Dios, mirándonos a todos desde el cielo.

La cuestión nacional es un dilema netamente local porque la prensa internacional lo tiene bien claro y deja para las letras pequeñas aquello del origen. Charles Simonyi es, ante todo, millonario.

La disyuntiva local-internacional, en lo que se refiere al espacio, se resuelve en húngaro de manera mucho más hábil que en la lengua de Mafalda y Mortadelo. Aquí, para nuestro global y amorfo “espacio” tienen, al menos, dos términos. Uno es “űr”, que a su vez implica el espacio sideral y el vacío; y el otro “tér”, que se refiere al espacio cuantificado, a los centímetros que ocupa un cuerpo o los metros cuadrados en los que se desparrama o podría desparramarse la lechita de la mañana. “Tér” también significa plaza, una acepción campera para hablar de espacio.

Por eso, para los hispanohablantes, el origen, el espacio, la posición social y cuantas cosas más se mezclan y levantamos la mano incómodos señalando que “eso” no es tan así. Los húngaros no se calientan tienen El sideral y tienen La placita. Simonyi es húngaro, no hay tu tía.

Y no solo “eso”, aquí estamos todos listos para que nos vengan a buscar. No solo despuntamos en modernidad sino también la mostramos a diestro y siniestro. Las hermosas mujeres húngaras son las encargadas, las responsables sociales de semejante tarea de concienciación. Y si han decidido cambiar las botas de cuero, que cubrieron, hasta casi alcanzar la rodilla, los pantalones durante el corto y escuchumizado invierno; e incluso se manifiestan ahora, abiertamente, contra ese soplo primaveral que algunos llaman “bermudas en medias de lana”, no es solo capricho de la moda. Estamos listos, como en “Cocoon” para que bajen el platillo y nos suban a todos. Hemos vuelto, sin dudarlo, al plástico brillante y espacial de los ‘70, al casquito aerodinámico, a las planchas de metal enroscadas a la altura de las tetas hasta apenas cubrir la entrepierna y a las gafas de sol tipo mosca, que no nos dejan ver nada, pero nos la suda. Tan contentas. Tan contentos.

Charles Simonyi vuela al espacio

por Annamaria Preisz

Por fin, el 7 de Abril, Charles Simonyi se convirtió en el quinto turista en viajar al espacio (a la Estación Espacial Internacional). Desde el sábado pasará unos 12 días haciendo 160 órbitas alrededor de la Tierra y cubriendo 6.5 millones de kilómetros. En la misma tabla, Charles es el ser humano número 450 en dejar la atmósfera del globo, y también el segundo húngaro en el Espacio.

Charles es uno de los tantos millonarios que ha dado la informática. Su vida, plagada de aventuras y de velocidad siempre ha estado marcada por el éxito. Nació en Hungría, donde antes de irse a Estados Unidos ya había trabajado con ordenadores en la Universidad de Budapest, junto con su padre, que era profesor de Ingeniería Eléctrica.

A la edad de 17 años, en 1966, dejó el país, nada más terminar la escuela secundaria. Se fue ilegalmente y desde el primer momento supo que volver ya no sería posible; pero lo tenía muy claro, y estaba lleno de energía. Empezó en Dinamarca, e inmediatamente, con 18 años, pasó a Estados Unidos, donde lo admitieron en la Universidad de Berkeley, California. Años después recibió el título de ingeniero eléctrico. Después siguió Stanford, donde obtuvo el título doctoral en ciencia informática. De ahí en más todo el camino fue recto hacia la cima. Primero lo emplearon en Xerox, y en 1981 se fue a trabajar con Bill Gates, como uno de los fundadores de la empresa Microsoft. Participó en el desarrollo de importantes proyectos, como Words y Excel.

A todo el mundo le fascina la posibilidad de volar al espacio, por supuesto tanto o más que tener la cantidad necesaria para ello. Este viaje cuesta al menos 20 millones de dólares. Él tiene el dinero, le sale por 21,6 millones.

En la Ciudad de las Estrellas, cerca de Moscú, lo prepararon tanto física como psíquicamente. Charles se ha tomado muy en serio el viaje y entre otras cosas, y a conciencia, ha refrescado sus conocimientos de ruso, lengua que había estudiado antes de emigrar. Leyendo su blog parece ser que está disfrutando mucho de estas “vacaciones”. Y no solo con los entrenamientos y el viaje en sí, sino también con cada lugar donde lo ha llevado este periplo, con sus nuevos colegas, con las comidas, con las “siestas”. Asegura que nunca ha estado nervioso, en absoluto. Pasó cada uno de los sucesivos exámenes con excelentes resultados. El 27 de marzo llegó a Baikonur, en Kazajistán, y el sábado 7 de abril despegó.

Lamentablemente no podrá dar un paseo fuera de la nave, en el espacio exterior. Para obtener el correspondiente permiso debería haberse preparado más y mejor. El programa de Charles se concentrará en investigaciones científicas a bordo de la EEI. Sus tres objetivos principales son: lograr que los vuelos aeroespaciales adquieran carácter masivo, desarrollar al máximo la Estación Espacial y despertar pasión entre los jóvenes por la Ciencia Espacial. Por ejemplo, en su blog tiene una sección para niños, y durante su vuelo estará en permanente contacto por radio con varias escuelas.

Solo nos queda esperar, llenos de curiosidad, las sorpresas que nos traerá Charles desde la estrellas.

Fuentes:
Charles in space
Wikipedia
Edge
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Los ingenieros húngaros no son húngaros

por Carlos Lavatelli

"Los científicos descubren el mundo que existe;
los ingenieros crean el mundo que nunca fue."
Tódor von Kármán, ingeniero aeroespacial

El dulce de leche es argentino, y eso no me lo discute nadie. Como el tango, el mate, el asado de tira y los chinchulines a la parrilla. Juan Manuel Fangio fue cinco veces campeón mundial de F1 internacional, un récord imbatible desde los años '50 hasta que en el 2003 el alemán Schumacher lo superó con seis campeonatos. Así como Diego Maradona, sin ninguna duda, fue el mejor futbolista de todos los tiempos.

Y si de ciencia hay que hablar, Bernardo Houssay (1947), Luis Leloir (1970) y César Milstein (1984), tres nobeles científicos argentinos.

No, si los seres humanos, cuando de deporte, ciencia, música, arte y cuanto venga a cuento se trata, no tenemos ninguna duda en afirmar verdades que de tan obvias, ni siquiera hace falta cuestionar: en Mi País se escucha la mejor música, de allí salen los mejores deportistas, los cerebros más brillantes, los inventos que solo el ingenio de Mi País puede lograr (hay que conocer la picardía de Mi País)...

Y de vinos y comidas para qué hablar: del resto podemos discutir... pero de comida terminantemente no. En Mi País sí que “se come muy bien”.

Paradójicamente, y vaya a saber uno por qué, hay cosas que... “solo ocurren en este país”.

Inventos, inventores y banderitas

Cuando fui deshojando la cultura magiar, apareció un caso curioso, aquel del cual mis años de adiestramiento escolar me habían convencido que era un “invento argentino”: la birome.
Lo que en España se conoce como “boli” (abreviatura de bolígrafo, su nombre técnico y de patente), en Argentina tomó en parte el nombre de su inventor, Ladislao José Biro (nombre argentinizado del húngaro Bíró László József).

Entonces a partir de aquí surge la pregunta sobre la que gira este artículo del que usted se preguntará “pero de qué está hablando este tipo”: un húngaro en Argentina ¿produce un invento argentino o un invento húngaro?

Los inventos, como la misma creatividad humana, no tienen nacionalidad, sino que son productos de hombres singulares o asociados (esto más frecuente en la actualidad, dados los niveles de complejidad y especialización alcanzados por la ciencia y la tecnología) que en un esforzado proceso donde se suman conocimientos, capitales, experimentación y una pizca de azar, se llegan a producir o perfeccionar herramientas que facilitan el trabajo y expanden el ocio humano.

A mí particularmente me atrae el azar, porque me resulta más divertido, juega como un niño para llevarnos por nuevos caminos que ni suponíamos como posibles. Pero científicos y matemáticos, celosos hasta el aburrimiento, se rehusaron a dejar nada fuera del cálculo: inventaron la fascinante como apocalíptica teoría del juego.

Los conocimientos son productos culturales, y es desde este punto de vista que partimos cuando hablamos de inventos. Hay individuos particulares que con su esfuerzo e inteligencia lograron cambios asombrosos en la historia de la humanidad, en muchos casos mejorando notablemente el estilo de vida: pensemos en el gran avance tecnológico que significó tanto el descubrimiento del fuego, como los inventos para producirlo; y el cambio que trajo consigo el invento o descubrimiento de la rueda(1), solo por dar un par de ejemplos significativos.

Pero lamentablemente parte de la creatividad e inteligencia humana sirvieron para destruir y poner en peligro la existencia misma: desde aquel tiempo, el planeta y nosotros en él corremos el peligro del fin no ya de la humanidad, sino de la vida misma. Una casi ignorada corriente filosófica decía que la humanidad era la tendencia suicida de la naturaleza, y el hombre no era más que un error biológico, porque como no había podido adaptarse a la supervivencia con sus propios medios naturales, se vio forzado a inventarse mil artilugios y herramientas para sobrevivir(2).

Aún en los casos de aquellos inventos que quedaron registrados como producto de un genio prodigioso, no debemos olvidar que todo individuo está condicionado en su acción por la cultura en la que se crió, en la que se desarrolló y en la que vive.

¿Por qué todos quieren apropiarse de Johnny Weissmüller? ¿Qué era? ¿Húngaro, alemán, rumano, judío o estadounidense? Desde mi punto de vista, era todo eso y seguramente algo más.

Es en este sentido que cuando hablamos de inventores húngaros (o chinos, italianos, árabes, españoles o argentinos, para el caso da igual) sospechamos maliciosamente. En las referencias que en diversos sitios de internet se hace a ellos, se usan frases que a mí me divierten mucho (incluso en textos en español, copiados al pie de la letra de textos en inglés, por supuesto):

  • Theodore von Kármán: ingeniero y matemático norteamericano de origen húngaro nacido en Budapest.
  • Theodore Von Kármán: físico e ingeniero norteamericano de origen húngaro...
  • Theodore von Karman: ingeniero y matemático norteamericano. De origen húngaro nacido en Budapest.
  • Karman Theodore von: ingeniero estadounidese, de origen húngaro.

O este otro, donde en un caso hasta se ignora el origen húngaro:

  • Gabor, Denis (1900-79) - Físico británico de origen húngaro, n. en Budapest y m. en Londres.
  • Gabor, Dennis. (Budapest, 1900-Londres, 1979) Ingeniero británico de origen húngaro.
  • Dennis Gabor *1900, †1979 (Reino Unido). Premio Nobel de Física 1971.

Desde las diferentes maneras de escribir tanto nombres como apellidos, hasta el título profesional, varía considerablemente. Internet, la gran fuente de información y de disparates.

Entonces encuentro la parte de razón que sostiene mi argumento: estos científicos (y sobre todo personas), se formaron no sólo en Hungría y sus universidades, sino también en Alemania, Estados Unidos, Gran Bretaña, etc. Entonces su identidad como científico, artista, deportista o la profesión que sea, incluye no solo su cultura magiar de origen, sino también las culturas y conocimientos adquiridos a lo largo de su existencia en las sociedades en las que se formó y vivió.

Los húngaros y el desarrollo espacial

Para cerrar, seamos también un poco justos, sin abandonar la sinceridad: la cultura magiar, en su suma de conocimientos, genios, universidades e instituciones científicas, con sus hombres y mujeres, aportó nuevos conocimientos y nuevos caminos a la ciencia no solo de la cultura occidental, sino de toda la humanidad. Y también como la ciencia misma, así como para la vida, también para el fin de la existencia. Eros y Tánatos juegan con frasquitos de laboratorio.

El tema de este número es sobre los húngaros y el espacio. Entonces inmediatamente surgen los nombres de Antal Bejczy, Pál Greguss, Ferenc Pávlics, Imre Gyula Izsák, Madeleine Forró Barnóthy, Dávid Schwartz, Egon Orován, Mária Telkes, Albert Fonó... como científicos que participaron, desde diferentes proyectos y especializaciones, en el desarrollo espacial. Pero si bien en varios casos de los nombres citados anteriormente, soy bastante ignorante sobre el grado de participación en proyectos estrictamente militares, sí soy consciente de los lamentables nombres de otros científicos que sí participaron en proyectos nucleares, o en el desarrollo de aviones bombarderos que harían masacres sobre poblaciones civiles y tristezas semejantes de nuestra humanidad, como son los casos de János Lajos Margittai Neumann (John von Neumann); Leo Szilárd; Edward (Ede) Teller; Victor Szebehely; Tódor von Kármán...

Más allá de las frases bonitas, esperanzadoras y futuristas en torno al espacio, el desarrollo de los proyectos espaciales estuvo desde sus inicios ligado al desarrollo armamentista, motivo por el cual la carrera espacial y la carrera armamentista frecuentemente se confundieron una en la otra. Terminó una idea del mundo bipolar y de guerra fría, para dar lugar a este en que vivimos en la actualidad, donde las armas nucleares todavía no desaparecieron, y la exploración espacial no da signos claros de ser otra cosa que la misma búsqueda ambiciosa y desesperada de recursos que está destruyendo este hermoso planeta en que vivimos.


Notas:

  1. Más que la rueda en sí, el uso que se hizo de ella: mientras en Asia Menor, Egipto o Europa se utilizó para desarrollar medios de transporte (como carros de guerra), en América las culturas precolombinas apenas le dieron importancia más allá de su uso en objetos decorativos. Algo similar al uso que de la pólvora se hizo en China, su cultura de origen, donde no fue concebida por su funcionalidad militar tal como la conocemos, pero quizás sí por los venecianos de la expedición Marco Polo que la trajo a occidente (s.XIII).


  2. "La idea de Alsberg, muy inspirada en Schopenhauer, es la siguiente: justamente porque el hombre se halla tan desarmado frente a su mundo circundante, justamente porque el hombre está mucho menos adaptado a su ambiente que los demás animales afines, no pudiendo tampoco desenvolverse más en el sentido organológico, justamente por eso, hubo de formarse en él la tendencia a anular sus órganos lo más posible en la lucha por la vida, desarrollando, en cambio, los "instrumentos" (entendiendo por tales también el idioma y los conceptos, y valorándolos como "instrumentos inmateriales"), que hacen inútil el perfeccionamiento funcional de los órganos sensoriales. (...) Para esta doctrina, el hombre no es, en primer término -como muchas especies vegetales y animales- una de tantas vías muertas, en que la vida, siguiendo una evolución determinada, encalla, provocando la muerte de la especie. No; el hombre es la vía muerta de toda la vida en general."

    SCHELER, MAX - La idea del hombre y la historia. Siglo Veinte, Buenos Aires, 1998 [original alemán, 1915]
    (versión completa en español, 62 páginas, en: http://www.wattpad.com/24649)


Fuentes:
Sobre húngaros famosos, la web (en inglés):
http://www.webenetics.com/hungary/sciencemathandtech.htm

Espacios para olvidar: el espacio concentracionario

por Ricardo Izquierdo Grima

El espacio es probablemente una realidad más difícil de aprehender que la noción de territorio, que casi implica por sí misma unas coordenadas o una localización, o por decirlo de otra manera, una realidad física o geográfica. El espacio, en cambio, admite una noción del más allá, onírica e incluso virtual.

Reparemos en una u otra noción tan próximas y que mutuamente se alimentan (espacio / territorio). Lo cierto es que ambas, pero más el espacio, admiten una visión poliédrica, ya que en todo caso la referencia al Espacio parece que obliga a fijar también la coordenada Tiempo. El juego de ambos da de sí para lanzarse a muchas elucubraciones.

Un enfoque que creo puede verse del espacio es aquel en que el mismo se convierte en el claustro del horror, y no me refiero al claro y acotado caso del mundo carcelario, sino al espacio opresivo, no reducido a unos muros, sino al gueto, al barrio, a la ciudad o al país. Abundan mucho en la literatura esas narraciones opresivas y asfixiantes en que los protagonistas están atados y adscritos forzosamente a un espacio, no necesariamente carcelario, pero que funciona como un gran campo de concentración. Unas veces quieren salir y no pueden, y otras, queriendo permanecer en su solar, son expulsados de sus casas, sus ciudades y finalmente deportados de su país.

En realidad sólo pensamos en la libertad ambulatoria cuando carecemos de ella, y seguramente será la primera libertad del humano y la única del animal. Decimos "recobró la libertad", y queremos decir con ello que recobró la libertad ambulatoria, es decir, que volvió a poder ir de aquí para allá, o no ir a ningún lado.

Me viene a la memoria más de un libro húngaro muy a propósito de esta sensación del espacio como ámbito de atadura o reclusión, o de lo contrario, de expulsión de él. Algunos son claramente concentracionarios. Por ejemplo "Sin destino", de nuestro Nóbel Imre Kertész; o más aún "Guarniciones en Siberia", de Rodion Markovits, publicado en español en 1931 por la editorial Mundial; o incluso el de Ferenc Imrey, "Sangre y nieve", publicado en español por la editorial Aguilar en 1930, estos dos últimos referidos a los prisioneros de guerra húngaros de la I Guerra Mundial.

Pero la idea concentracionaria de espacio opresivo sin necesidad de un espacio edificado, vallado, campo o lager creo que se trasmite especialmente bien en "El distrito Sinistra" de Ádam Bodor (editorial Acantilado, 2003) y más aún en "Nueve maletas", de Béla Zsolt (editorial Taurus, 2003). Toda la obra representa el prólogo, o los preparativos, hacia el campo de concentración, por lo que tu ciudad y tu país, de donde vas a ser expulsado, se convierten en el vestíbulo del exterminio. Así, la obra, con magistral claridad, transmite al lector una subjetiva dualidad espacial; en la que un mismo espacio, una misma ciudad, es escenario de libertad y normalidad para unos y escenario de preparación del horror para otros, que hasta hace poco disfrutaban de esa misma y ahora opuesta percepción de libertad.

Esa dualidad o interferencia espacial produce un contraste que desasosiega todavía más al lector, mucho más que en el caso de un único escenario concentracionario para todos igual como sería el caso de "Guarniciones en Siberia" o de "Sangre y nieve". Lo terrible del gueto es que tu ciudad, tu espacio, se convierte en un espacio concentracionario. Pero en estas dos últimas obras, el espacio concentracionario está lejos, en otro país, en territorio enemigo, por lo que en este segundo tratamiento siempre cabe añorar tu país, tu ciudad, tu espacio habitual, como ámbitos y escenarios de la libertad, que aún existe y aún se puede recuperar.

¿Pero qué evocación y ensueño cabe hacer si tu espacio de siempre, por reclusión o expulsión, es el opresivo? Un repaso de la obra de Zsolt nos hará sentir esa contraposición o coexistencia en un mismo espacio. Espacio del que sufre la persecución, del que la promueve, del que la consiente y del que la observa horrorizado. El relato del húngaro Béla Zsolt no pretende ser un cuadro de horrores y de masacre, la historia que narra, y en la que se evidencia el carácter autobiográfico, es la historia de su país en aquellos años, y es la historia de su autor en ese contexto. La excusa o pretexto de la narración es el genocidio, que viene compuesta de relatos, que por su peso y extensión dejan de ser anecdóticos para formar parte importante de la historia.

La obra, siendo literatura del holocausto, es más que eso. No desaparece en ningún momento la tensión dramática que el lector siente ante la partida hacia el campo de exterminio, que se espera de un momento a otro. La deportación expectante se mantiene toda la obra, ya que no se realiza de una sola vez, sino en 4 ó 5 veces, hasta completar todos los judíos de Nagyvarad. La historia parte ya del internamiento en el gueto a la espera de la deportación; y son las vicisitudes diarias las que el autor va narrando, así como hechos anteriores que nuestro protagonista va contando a otro interno, antecedentes de lo que está pasando, y que se refieren en gran parte a su etapa de trabajador forzado en Ucrania, en esa misma guerra.

Como en muchos relatos autobiográficos el narrador no repara en todos los eslabones del iter narrativo que al lector le asaltan. Pudiera pensarse que la obra está inacabada. De hecho el autor enfermó antes de la publicación completa de las entregas y ya nunca se recuperó. La obra sufrió así un brusco final.

No sabemos pues si Zsolt hubiese continuado la narración, lo más probable es que sí, sea como fuere, en lo escrito y publicado se advierte enseguida la ausencia de explicaciones esenciales, omitidas adrede por el autor. A saber: el episodio por el que de nuevo fueron apresados él y su mujer tras escapar del gueto y huir a Budapest, y las circunstancias de como después de ser finalmente deportados, no lo son a un campo de exterminio y son evacuados por los propios miembros de las SS a Suiza. ¿Se debió al pago de rescate? No sabemos si a esto o a su condición de intelectual.

La suerte que padecieron algunas comunidades judías durante el holocausto tuvo mayor carga de dramatismo y de pérdida de identidad y desarraigo en aquellas poblaciones, cuyos gobiernos fueron aliados de la Alemania hitleriana. Al dolor de la persecución habían de sumar el de ver que su propio país-espacio no era un mero territorio ocupado y sometido, sino que participaba como aliado de esa política de exterminio, minados de partidos políticos que compartían el ideario genocida.

Es la perdida de identidad con el propio país-espacio, en la que el perseguido, exhausto de tanta persecución, y desolado por la masacre de bebés y ancianas judías exclama: "¿Cómo puedo yo creer todavía en este país.?", término éste que no tiene poca enjundia pues no se reduce solo a un gobierno, se refiere más a todo un pueblo, a una nación; a un espacio más que a un gobierno de turno, como si los perseguidores fuesen todo el país, encabezados por el gobierno, y el país-espacio fuese cómplice del holocausto.

Pero es también el perseguidor, o su cómplice, el que niega su pertenencia al pueblo-espacio, como se ve en ese pasaje en que se encuentra con un conocido, cruz flechada, y éste habla al protagonista diciendo "...nosotros los húngaros..." Esa identidad de la víctima tiene claramente una vertiente espacial-territorial de afección a un suelo, "quiero irme a casa", le dice la esposa cuando estando en Francia estalla la guerra, "..yo soy una dama de la burguesía y mis padres y mi hija están allí." Es un atavismo de reagrupamiento en el espacio familiar que de nuevo se ve más adelante cuando nuestro narrador puede aún huir de casa para ponerse a salvo, pero suelta a su familia un "no me voy", "no te imaginarás que voy a abandonaros a todos justamente ahora".

Permanencia en la unión, que el propio autor consideraba peligrosa, sabiendo que más de una familia había caído así al completo. Permanecía junto a ella no por amor sino por el principio de no abandonarla en situación de peligro y "de estar juntos en medio de la tragedia que nos esperaba".

Y más dramático aún resulta la desesperación en la que cae la esposa cuando habiendo eludido ella la deportación, pero no la de su hija y de sus padres, exigía que la metiesen en un " tren y la llevasen con su familia".El Estado les ha traicionado, "es como si mi madre me hubiese echado veneno", "pero seguía siendo incapaz de cambiar mi patria por otra".

El autor tiene un alcance particular en la extensión de la identidad con otras víctimas, y para él son "miembros de mi tribu" los que viajan conmigo, los que se encuentran conmigo en una misma situación y los que comparten mi destino.

Víctimas y verdugos, genocidas y masacrados; no son los únicos personajes del drama, hay más, esa masa gris, egoísta y envidiosa que aplaude o calla ante el desfile de los deportados, las variables damas de la ciudad que envidiaban a las judías.

Luego están los que, sin ser masacrados, abominan la masacre pero no son objeto de la misma. Alzan la voz sin éxito y son acallados; o con gestos de solidaridad levantan el ánimo de los internos del gueto; como ese personaje que lanza pequeñas ofrendas a su interior; o de ese otro que discute con el indeseable herrero, uniformado todo el día de cruz flechada, y que en su puesto frente al gueto vigila que nadie se acerque, respondiendo que a él nadie le da lecciones de patriotismo o cristianismo.

Y por supuesto, los médicos del gueto, cómplices de la simulación de la enfermedad de nuestros protagonistas para conseguir aplazar la deportación y finalmente escapar. En este cuarto grupo de personajes está el funcionario leal a su trabajo, que si bien parece solidario con los perseguidos, lo es ante todo con la legalidad que representa y que quiere hacer cumplir. Es ese funcionario del Registro Civil empeñado en registrar los fallecimientos del gueto, que recurre al alcalde para salvar una función, sin darse cuenta que ya la barbarie la ha destruido.

La persecución lleva a una progresiva pérdida de los rasgos de identidad espacial de las víctimas, "...no teníamos patria, no teníamos ni casa, ni dirección postal, no teníamos ninguna pertenencia en absoluto. Nosotros ya no tenemos ni nombre, moriremos con nombres prestados."

Un aspecto de deshumanización de la víctima en su esfera más espacial se ve, cuando el perseguido, al que en un gesto de piedad el guardián le anima a huir tras realizar el enterramiento de cadáveres, escapa pero vuelve sobre sus pasos y regresa a la columna de prisioneros para volver al gueto. Los episodios de arrepentimiento de una libertad esbozada el autor los relata también al referirse al tiempo de trabajador forzado en Ucrania y que en acertadísima metáfora describe: "El perro, cuando su dueño le pega, se escapa de su casa, pero aunque llegue al bosque, no se queda allí por más que sus antepasados fueran los lobos. El perro vuelve a su casa, con la esperanza de que no le vayan a pegar demasiado, de que lo vuelvan a atar a su cadena y de que le den un hueso para roer".

El proceso de deshumanización de las víctimas tiene un leve punto de inflexión en el malestar de la población restante, que empieza a horrorizarse ante el comienzo de las deportaciones. A esa población no judía les bastaba con ver expulsar a los judíos de sus casas, de sus trabajos y de la vida pública, pero la deportación, de donde seguramente no volverían, era demasiado.

¿Arrepentimiento o miedo a tener que rendir cuentas? Parece que las dos cosas, ya que las deportaciones que se comentan datan de mediados de 1944, fecha en la que ya en Hungría se veía perdida la guerra y una cercana invasión aliada, fundamentalmente rusa.

Oda a la hiperactividad

por Sebastián Santos

Hay todo un tinglado de elementos que automáticamente relacionan e identifican a su portador con la modernidad. El fenómeno de la globalización es el que va marcando los parámetros de ese variable aunque progresivo concepto. De ahí que, repartidos por el globo, uno puede encontrarse con reductos más o menos grandes de modernidad. Se trata básicamente de una cuestión estética, que valora el envoltorio sobre el contenido.

En Budapest ese lugar intercambiable de la aldea global se llama, entre otros, Millenáris Park. Un recinto abierto e impecable, verde y radiante; oculto más allá del ruido de los tranvías y detrás de un gran centro comercial. Si en el resto de buena parte de los espacios verdes de Budapest es hasta desagradable sentarse a contemplarla por el olor a meado y por las bandas de indigentes que los inundan; aquí en este borde de Buda, da gusto. Con los primeros rayos de sol los parques, que pululan entre los edificios del complejo cultural, se llenan de adolescentes despatarrados charlando despreocupados, bebiendo o fumando. Son todos regimiento de la modernidad y van disfrazados como cualquier otro burgués capitalista con el diseño y los colores de moda. A la noche también es parada obligada para más de un joven de familia bien y presupuesto restringido y no es raro ver como avanzan en cuadrillas hacia el parque del milenio cargados de cervezas.

Es como una maqueta de los Sims en vivo y en directo. A todo color.

La estética de lo moderno se apuntala en cuatro pilares básicos: un tipo de música, algunas películas claves, unos específicos temas de conversación, y una concreta concepción del futuro, de la que la investigación espacial es pieza clave. Y no es casualidad, ni tampoco se trata de un universal, aquello de la innata curiosidad por el cielo y más allá. Me atrevo a decir que el consenso global en apoyo de las iniciativas espaciales esconde la imperiosa necesidad del Capitalismo de desviar las ganancias que no puede reinvertir en un sistema saturado. Indudablemente La Guerra de las Galaxias es una opción mucho más progresista que las simples, absurdas y mortíferas guerras, que al fin y al cabo cumplen la misma función sistémica de recrear el juego, pero haciendo un “reset”.

Por supuesto Hungría no es diferente, y al llegar al parque, lo primero que uno se encuentra son unos carteles gigantes que dicen “Saturno”. Pasado el Señor de los Anillos, por conservar el hilo de las películas famosas, y siguiendo un recorrido que lleva en zig-zag, entre edificios y pequeños lagos artificiales, se llega a la Casa del Futuro. Fiel a la concepción globalizada del universo como destino final de la plusvalía, lo primero que aparece ante los ojos del visitante es una exquisita réplica del Mars Pathfinder.

Lamentablemente durante los últimos meses no hubo exposiciones relevantes en la Jövő Háza. Recién ahora, en abril, se espera un nuevo ciclo que, por supuesto, una vez más, tendrá como protagonista el espacio.

No demás está decir que la información que aparece en la página web de la Casa del Futuro no se corresponde con la realidad, al menos en lo que respecta al apartado “universo”. Las dos exposiciones ubicadas en el exterior (viaje planetario y examen espacial) están literalmente inoperantes y la de la segunda planta, aquella de la Expedición a Marte, me parece que desde septiembre ya no está.

De cualquier modo, cuando tuve oportunidad de ver el centro en todo su esplendor, meses atrás, (ahora ha perdido algo de aquel glamour, es verdad) me sorprendí y disfruté, y asimismo los niños que me acompañaron. En la misma línea del discurso anterior, el de la homogeneidad modernosa, se trató de un recreo terroríficamente igual al que podríamos encontrar en el Museo de la Ciencia de Barcelona, ahora Cosmocaixa, en la Villette de París, en el Papalote de México DF o en el Museo Participativo de las Ciencias de Buenos Aires; por mencionar algunos del estilo por los que también me he paseado.

Recuerdo la experiencia ciertamente impactante porque me había acostumbrado a una Budapest algo más gris. Ahora, que por razones de trabajo pateo mucho más el área de Buda y además he perdido aquella curiosidad morbosa por lo “auténtico”, ya no me resulta tan “cuco”.

El paseo por los intestinos del museo se organiza alrededor del paradigma conocimiento-oscuridad, porque todo lo cubre una densa y oscura cortina de colores. No hay luz natural, y después de algún tiempo de deambular por ahí intentando probarlo todo, se agradece el mundo exterior como el agua de mayo.

La clave del museo es la sorpresa y funciona muy bien en las generaciones modernas porque festeja la hiperactividad. No hay profundidad, ni ésta se exige en ninguna de las actividades. El único ejercicio de perseverancia puede ser, si no es el docente quien ocupe caritativamente ese espacio, hacer la cola para alguna actividad “hit” donde haya que esperar.

Se trata de un espacio grande lleno de actividades, que por novedosas es de obligación probar. Pese a que en cada una de ellas hay un elegante cartel con las instrucciones, las causas y los posibles efectos secundarios, prácticamente nadie los lee y se puede ver, en cámara rápida, a varias decenas de niñas y niños corriendo cardíacos de una máquina a otra.

Con cierta organización se puede arrastrar el rebaño hasta alguna actividad cerrada, como por ejemplo los pases en el salón de actos o el entonces viaje a Marte. Pero son juegos en que los niños caen por sorpresa, seducidos por la novedad. Si supiesen lo aburrido que son, ni siquiera entrarían.

Todo esto pasa bajo una luz mortecina que termina por aturdirlos; y para rematar siempre hay alguna pantalla de ordenador a mano donde pueden "descansar" la vista hasta que se les revienten las pupilas. Es una extraña terapia contra la hiperactividad y los nuevos vicios modernos. O al revés: se trata de una gran ovación al estrés electrónico y lo noctámbulo.

El negocio de las galaxias

por Kléber Mantilla

Hace 9 años, en Chile, se realizó una conferencia titulada “Cómo será la investigación científica en el siglo XXI” y entre los temas más destacados se anunció la manipulación biotecnológica.

El científico Edward David, en ese entonces asesor científicos de la presidencia de Estados Unidos, dijo que en unos 10 años será posible el reemplazo de extremidades humanas por brazos o piernas inteligentes y habló sobre las posibilidades de la clonación y la introducción de las neurociencias. En la misma mesa, David Sabatini, un biólogo celular argentino, planteó la idea de la resolución nuclear magnética que permitiría identificar qué núcleos del sistema nervioso están activados cuando se hace alguna función o se provoca un pensamiento.

No obstante, el que más sorprendió fue un matemático de origen húngaro de nacionalidad estadounidense, quién dijo que la computadora será el leguaje natural de las personas. En realidad se trataba de un especialista en informática perteneciente a la ya famosa Microsoft, de nombre Charles Simonyi, y que había sido socio desde 1981 del hombre más rico del planeta, Bill Gates, pero que luego de 33 años creó su propia empresa y prefirió cuidar las patentes de sus inventos.

Mientras constaba en la lista Forbes con una fortuna de mil millones de dólares, ya en el ámbito científico lo reconocían por ser el creador de los programas informáticos Word y Excel. En 2002 creó su compañía, Intentional Software.

Simonyi, junto a Tomas Hexner -otro empresario científico-, quien habló entonces sobre técnicas genéticas para determinar el cáncer en las personas con 5 años de anterioridad a su aparecimiento, lanzaron juntos la idea de la telemedicina, o sea las cirugías sin médicos.

La conferencia terminó en la Isla de Pascua frente a las estatuas Moais. La búsqueda entre los ancestros polinesios, las huellas de la Atlántida o las líneas de Nazca del Perú, o a lo mejor el calendario Azteca o la ubicación de las gradas de Machu Pichu... en fin, algo volcó la aplicación de la ciencia con los ojos puestos en la astronomía y el cosmos. Fuera del planeta.

Una década después, Charles Simonyi deja de ser el profeta para enrolarse como astronauta. Nació en 1948, en Budapest, su padre era un profesor de ingeniería eléctrica y creció en la Hungría comunista sovietizada. Así conoció las computadoras rusas, hasta cuando viajó, en 1968, a EEUU a estudiar en la Universidad de Berkeley y Stanford.

Ahora, las más importantes cadenas de noticias mostraron como el 7 de abril de 2007, el multimillonario partió desde la base espacial de Baikonur, en Kazajstán, hacia la Estación Espacial Internacional (ISS) a bordo de la nave rusa Soyuz, por lo que pagó, por un viaje de 10 días, 26 millones de euros.

El quinto turista cósmico puesto en órbita, “tal vez el primer profesor chiflado en viajar más allá de la estratósfera”, según sus palabras. Simonyi, piloto de aviones y helicópteros, será el segundo astronauta húngaro, pues su compatriota Bertalan Farkas permaneció 7 días en órbita. Había despegado el 26 de mayo de 1980 a bordo de la nave Soyuz 36, del cosmódromo de Baikonur, junto al cosmonauta soviético Valeri Kubasov.

Y si Farkas, - Lobo en español- fue el Gagarin de Hungría, pues tuvo el título de Héroe de la Unión Soviética; el otro, Simonyi, es el informático del espacio, afición que descubrió cuando, a los 13 años, conoció a Pavel Popovich, el cuarto cosmonauta de la historia.

Después de Dennis Tito (2001), Mark Shuttleworth (2002), Gregori Olsen (2005) y la estadounidense de origen iraní Anousheh Ansari (2006), Simonyi subió como turista a la ISS para realizar varios experimentos biomédicos, los efectos de la radiación y la ingravidez en el organismo. Además explicará desde un blog de internet a la tierra usando una video cámara.

Este viaje, que se muestra como “turístico espacial”, se conecta con el proyecto Julio Verne a cargo de la Agencia Espacial Europea para lanzar cinco Vehículos de Transferencia Automatizados (ATV). Este programa trata sobre operaciones de vuelo, interfaces con la Estación Internacional Espacial (ISS) y prepara el transporte de otro cohete Ariane 5, que será lanzado desde la Guayana Francesa. Por ejemplo, probar la versión final del software para levantar la altitud de las 220 toneladas que pesa la ISS, más 400 de equipos.

Según la Agencia Espacial Europea, el ATV, es el proyecto de nave espacial más ambicioso desarrollado por Europa y por las exigencias de seguridad de la nave, la campaña de lanzamiento en la Guayana Francesa se extenderá casi cuatro meses antes del despegue.

Varios estudiantes universitarios europeos concursaron para realizar experimentos a bordo de la Estación Espacial Internacional. De 80 solicitudes recibidas, el premio fue para una investigación sobre la radiación cósmica propuesta por un estudiante noruego.

Muchos astronautas cuentan que perciben sensaciones visuales inesperadas durante las misiones espaciales, los conocidos como “destellos ligeros de luz”, causados por la radiación cósmica. Estos se registrarán para identificar la actividad eléctrica en la retina o en el cerebro del astronauta a través de un electroretinógrafo, con hardware usado en hospitales.

No obstante, Space Adventures evita usar el término “turismo espacial”. Esta firma estadounidense tiene un contrato con la Agencia Espacial Rusa desde hace siete años para vender asientos a bordo de las naves Soyuz que llevan personal y abastecen a la Estación Espacial Internacional. Parte del dinero pagado por los clientes se invierte en el programa espacial ruso.

Eric Anderson, líder del negocio, dice que la oferta es poder viajar a 160 kilómetros de altitud, considerando que los jets comerciales no pasan de los 10. El costo de ir al espacio es una cuestión de mercado: depende de la demanda. “La meta de Space Adventures es abrir la frontera espacial a todos los ciudadanos con una serie de misiones exitosas, financiadas con fondos privados. Mediante el desarrollo de puertos globales en los Emiratos Árabes y en Singapur. Vamos a proveer más oportunidades de vuelos orbitales y suborbitales a más gente en todo el mundo. Hasta ahora hemos despegado solamente de Baikonur (Kazajstán)”.

Asegura que enviarán dos ciudadanos a la Luna en el 2011. La misión al lado oscuro, llamada DSE-Alfa, incluye una parada de varios días en la Estación Espacial Internacional antes de disfrutar de un primer plano de la Luna y cuesta 100 millones de dólares. Ellos tendrán la oportunidad de experimentar la falta de gravedad, ver la Tierra desde una distancia de 400 mil kilómetros y seguir las huellas de Neil Armstrong y 'Buzz' Aldrin.

Por ahora dice que existen 200 reservas para vuelos suborbitales. “Seremos los primeros en comercializar los vuelos suborbitales a 100 kilómetros de altura, donde comienza el espacio; inicialmente costarán 102.000 dólares”. Los interesados podrán pasar hasta una hora y media fuera de la estación espacial, y entre 6 y 8 días adicionales en la estación.

Las más de 900 horas de instrucción y las pruebas físicas tienen lugar en el Centro de Entrenamiento de Cosmonautas Yuri Gagarin, cerca de Moscú, conocido como la Ciudad de las Estrellas.

De Hungría al espacio

por Álvaro González

El pasado 7 de abril, el ingeniero multimillonario de origen húngaro, Charles Simonyi, se convirtió en el quinto turista espacial de la historia, marcando otro hito indeleble en los anales del país magyar.

Charles Simonyi de 58 años, y quien dejara Hungría a los 17 para realizar sus estudios de ingeniería informática en Estados Unidos, ya puede jactarse de ser el segundo húngaro en viajar al espacio y de convertirse en el quinto turista de la historia en hacerlo. Esto, luego que el sábado 7 de abril despegara desde el cosmódromo de Baikonur (Kazajistán, Asia Central) a bordo de la nave rusa Soyuz, con rumbo a la Estación Espacial Internacional (EEI). "Está claro que el doctor Simonyi ha tenido mucho más éxito en la Tierra que nosotros en el Espacio", señaló días antes del despegue el presidente de la empresa Space Adventures, compañía responsable del vuelo que durará 12 días.

Por su parte, y aunque ayudará a la tripulación con experimentos científicos, el húngaro Simonyi ha asegurado que pasará la mayor parte del tiempo simplemente mirando por la ventana, observando el espacio y tomando fotos. No cree que su experiencia como ingeniero informático y piloto pueda ser útil en la estación espacial. Sin embargo ha expresado su voluntad de colaboración a la tripulación: "Soy parte del equipo y haré lo que el comandante me diga que haga", ha declarado.

En tanto, cabe señalar que la travesía de Simonyi, quien viaja acompañado por los cosmonautas rusos Fiódor Yurchijin y Oleg Kótov, no ha sido tan "viaje de placer" como muchos se pueden imaginar. A parte de tener que aprender muy bien ruso, Simonyi tuvo que comprender a la perfección el funcionamiento de los sistemas de las naves y de la EEI antes de emprender su vuelo.

Como dato curioso, lleva en su maleta una cinta de papel en las que se escribían (perforaban) los programas para los antiguos ordenadores fabricados en la década de 1960. "Llevo libros, apuntes y, como amuleto, un fragmento de cinta de papel para los ordenadores Ural-2 (soviéticos) en los que aprendí programación en 1964", subrayó el millonario.

Agotados los cupos

Si usted quiere ser el próximo en subirse a una nave espacial para orbitar la tierra, tenga presente los siguientes datos no muy alentadores.

Todos los cupos para los viajes turísticos a la Estación Espacial Internacional están copados hasta por lo menos dos años más. "Tenemos una lista de espera para aquellos que desean volar a la EEI. Hasta el 2009, todas las plazas están reservadas”, afirmó el jefe de la agencia espacial rusa, Anatoli Perminov al diario Trud.

Por su parte, y a la hora de hablar de costos, las cifras no son más auspiciosas, puesto que según fuentes rusas no oficiales, Simonyi habría desembolsado al menos 21,6 millones de dólares por viajar a la EEI en el llamado "turismo espacial". Sin embargo, otros medios de comunicación han asignado un valor de hasta 30 millones de la moneda norteamericana a los viajes orbitales para personas que no son cosmonautas profesionales.

¡Al infinito y más allá!

Al enorme ejemplo que entrega Simonyi en el plano profesional, con su viaje al espacio el genio informático entrega también un importante aliciente a las nuevas generaciones, puesto que está cumpliendo uno de los mayores sueños de juventud, surgidos a raíz del Sputnik, el primer satélite enviado por el hombre. Asi que ya lo saben todos aquellos que creen en quimeras imposibles. Los más descabellados deseos de adolescencia se puede cumplir en esta vida.

Para que tengas en cuenta, la estadounidense de origen iraní Anusheh Ansari se convirtió en septiembre del año pasado en la primer mujer turista en el espacio. Fue precedida por el estadounidense Dennis Tito, en 2001, el sudafricano Mark Shuttlework, en 2002, y el estadounidense Greg Olsen, en 2005.

¿Quién es Charles Simonyi?

De origen húngaro (a los 17 años dejó su tierra natal para estudiar informática en USA) y con 58 años, Charles Simonyi es uno de los millonarios más reconocidos en el mundo de la informática y uno de los fundadores de la empresa Microsoft, donde fue actor principal en el desarrollo de dos de los programas más conocidos de esta gigante de la computación, Word y Excel.

Aunque en la actualidad ya no trabaja para Microsoft, su gran labor a lo largo de varios años como responsable de la dirección de software, además de su popular "notación húngara" (metodología de escritura de código), creada a principios de los 90, lo han elevado a un sitial de honor dentro del ambiente de los ordenadores.

En la década de los 70 trabajó en Xerox Palo Alto Research Center donde desarrolló el primer editor de textos WYSIWYG (Bravo). A partir de ahí, sus reconocimientos alcanzan, incluso, un sillón de honor en el Instituto de Estudios Avanzados de Física Teórica en Princeton, donde pasaron genios como Einstein, Murray Gell-Mann o Richard Feynma. No por nada el mismísimo Bill Gates lo ha catalogado el más grande programador de todos los tiempos, pues sus desarrollos son utilizados por millones de personas en todo el mundo.

Actualmente, Simonyi es director de la empresa International Software, fundada por él mismo en el 2002 y donde se dedica a desarrollar herramientas que hagan sencilla la tarea de programación, utilizando imágenes, mapas y texto. Le ayuda su amigo Gregor Kiczales, otro ilustre profesor, creador de la programación de aspecto orientado. Como curiosidad, cada vez que uses los programadores de Windows estarás trabajando con la notación húngara creada por Simonyi.

lunes, marzo 26, 2007

Reventó el frágil y cambiante universo de las traducciones

La mesa cojea. El laberinto se inventó otro camino sin salida. Se le perdió la tapa al boli. Entró un virus en el ordenador. Miro con miedo como las hojas de la planta se van poniendo cada vez más amarillas. Insisto en dibujar con un rotulador gastado. Está nevando y estoy desnudo en medio de la isla Margarita. Tengo frío. Tengo mucho calor. Acaban de inventar un dolor nuevo solo para mi.

Pasados los picos de mortalidad por accidentes de tráfico en jóvenes varones de entre 20 y 25 años, nos relajamos con la certera estadística que aguantaremos hasta por lo menos los 60 cuando nos sorprenda algún cáncer o una buena embolia.

La muerte de Eloi Castelló jode muy especialmente por su juventud. ¿Nos tenía preparadas muchas más cosas o se quemó todos los cartuchos en la seguridad de una vida corta pero intensa? ¿Acaso reventó finalmente el delicado universo de las traducciones entre Hungría y España? ¿Nos empachamos de Hungría? ¿El nen de Tàrrega se fue de rosca? ¿Qué significa esta absurda muerte?

Desde el 28 de febrero todo han sido elogios. Elogios a su obra como traductor y elogios a su persona como estimulante compañero y amante. Del que se va así, de sorpresa y sin despedirse, dejando el patio lleno de globos de colores, no se puede pensar menos que se trató de un mago. Una especie de hombre-volcán, que nos arrastró en vida y nos levanta ahora en incandescente lava. Muerte-trampolín. Picar y saltar. Saltar a la lectura de alguna de sus hermosas obras, escribir, viajar, enamorarse desesperadamente. El reflejo de Eloi, una traducción mágica de sí mismo, como el reflejo del árbol de los duendes del Millenáris Park, hoy inunda hasta el más pequeño charco de Budapest. Estimularse con su recuerdo es tan fácil como hacer burillas y lanzarlas al aire.

¿Quién era Eloi Castelló?

por la colla


El pasado 28 de febrero nos dejaba para siempre Eloi Castelló Gassol, a los treinta y cuatro años. Una muerte dolorosa, inesperada, como cualquier muerte a esta edad. Su fallecimiento ha dejado un vacío, en los que le conocíamos y apreciábamos, difícil de explicar y de vivir.

¿Quién era Eloi? Eloi era, ante todo, un hombre hecho en su población natal –Tàrrega (Lleida)-, un catalán de sentimiento, un filólogo vocacional y un traductor profesional, excelente en su campo. Una persona poliédrica, como todas las que viven la vida y la reflexionan en profundidad. Un personaje a la vez real y de ficción, una energía de letras y de figuras literarias. Una buena persona, un hombre de corazón que, casi siempre, daba más de lo que recibía.

Nuestros primeros recuerdos de Eloi están ligados inevitablemente a la escuela, a la guardería primero y, sobre todo, a los escolapios. Buen estudiante, en seguida destacó fuera del aula por su faceta de portero de fútbol (y de cualquier deporte con portero, dicho sea de paso). Para nosotros, "él" era el portero. Pocos niños de su edad tenían el valor y la capacidad de tirarse por los suelos, de estirarse para intentar desviar una pelota imposible, o de avanzarse a la jugada del atacante. Después, como hicimos muchos de los que le rodeábamos, se transmutó en jugador de baloncesto. Se ajustaba a su manera de ser. Alto, incisivo, agresivo incluso; se movía bajo la canasta con una determinación de la que muchos estábamos, por carácter, desprovistos.

Su paso por la educación secundaria fue cualquier cosa menos secundaria. Singular como nunca más volvió a ser, forjó en aquella época los principales rasgos de su carácter. Amante de la Cultura, por aquel entonces en mayúsculas, devoraba libros al mismo tiempo que escuchaba la música, pop y clásica, que más le gustaba.

Pero él no podía, claro, quedarse a este lado de la barrera. Hijo de un país de literatos más que de músicos, Eloi empezó a escribir ya en su más tierna adolescencia. Poemas, cuentos, artículos... En aquellos primeros pasos en el mundo de las letras, a menudo a partir de una palabra nueva que había leído o aprendido en clase, componía un poema o un cuento entero. "Suara, trescar, minvant..." eran vocablos que bien merecían un homenaje.

En aquella época lidera el proyecto más exitoso, más genuinamente local, que ya no repetirá conjuntamente con sus amigos y amigas: la revista "La Ressenya". Un nombre, entre "noucentista" y literario que, claro, escogió él. Son días de reuniones, de discusiones y de decisiones en el instituto o en algún bar de Tàrrega. Son días, meses y años (dos años) de elucubraciones, de creación, de organización y de trabajo. Son también los días de la trasgresión, de la fractura con el mundo precedente para crear nuestro superego. Abrimos la puerta al caos, le damos la bienvenida. Eloi lo deja entrar diligentemente y da forma a lo inalcanzable, a lo inesperado, a la amenaza de fondo. Él agarra las riendas de su vida y de las nuestras, para cabalgar con un galope impetuoso, frenético. Sus lecturas de autores clásicos y contemporáneos nos abren un mundo nuevo, una nueva manera de entender la vida: fiestas donde se mezclan el vino con las rosas, los parlamentos con el desenfreno, la extravagancia individual con la complicidad más íntima. No debemos explicaciones a nadie. Somos. Nos estamos construyendo a nosotros mismos. Crecemos en el sí de turbulencias que, lejos de evitar, invitamos a que nos visiten.

Llega la Universidad y la Gran Ciudad. Más puertas se abren. Eloi, como tantos de nosotros, empieza a madurar a base de ilusiones y desengaños. “Aquí tengo la sensación de que te preguntan: ¿y tú de qué familia eres?, ¿a qué escuela has ido?, ¿a qué grupo perteneces?” Barcelona, para lo bueno y para lo malo, ya no es Tàrrega. ¡Qué glamour!, por ejemplo. Y ¡qué nivel! Aquí los escritores son escritores, y los músicos, músicos. Y los profesores de la universidad saben un montón. Primero piensa en hacer el doctorado sobre Quim Monzó, y después sobre literatura medieval. Da igual, hay tiempo para decidirse.

A media carrera se va a Italia, a Siena. Son unos pocos meses de Erasmus que le sirven para aprender bien el italiano y para crecer, un poco más, como filólogo. Poco tiempo después, a mediados de los noventa, algunos de sus amigos visitamos, por motivos distintos y en diferentes viajes, Budapest. El telón de acero ha caído hace poco, y allí hay todo un mundo por descubrir. A nuestro retorno, cantamos las excelencias de aquella ciudad: el Danubio, los imponentes puentes que lo cruzan y, ante todo, sus mujeres. ¡Qué guapas son las centroeuropeas!

Es harto probable que estas explicaciones lo influyeran decisivamente cuando posteriormente eligió Hungría como destino de su lectorado. Allí, Eloi descubre una gente y una cultura ignoradas. Un tercio de la población magiar vive fuera de las fronteras de su estado, humillado y empequeñecido después de la Gran Guerra. Su militancia independentista, lejos de debilitarse, toma cuerpo entonces con nuevos argumentos. Hungría y els Països Catalans tienen unas cuantas cosas en común.

A su regreso a Barcelona, al cabo de tres años, habla un húngaro fluido. Nos fascinaba particularmente cuando le oíamos hablar por teléfono. Increíble. Pasmoso. Empieza así el pequeño mito del Eloi políglota, y empezamos a llamarle, en broma, C3PO, el robot de "La Guerra de las Galaxias" que domina seis millones de formas de comunicación. Y a su coche, que conducía a una velocidad de vértigo, el Halcón Milenario, la nave que Han Solo pilota entre planeta y planeta. "L’home Eloi", también le llamábamos. Estas características vienen a añadirse a las otras tres que más le singularizan: su nocturnidad, su capacidad de observación y su pasión por el tabaco.

Por la noche, Eloi leía y trabajaba con la tranquilidad que no hallaba de día. Noches largas, silenciosas, que sólo él decidía cuándo terminaban para dejar paso al descanso. Su capacidad de observación, por otra parte, era única. A su llegada a cualquier lugar, solía desaparecer a la búsqueda de alguna pequeña atalaya improvisada desde donde poder contemplar la vida de las calles o de cualquier otro escenario que se abriera ante sus ojos. Después, al cabo de un rato o de unos días, describía con sus palabras aquello que todos habíamos visto pero que nadie tenía la capacidad de explicar –o de deformar- con la gracia con la que él lo hacía. La imagen del vigía no era completa, sin embargo, sin sus inseparables Fleurs de Savanne, unos cigarros que muchos creíamos –de manera plausible- que únicamente fabricaban para él.

Recién llegado de Hungría, le conceden el premio Nobel de literatura a Imre Kertész, un húngaro. Eloi era un tipo con suerte. Se lo habíamos dicho muchas veces. Porque los traductores del húngaro al catalán, como es de esperar, son escasos. Empieza entonces una prolífica labor de traductor –Kertész, Márai, Kosztolányi...- que, en cinco años, dará para siete libros: "Sense destí", "Fiasco", "Liquidació", "La dona justa" y "Anna Édes" son algunos de los títulos de los que se mostraba más satisfecho. Sus traducciones son (comprobadlo) deliciosas. Denotan un dominio del catalán maravilloso, preciso, profesional.

En agosto de 2006 pasaba sus vacaciones de verano en Menorca por segunda vez con algunos de nosotros. Mares azul turquesa, soles luminosos, cuerpos desnudos. Una belleza casi prístina. En el extremo más oriental de nuestro país, de su país. Mar adentro, el Alguer; detrás, la península itálica; y en el corazón del continente, el país de los magiares. Seguro, segurísimo que lo tenía presente.

El último día de febrero de 2007 pasará a la historia de nuestras vidas como un día triste, nefasto, por decirlo claramente. Su desaparición nos llena de vacío, y hace que nuestras vidas sean un poco más mediocres. Els Països Catalans y Hungría, asimismo, han perdido una figura importante, un hombre entregado a sus respectivos idiomas. Los húngaros así se lo reconocieron: dos días después de su fallecimiento, las banderas de la Universidad de Budapest ondeaban a media asta.

Que lo sepas, chaval.

Tus amigos de Tàrrega
Siempre estarás con nosotros

Traductores: arietes y arqueólogos de la palabra escrita

por Ricardo Izquierdo Grima*

Un día un sacerdote me preguntaba cómo era posible que en España se hubiesen publicado tantas traducciones de teología católica húngara; el hecho que para un observador superficial podía hacer deducir que en Hungría había un acendrado interés por el dogma católico, o que la nación fuese un baluarte de dicha fe, obedecía sobre todo a la existencia e interés de un traductor, Antonio Sancho Nebot, canónigo magistral de Palma de Mallorca y que fue en suma el causante de que en los seminarios españoles de las décadas de 1940 y 1950 se estudiase a Tihamér Tóth, y que se tradujese también a Ottokár Prohászka, a Antal Schütz y también la biografía de aquel novicio jesuita E. Kaszap, obra de Ladislao Endrődy, editorial Librería Religiosa 1943.

Aunque en principio estas obras de teología parezcan sólo tener un interés teológico, y lo húngaro quede un tanto en segundo plano por la vocación universalizadora de la religión, estos autores también tienen entre sus libros obras autobiográficas, cuyo interés esencialmente literario y de aproximación a su país queda fuera de duda; así de Prohászka tenemos “Recuerdos de un adolescente”, editorial Studium 1945, y de Tóth “Prensa y cátedra” editorial Sociedad Atenas 1946, donde relata sus experiencias bélicas como capellán castrense en la I.G.M.

La biografía del joven Kaszap (1916-1935), que tuvo al menos tres ediciones en Hungría, sin perder su carácter apologético, como ya indica su título “¡La vida por Cristo!”, no deja de tener interés como apuntes y rasgos de la juventud húngara de aquellos años. En suma pues, literatura es todo y cualquier género aporta elementos de interés para captar la realidad del país.

Por todo ello, cuando se trata de una lengua extranjera, la existencia del traductor es el ser o el no ser de la obra literaria fuera de sus fronteras lingüísticas, y al igual que aquel sacerdote siempre me he preguntado, desde el ya lejano 1975 en que comenzó mi afición a coleccionar autores húngaros en español, si las numerosas obras que se iban traduciendo y publicando lo eran tan sólo fruto de la existencia de oportunos traductores o también de que el país literariamente había dado más de sí de lo que por tamaño y población pudiera producir, y con toda seguridad este último factor también se ha dado.

No obstante, sin la existencia del traductor la creación literaria ya podría ser excelsa en calidad y cuantiosa en volumen que aquí no la habríamos disfrutado, y es que el traductor funciona como un ariete para introducir a autores y obras nuevas, pero ejerce también una función muy sugestiva, de viajero en el tiempo, de auténtico arqueólogo de la palabra escrita; buscando, hallando y desenterrando obras que en el país natal, en nuestro caso Hungría, tal vez hasta cayeron en el olvido, y entonces las sacan del pasado para ofrecerlas como manjar del espíritu a quien en nuestro limitado entendimiento nos movemos sólo en la lengua propia; rescate arqueológico que resulta más extasiante cuando de la obra literaria ya teníamos noticia de su existencia y mérito, y después de décadas esperando, finalmente la traducción y publicación ven la luz. Éste fue el caso de “Ana la dulce“ de Kosztolányi, obra imprescindible de la que ya F. Oliver Brachfeld daba cuenta en 1944 al prologar “El bastardo”de Sándor Hunyadi, editorial Aries, en la esperanza de que fuese conocida por el público español, cosa que no se produciría hasta 2003 de la mano de la también desaparecida Judit Xantus y Ediciones B.

Conocí a ELOI CASTELLÓ en el otoño de 2003 cuando en el Ateneo de Barcelona se organizaron unas jornadas sobre literatura húngara, en las que también rendíamos homenaje a J. Xantus que había fallecido ese mismo septiembre. Daba envidia oír a aquel hombre joven que al parecer había aprendido en pocos meses el húngaro, y yo lector de años necesitaba valerme de las traducciones como ciego de un lazarillo. Llegué tarde para conocer a Xantus y cuando conseguí sus señas ya había fallecido.

La traducción al catalán de la literatura húngara, aunque pueda parecer que es algo reciente, ya viene de antiguo, algunas obras vieron antes la luz en catalán que en español, así la primera obra en catalán, que fue “La dama dels ulls de mar” de Mór Jókai es de 1903 en editorial Biblioteca de La Renaixensa; en cambio en español no se publicó hasta 1927, en la Colección Babel, y traducida por los habituales en dicha década, Andrés Révész y J. García Mercadal, con el título “La de los ojos de ibón”.Curiosamente el antecesor del hoy recordado ELOI, y que tradujo al catalán por primera vez una obra húngara, casi lo hizo de forma anónima y a pesar de haber prologado también el libro, sólo firmó como C.B.

Igualmente del otrora archifamoso Lajos Zilahy su primera obra publicada en España fue en catalán, “Primavera mortal”, de la mano de O.Brachfeld en 1935 en la colección A tot vent de ediciones Proa, quien a su vez ese mismo año publicó la versión española; aunque del prólogo de la versión catalana se deduce que la primera de las dos versiones fue la catalana. De este autor, años más tarde, también se versionaría en catalán “El crepúsculo de cobre”, en 1965 en editorial Plaza & Janés por A. Molina, “El capvespre de coure”.

Y otras veces lo relevante de la traducción es que no ha habido más versión que en catalán; así ha sucedido con la famosa obra teatral “La tragedia de l’home” de Imre Madách, traducida por Balázs Déri y Jordi Parramom y las también obras teatrales de F. Molnár “La cuca de llum”, Cataluña Teatral 1934, traducida por LL. Rodellas; y las anteriores piezas de teatro de Loran Orbok: “El cavaller de Seingalt”, editorial La novela teatral catalana 1919, “Stevenson, L’hoste mil-lionari”, editorial La escena catalana 1918, y “El germà del mestre” editorial La escena catalana 1920; todas ellas traducidas por Carles Capdevila.

No es pues una novedad para el lector español, como a veces se oye, que a partir del 2000 se haya introducido la literatura húngara en nuestro país, esta nos acompañó todo el siglo XX, donde múltiples obras teatrales y novelas, hoy olvidadas, se tradujeron y publicaron. El hoy afamado Sándor Márai no nos llegó en 1999, con “El último encuentro”, editorial Salamandra, ya había publicado en 1946 en Destino con el título “A la luz de los candelabros”, y verdaderamente irrumpió en 1931 con “Los rebeldes” editorial Zeus.

Y en plena guerra civil española, en una Barcelona a punto de perderse para la República, aún había energías para publicarse la 2ª edición de “Primavera mortal”, editorial Apolo 1938. Y mientras Hungría sufría el agónico final de la II G.M. publicábamos a Zilahy, Márai, Körmendi, Herzceg, Dormándi y tantos otros, o incluso conocíamos, al año de pasar, los horrores del Budapest devastado por las bombas, con la edición numerada de “La tragedia de Budapest”de István Zádor, editorial Tartesos 1946.

Creo pues justo reconocer que la difusión en español de la literatura húngara no es propiamente una novedad, y de aquel “El castellano convertido” de Jókai de 1887 hasta la última publicación de Ádám Bodor en Acantilado o Kosztolányi en Bruguera con la versión de “Kornél Esti. Un héroe de su tiempo” que ya existía en catalán en 1990 en editorial La Magrana, no ha habido una década donde no se haya publicado alguna traducción; ello sin contar con las publicaciones en Iberoamérica, más difíciles de conocer y encontrar en España. De ahí que yo tenga en busca y captura a “El juez de Casovia” y a “El verdugo de Hefalu”, ambas de Jókai.; o a “Calle Katalin” de Magda Szabó, editorial Monteavila, Venezuela 1972.

Y aunque parezca mentira, la misma editorial, que en 2005 publicó “La puerta” (traducción de Márta Komlósi) se atrevió a decir que era la primera vez que la referida escritora, Magda Szabó, era traída al público español, cuando en realidad existía la publicación de Venezuela, y cuando aquí la editorial Caralt ya había publicado en 1964 “Resentimiento”.

* Doctor en Derecho

Crónica de un reencuentro

por Albert Lázaro-Tinaut

Ante todo quiero expresar mi agradecimiento, en nombre de muchos amigos catalanes y húngaros de Eloi Castelló residentes en Cataluña, a EL QUINCENAL DE HUNGRÍA por sumarse con esta devoción al homenaje en memoria del amigo desaparecido tan prematuramente y, al mismo tiempo, a ese amante apasionado de Hungría, la que fue sin duda su segunda patria, de la que con amor y tesón aprendió la lengua y de cuya literatura fue, con toda certeza, uno de los mejores y más inquietos difusores. Gracias a su labor, los catalanes hemos podido saborear muchas páginas notables de valiosos escritores húngaros, como quedó constancia en el último número del QUINCENAL.

Me resulta muy grato, pues, acceder a la petición de los activos redactores de esta publicación y resumir el homenaje que tributamos a Eloi Castelló, conjuntamente, tres entidades a las que él estuvo vinculado: la Associació Cultural Catalano-Hongaresa, la Casa de l’Est y el Comitè de Traduccions i Drets Lingüístics del PEN Catalán.

Eloi Castelló debía haber participado, como ponente, en la mesa redonda sobre “Exterminio y traducción” que se celebró el viernes 9 de marzo dentro del programa de unos encuentros que, bajo el título de “Llengua i extermini” (‘Lengua y exterminio’), organizaba en la sala de actos del emblemático edificio de La Pedrera de Barcelona la Fundació Caixa Catalunya y el Comitè de Traduccions i Drets Lingüístics del PEN Català. Se decidió, pues, suplir su ausencia por un homenaje a su figura y su labor como traductor y magyarófilo, acto en el que pronunciaron parlamentos, ante una nutrida concurrencia, las personas que iré enumerando a continuación.

Habló en primer lugar el Honorable Señor Ferenc Szabó, cónsul general de Hungría en Barcelona, el cual glosó la figura de Eloi Castelló como transmisor de los valores de su país y, sobre todo, de la literatura húngara al ámbito cultural de la lengua catalana, que había hallado en él a un magnífico interlocutor entre los dos pueblos y que había contribuido, por tanto, a un eficaz acercamiento entre ellos. Tuvo, en este sentido, palabras de agradecimiento al homenajeado in memoriam y manifestó su satisfacción por haber podido participar en el acto como representante del estado húngaro.

A continuación tomó la palabra el profesor Károly Morvay, que había querido estar presente en el acto en representación de la Universidad Eötvös Loránd de Budapest, y recordó cómo había conocido a Eloi Castelló, hace diez años, siendo miembro del jurado que había de elegir al nuevo lector de catalán destinado a su Universidad, y cómo aquel jurado consideró a Eloi el candidato idóneo para ocupar el puesto. Valoró el entusiasmo y la profesionalidad con que nuestro amigo cumplió con sus deberes académicos, tanto en Budapest como en Szeged, y cómo a ello sumó el valor añadido de imbuirse de la lengua húngara hasta convertirse en traductor literario de la misma. Completó su discurso leyendo en húngaro unas palabras que aparecían, en recuerdo al amigo fallecido, en la página web de la facultad de letras de la Universidad de Budapest, y terminó su parlamento dirigiéndose a Eloi, a quien trató de “entrañable colega nuestro”, con estas palabras (que traduzco del catalán): “¡Descansa en paz, amigo! Te recordaremos siempre, no queremos decirte adiós.”

El Dr. Adán Kovacsics, notable traductor de literatura húngara y germánica al castellano, expresó emocionado la tristeza, el dolor y el desconcierto que nos embargaba a todos “porque una persona tan joven como Eloi Castelló nos haya dejado”; consternación por la muerte de un colega cuyos pasos en el mundo de la traducción había seguido con interés y afecto. “Recuerdo como si fuera ayer –dijo– la primera vez que lo vi. Fue en un curso sobre Hungría que se impartía en el Club de Amigos de la UNESCO. Él estaba allí, como oyente. Me llamó la atención su presencia, su expresividad, su aspecto de vitalidad y de alegría. Después lo fui conociendo un poco más y, desde luego, me admiró su dominio de la lengua húngara, y su modestia, pues no se vanagloriaba de ello.” Y lamentó no haber estado más cerca de él, “porque un muro, aunque sea de cristal, se levanta muchas veces entre todos nosotros”. Transmitió, además, el recuerdo cariñoso de uno de sus editores, Jaume Vallcorba, que no había podido acudir al homenaje por hallerse en el extranjero.

Frederic Guerrero, uno de los componentes de la “colla” (grupo de amigos próximos) de Eloi, hizo, sin duda, el parlamento más emotivo. Por esta razón y por lo mucho que significa, queda transcrito, en traducción castellana, al final de esta crónica.

Luego, Zsigmond Kovács habló brevemente como miembro de la pequeña colonia de húngaros residente en Cataluña y como representante de la Junta Directiva de la Associació Cultural Catalano-Hongaresa, de la que Eloi Castelló formaba parte. En su sentido homenaje quiso darle las gracias y, dirigiéndose a él, pronunció las palabras que traduzco:

“Gracias, Eloi, por tu tarea de traductor incansable y entusiasta de obras importantes de grandes escritores húngaros, como Márai, Kertész y Kosztolányi, algunas publicadas; otras, como “Alosa”, de Kosztolányi, y “La germana”, de Márai, todavía por publicar. Y otras que, lamentablemente y con toda seguridad, no han pasado de ser un proyecto.

Gracias por ese entusiasmo que tenías por todo lo que estaba relacionado con Hungría, donde viviste enseñando catalán a los alumnos de la Universidad Lóránd Eötvös, y que se había convertido en tu segunda patria; donde dejaste también muchos amigos, como Krisztina Nemes, que había pertenecido a nuestra asociación y se había convertido en tu guía por los rincones y recovecos de la lengua húngara.

Gracias también por haber amado tanto a Cataluña y a Tàrrega, donde naciste, igual que mi esposa, por lo que nos unía un vínculo personal: para nosotros también eras “el chico de Cal Gassol”, aquella tienda emblemática del centro de Tàrrega.

En fin, Eloi, gracias por todo.”

A continuación tomó la palabra Rossend Arqués, del PEN Català, quien se refirió a la intensa colaboración de Eloi con el Comité de Traducción y Derechos Lingüísticos de aquella entidad y al importante papel que desempeñó en la pugna por el reconocimiento y los derechos de los traductores. Hizo mención a la última relación que mantuvo con él durante la organización de las Jornadas que acogían este homenaje, en las que su repentina muerte impidió que participara, y le agradeció también sus valiosas aportaciones a la cultura catalana.

Me tocó a mí clausurar los parlamentos, y lo hice primero en nombre propio, como amigo de Eloi Castelló, y después en nombre de la Junta Directiva de la Casa de l’Est. Manifesté que, aunque mi primera relación con Eloi fue relativamente tardía, cuando ya había publicado sus dos primeras traducciones, en algunos momentos llegó a ser intensa porque compartíamos el amor por Hungría y su cultura, su literatura en particular, temas sobre los que solían girar nuestras conversaciones. Manifesté que, en mi opinión, era tan ciega la pasión del amigo Eloi por Hungría, que sólo quería verla con los ojos del corazón, lo cual le permitía rehuir la realidad cotidiana, que en algunos momentos hubiera podido desengañarle. Porque, en el fondo de su su alma curiosa y sensible, enmascarada por su imponente presencia física, nuestro amigo Eloi era un romántico excepcional y maravilloso.

Ya como representante de la Casa de l’Est, manifesté que no queríamos que el homenaje al amigo desaparecido a la temprana edad de 34 años terminara cuando se cerrara el acto que estábamos celebrando y quedara vacía aquella sala, y anuncié oficialmente que nuestra entidad había acordado perpetuar su memoria instituyendo el “Premio Eloi Castelló de traducción literaria al catalán”, que se otorgaría con la periodicidad que se decidiera en su momento a la traducción que un jurado destacara entre las que se hubieran publicado en un determinado período de tiempo, aún por concretar. Dicho premio se otorgaría a traducciones cuya lengua de partida fuera cualquiera de las de los veintitrés países de la Europa central y oriental representados en la Casa de l’Est, con lo cual pretendíamos que se dieran a conocer mejor las literaturas de dichos países, algunas de las cuales son totalmente inéditas en nuestro país.

Tras los parlamentos, la profesora y traductora Dolors Udina, que había estado actuando con gran diligencia como “maestra de ceremonias” durante los parlamentos, dio lectura a una carta del escritor Joaquim Carbó, con la que éste se unía al homenaje, y a continuación leyó unos fragmentos de obras de Dezső Kosztolányi e Imre Kertész traducidos por Eloi Castelló.
El acto de homenaje se cerró con la actuación del conjunto musical “Il Nobil Diletto”, formado por Olga Ney, Magdalena Padilla y Santiago Pereira, estudiantes de la Escuela Superior de Música de Barcelona, y amigos también de Eloi (¡cuántos amigos tuvo!), que interpretaron dos canciones: “Voi partite mio Sole”, de Girolamo Frescobaldi, y “Ahi nelle sorti umane”, de Georg Friedrich Haendel. La armonía del conjunto y la espléndida voz de Olga fueron, pues, la mejor forma de decirle “¡hasta siempre!” al amigo que ya no tendremos junto a nosotros, pero que conservaremos fielmente en la memoria y nos acompañará cada vez que releamos en catalán “lo que dijeron” los autores que tradujo. Creo que no está de más recordar ahora el primer párrafo del “Prólogo” de los profesores Kálmán Faluba y Károly Morvay al “Diccionari català-hongarès / Katalán-magyar kéziszótár”, publicado por Enciclopèdia Catalana en 1990.

Traduzco: “El literato y traductor húngaro Dezső Kosztolányi, conocedor, entre muchos otros idiomas, también del catalán, en un texto de 1934 se pregunta resignado: ‘¿Existe, hoy en día, algún extranjero que quiera aprender la lengua de Homero, la de Ibsen, la de Strindberg, o el preciso y fluido catalán, hermano del latín?’”. La respuesta a esta pregunta ya hace tiempo que la conocemos, y Eloi Castelló puso sin duda su granito de arena para confirmar que era positiva. Ignoro si alguien, aquí, formuló alguna vez una pregunta semejante con respecto al húngaro: la respuesta tampoco está en el viento.

El explorador de la pasión

Por Frederic Guerrero

Conocí a Eloi cuando empezábamos a explorar nuestro entorno y se iba gestando en nosotros aquella mirada que nos acompaña a lo largo de la vida, una mirada sorprendida ante un mundo que nos mostraba un rostro desconocido hasta entonces. Eloi era un explorador, pero no un explorador cualquiera; era un explorador de esos que siempre van en cabeza, a un paso por delante de los demás, y con la emoción del hallazgo de algo nuevo nos ofrecía, con un gesto sutil, mundos que estaban a una distancia infinita e impensable de quella ciudad, Tàrrega, que nos había visto crecer.

Con él compartimos las primeras fiestas, las aventuras de la adolescencia y los primeros intentos de expresar todo aquello que queríamos decir, lo que en seguida nos hizo percibir el enorme –como lo era su propia corpulencia– talento de Eloi y la no menos enorme pasión que sentía por nuestra lengua y nuestra literatura. Porque eran indiscutibles en él la sensibilidad y la pasión en la vida, el talento y el celo en su trabajo. Fue el primero que empezó a escribir, y se lo propuso cabalmente: escribía cuentos breves y deliciosos poemas; fue el primero que decidió crear una revista y realizar esa idea con la misma determinación, compatir sus inquietudes literarias, ofrecer su experiencia a quienes dábamos los primeros pasos en el difícil mundo de la traducción: todos hemos de agradecerle esa generosidad.

Además de haber vivido juntos también nuestra experiencia en Barcelona, la Universidad, una vida nueva, diferente, él aún tuvo otra pasión: tal vez fuera la providencia, tal vez su espíritu de explorador, lo que le llevó a Hungría para trabajar allí como lector de catalán en la Universidad de Budapest. Fuese cual fuese la razón, lo cierto es que Hungría y Eloi han acabado convirtiéndose en dos palabras indisociables, y creo que las lenguas húngara y catalana se lo agradecerán eternamente (me viene a la memoria su diccionario húngaro-catalán, desharrapado por el uso: ¡y Eloi aseguraba que se lo habían hecho expresamente para él, aquel diccionario!

Bromeábamos con frecuencia sobre la necesidad imperiosa de crear una cátedra de lenguas finoúgrias en alguna universidad catalana. Ahora, eso ya no será posible: Eloi nos ha dejado huérfanos, y huérfanas han quedado también muchas palabras de nuestra lengua; porque Eloi las trataba con la ternura y delicadeza con que siempre quiso tratar a todo el mundo.
¡Siempre te tendremos presente, Eloi!

(Palabras pronunciadas durante el acto de homenaje a Eloi Castelló en la Pedrera de Barcelona, el 9 de marzo de 2007.)

Lenguas que se van

por Kléber Mantilla

Después de intentar un ejercicio de filosofía con las lenguas y releer los escritos de algunos lingüistas, me queda claro que ninguna lengua está mal hablada y ningún pueblo habla mejor o peor que otro. Además es evidente que por cada segundo transcurrido en esta lectura está por desaparecer otra lengua del planeta, mientras se construye imponente el muro que separa a las lenguas usadas por la tecnología.

Si partimos de la hipótesis de que está en riesgo el patrimonio lingüístico de todas las culturas de la humanidad, por ser dependientes de la demanda de información mundial y por estar atadas al sistema económico unipolar del consumo, entonces nos quedará como misión apuntalar contra cualquier área vulnerable del modelo industrial y tecnológico del mundo contemporáneo.

A caballo, si el control de internet está en manos de las lenguas denominadas mayoritarias, sea el inglés, castellano o francés, queda como misión alternativa insistir en la creación de espacios para otras lenguas y culturas. O, al menos, gestionar el rescate de una gramática universal. Algo que suene a democracia verbal. No basta insistir en el perfeccionamiento de traductores informáticos y bases de definiciones para las lenguas “minoritarias” sino que se impone como actitud vital la difusión más recurrente de canales y sistemas tecnológicos propios en cada cultura para convivir en la aldea global junto al internet y los medios masivos.

Para transitar en esta agradable utopía colocamos en el tapete dos lenguas de ejemplo: el quichua y el catalán. Una se oculta en Sudamérica y la otra persevera en Europa, pero ambas conviven en un leonino mundo para no ser aniquiladas. Las dos compiten, con escasas herramientas lingüísticas y tecnologías, frente a las fabulosas inversiones que provoca el castellano, ambas se desenvuelven en la misma geografía del castellano, aunque en continentes distintos, y juntas resisten la demanda desbocada de la información en internet, que progresivamente las arrincona en la esquina del olvido.

Ahora bien, si relacionamos algunas lenguas oficiales como el húngaro, hablado por unas 13 o el búlgaro por 12 millones de personas, la historia de las lenguas, mal llamadas “minoritarias”, no dejarán de revestirse de factores políticos y económicos.

Por ejemplo, el quichua, conocido también como quechua, funciona como una familia de dialectos mezclados sin rumbo ni orientación, con limitada tecnología y sin introducción en el comercio internacional, pese a que es lengua materna para más de 13 millones de personas repartidas desde el sur de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, hasta el norte de Argentina.

En cambio, el catalán, a diferencia del quichua, tiene mayor difusión internacional, pero no deja de ser una lengua “minoritaria”. También llamada valenciana por ubicarse en la Comunidad Valenciana de España, es una lengua romance hablada por entre 4,5 ó 7,5 millones de personas repartidas entre España, Francia, Andorra e Italia. Sin embargo, sí cuenta con inversión, investigaciones y nuevas tecnologías en ingeniería lingüística, almacenamiento de definiciones, bases de datos y gestión de los recursos lingüísticos.

Pese a todo, los teóricos refutan, “los únicos dueños de una lengua son los hablantes, que no necesitan de academias o instituciones que, apropiándose de la palabra, imponen las normas del ‘correcto decir’”. El lingüista Armando Talamantes dice que el “español o el castellano no es todo ni será lo único. Iberoamérica es, como todo el mundo, un ámbito pluricultural y multilingüe, un espacio crucial de la diferencia, donde la otredad es la razón de ser de la identidad y la diversidad, la fuente creativa del desarrollo cultural”. Asimismo, muchos críticos se empecinan en el uso de las lenguas mapuche, quichua y tzeltzal, o el catalán, vasco o gallego frente al castellano para no borrar las características particulares de cada pueblo.

El teórico Noam Chomsky, expuso la idea de “innatismo” para enfrentar el problema de la globalización lingüística. Esta noción plantea que algún tipo de idea, conocimiento, o contenido mental está presente en el momento en que un organismo nace. Mientras los lingüistas tradicionales estudiaban comparativamente las lenguas en su pronunciación, gramática, léxico y relaciones dentro de la comunidad lingüística, Chomsky, buscó un método científico para encontrar los principios explicativos de la lengua e incluso una más profunda comprensión de la naturaleza humana.

La Teoría de la Gramática Transformacional y generativa, respecto al uso corriente del lenguaje señala la necesidad de una “gramática universal” común a todos los seres humanos.
La lingüística del siglo XIX fue histórica y comparativa, pero basada en relaciones entre lenguas “muertas” como el sánscrito, el griego, el latín, el germánico y el celta.

El francés Ferdinand de Saussure, fue quien inició el análisis de las lenguas comparativas y luego vino la lingüística sincrónica estudiada por antropólogos sociales como Franz Boas, Edward Sapir y Alfred L.Kroeber.

Hasta que Zellig Harris, estudió el análisis científico del significado y elaboró el análisis estructural basado en las “transformaciones” para entender las relaciones lingüísticas sistemáticas de diferentes tipos de oraciones y luego, su alumno, Chomsky, elegió estudiar las similitudes y no las diferencias entre lenguas. “El sistema nervioso central y la corteza cerebral están biológicamente programados para los aspectos fisiológicos del habla y también para la organización del lenguaje. La capacidad para organizar las palabras es una capacidad inherente a los seres humanos. El uso corriente del lenguaje es creativo e innovador”.

Es decir, la gramática es universal y forma parte del patrimonio genético de los seres humanos, el hombre al nacer, posee un patrón lingüístico básico determinante al cual se amoldan todas las lenguas. “Esta capacidad singular es propia de la especie humana y el uso corriente del lenguaje evidencia las enormes posibilidades del potencial creativo de la humanidad”.

Si partimos de esta idea, la mejor arma para enfrentar a la globalización sería la división entre la actividad del ser humano y la manipulación de la informática y los medios masivos. Las lenguas y las culturas no podrán desconocer su humanismo implícito, que por ahora está confundido en la maraña de la aldea cibernética. “El universo es corpóreo. Todo lo que es real es material y lo que no es material no es real”, nos decía en Leviatán, Thomas Hobbes en el siglo XVII. ¿Acaso el mundo del ciberespacio es real, nos preguntaría?

Se cierra el telón y la muerte se deshace en palabras

por Sebastián Santos

Los caminos del señor son insondables. Y me he pasado buena parte del viaje desde Dunasziget repitiéndolo en húngaro, con la lengua que se me enroscaba en las curvas y salpicaba con saliva la luneta. El encuentro lingüístico y espiritual con las frases hechas funciona a la manera de mantra, que te trae o te lleva de un lugar, de un pensamiento, a veces incluso de todo un paradigma de entender la vida hasta otro. “Az Isten útjai kifürkészhetetlenek”.

Me pasé dos días tirado entre lagos y ríos muertos leyendo “Liquidación” de Imre Kertész, el famoso Premio Nobel de Literatura 2002. Todavía indigesto por una novela introspectiva, compacta, por momentos poseída por el desvarío del que no se atreve a suicidarse, no me atrevo a recomendarla, tal vez por la dificultad de explicar con cierta profundidad y dinamismo qué pasó entre esas líneas que terminaron devorándome en tiempo y anclándome en espacio. ¡Pero qué divina sensación la de estar atrapado por un escritor! El tiempo se detiene o avanza enloquecido y cualquier rincón es un cálido escondrijo donde refugiarse en la lectura, para mirar con desesperación como se acaba y como tantas cosas se quedan por decir en el tintero. Al final termina el libro medio muerto, sin haberte contado lo que página a página le fuiste preguntando.

Es una historia de una alarmante y objetiva tristeza que llega a desesperar porque no sale de la mente pretendidamente omnisciente del autor. Página a página, pides al principio, suplicas después, por un diálogo real, porque todo el paquete se transformó en un divague interno, empalado a tres palmos del suelo, con una cara oscura y deprimente que hablaba y hablaba de que todo está mal, y lo que es peor, que no hay remedio.

¡Chapeau! Me metieron otra vez un gol de media cancha y volví a disfrutar con la fruta prohibida, la ansiada y cruda depresión que todos dicen habita en Hungría y se contonea de café en café por Budapest. Los caminos para encontrarse cara a cara con el placer de la lectura, que escapa, en más de una ocasión, a la supuesta calidad literaria, los entiendo más bien como una serie de casualidades, de combinaciones azarosas que te dejan en medio del claro de un bosque frente a una hermosa princesa dormida. A diferencia del cuento, al leer, nos acostamos junto a la diva y nos permitimos soñar; y lo que es más, incluso nos acordamos del sueño cuando nos levantamos.

Yo salí a buscar por el cachetazo de la muerte de Eloi Castelló. 34 pirulos y se lo llevó el viento. ¡Qué chiquito me sentí la última vez que nos vimos en el Congreso Catalán de Budapest! ¡Un tipo inmenso! De careto bestial y hábil. Se había transformado en un referente ineludible del mundo de las letras húngaras en catalán. De esos tíos difíciles de esquivar, no solo porque era como un alevoso quarterback, que podía llegar a intimidar, sino por su vital conversación y su constante buen humor.

No sé como murió. No salió publicado en ningún sitio y en los pasillos solo se habla de un correr al hospital por un derrame interno, y pim-pam, palmarla. Cuando busqué en el Instituto Cervantes de Budapest alguna de las novelas que Eloi había traducido, en una especie de homenaje, y dejándome llevar por una sucesión intempestiva de casualidades, di enseguida con la Liquidación. Lo primero que me atrajo del libro fueron las letras grandes y la certeza de una posible lectura rápida. Todavía no había pasión en el recuerdo, tal vez un “te tengo que pensar”, rápido y afilado; y listo. La pega, y siguiendo en el terreno de la simple manipulación del papel a ojo de buen cubero, era que no me convencía porque estaba en castellano. De hecho el stock del Cervantes en catalán es tirando a pobre. No se ocupan de comprar libros en catalán. Los que tienen son los que han caído en sus manos como promoción desde el Ministerio o la Consejería.

La verdad de la milanesa es que Liquidación lo había traducido Eloi al catalán y para mi especie de in memoriam ya iba bien. Así que lo empecé a ojear buscando convencerme. El traductor ya era una buena señal. Se trataba de Adan Kovacsics, quien justamente había estado en el homenaje a Eloi en Barcelona el pasado 9 de marzo en La Pedrera, y había hecho un sentido discurso. Por otro lado, la historia no podía ser menos sugerente. El objeto-protagonista era un traductor que termina suicidándose. ¿Acaso Eloi se había suicidado embutido por el absurdo y terrible universo de la depresión húngara? Lo digo y me arrepiento, porque es muy probable también que la falta de información sobre los detalles de su muerte indiquen simplemente un deseo de discreción por parte de su familia y amigos. No por esconder nada fuera de la norma, sino como un elegante ejercicio de intimidad, intentando evitar el morbo instantáneo que provoca la muerte. La palabra más acertada quizás sea respeto.

Pero bueno, me gusta escribir y regodearme en el barro y no pude menos que buscar constantemente durante la lectura de Liquidándonos coincidencias, preguntas y respuestas sobre la muerte, sobre esta muerte. No fue un ejercicio fácil cuadrar las vivencias de aquel judío nacido en Auschwitz y definitivamente sepultado en la gris existencia soviética, con el vital catalán de la plaza del Sol, adornado siempre de curiosidades, como aquel Galindo-Crónicas Marcianas del piso de abajo. También es verdad que los intelectuales tienden a expresar su realidad a través de la literatura, no ya de la propia, sino de la ajena; y de buscar en ella las claves de la propia existencia y las frases célebres que explican el estado de ánimo. Parasitan, parasitamos.

Y de mostrarnos con un verbo que no es propio, a representar esos mismos personajes, hay un paso. De hecho, estoy convencido, reventando un poco las teorías psicoanalíticas, que en realidad no es que vivamos reproduciendo o contradiciendo el modelo familiar, sino más bien pasamos de personaje a personaje, en una sucesión de continuidad, que dependiendo de la forma en que nos aborde, o abordemos, la literatura nos lleva a una lógica, o totalmente anárquica, pieza teatral. Hoy en día, con la media a toda marcha, hablar solo de literatura es poco estricto. Ampliemos, pues, el universo de la imaginación, que en ósmosis nos inunda, al cine, la televisión, o el internet.

¿Representó Eloi a ese traductor empecinado en su desgracia? Era la vitalidad y el trabajo una cortina “tus balas no pueden hacerme daño mis alas son como un escudo de acero” o estoy meando definitivamente fuera del tarro, impresionado por la proximidad y la certeza de la muerte? La línea es tan frágil y tan delgada que asusta.

“Lo leí y se durmió poco a poco en mi interior, como otros, bajo las gruesas y blandas capas de mis lecturas posteriores. Un sinnúmero de libros duerme en mi interior, buenos y malos, de todos los géneros. Frases, palabras, párrafos y versos, que, tan infatigables realquilados, resucitan de forma inesperada, vagan en solitario por mi cabeza y a veces se pone a badajear allí a voz en cuello, sin que yo atine a callarlos. Enfermedad profesional.” (Kertész, 2005:53)

Liquidación se pierde en devaneos depresivos a veces incluso ininteligibles, a veces simplemente aburridos, de esos discursos con los que a lomo de una sola palabra, o una breve frase tiras toda una página en estado de shock, sin importarte lo que sigue, lo que hubo antes de ella. Es una lectura de impresiones, una lectura de explosiones sentimentales, de frases célebres y sentidas. La obsesión es una de ellas. Obsesiones varias, algunas más dinámicas que otras. La que tira de la historia, la del movimiento, digamos, es la seguridad del narrador, que para colmo de males se llama “Amargo”, de que el difunto dejó una novela inédita.

Ahí se abre otra vez el abanico de las casualidades forzadas y aparecen las insistentes traducciones inéditas de Eloi: “Alosa”, de Kosztolányi y “La germana”, de Márai. Pero el tema no son las traducciones, es la obra propia del nen de Tàrrega. ¿Habrá dejado algo de su puño y letra escrito, escondido, tal vez con alguna ex amante que ahora se devanea entre compartir o no compartir con el público siempre infiel?

Sé por buenas fuentes que el muerto, y ya por meterme de pleno en el policial, escribía de corazón y a conciencia antes de entrar de cabeza en el paralelepípedo de las traducciones. ¿Pudo acaso el trabajo insistente, meticuloso y constante, apartarlo de su obra? El que alguna vez escribió de corazón necesita repetir, es un subidón difícil de igualar. Por eso digo, sin lugar a dudas, que hay un precioso eloizuelo escondido en alguna parte, pero listo para ser publicado.

Fuentes:
Imre Kertész (2005 [2003]) “Liquidación”. Santillana, Madrid

domingo, marzo 11, 2007

El quince del quince, 159 años después

La insistencia patriótica de las fiestas nacionales húngaras al final pasa cuenta. Las dos más importantes, la del 15 de marzo y la del 23 de octubre le ponen en bandeja a los grupos ultras hasta la más pequeña de sus demandas nacionalistas y xenófobas. Dibujar en el cuaderno de la escuela, una y otra vez, y con alegría, el recuerdo de guerras medio perdidas, medio ganadas, termina siendo una inevitable apología de la violencia.
La apatía política que acompaña a los que en estas fechas optan por aprovechar el puente para irse a esquiar o a tomar el incipiente sol mediterráneo, no es coyuntural. Tampoco lo son los cada vez más cabezas rapadas embotados en Martins que muestran orgullosos en las mangas de sus chupas los mapas de la Gran Hungría. El viejo, estudiantil y aristocrático paradigma de patria o muerte, que para unas cosas va tan bien, para el desarrollo democrático e integrador de Hungría en Europa va fatal. Los cimientos del imaginario húngaro no ayudan, sino dificultan el mañana. Y no me refiero solo a una sumisa y obediente inserción europea, sino también a la gestión y desarrollo de políticas populares de oposición al neoliberalismo de Bruselas.
Las baldosas abiertas no son reflejo de un temblor, como podríamos pensar a primera vista. Simplemente están mal puestas.

Eloi Castelló, "In memoriam"

por Albert Lázaro Tinaud

Cuando recibes la noticia de la muerte súbita de un amigo, te quedas sin palabras. Puede parecer un tópico, pero cualquiera que lo haya experimentado lo sabe muy bien. Ayer al mediodía moría en Barcelona Eloi Castelló i Gassol, y hoy nos ha llegado la noticia.

Eloi había nacido en Tàrrega en 1972, se había licenciado en filología catalana en Barcelona, y se había especializado en literatura medieval y edición. De este interés suyo por el medioevo catalán salió la edición, compartida con Antón Maria Espadaler, del Cançoner dels comptes d’Urgell (Ediciones de la Universitat de Lleida, 1999).

Pero sin duda, la labor más importante que llevó a cabo Eloi Castelló fue la de traductor de literatura húngara al catalán. Después de haber trabajado como lector de catalán en la Universidad Eötvös Loránd en Budapest (al lado del prestigioso catalanista Kálmán Faluba) y en Szeged, entre los años 1998 y 2004, y de haber aprovechado sus estadías allí para aprender húngaro, se inició en este injustamente maltratado oficio de la traducción e hizo posible que los lectores catalanes accedieran a la obra de algunas de las letras más importantes de la literatura húngara, como Magda Szabó, de la que tradujo, en colaboración con Maria Ginés, la magnífica novela “La porta” (La Magrana, RBA, 2005); Sándor Márai, del que tradujo otra novela imprescindible, “La dona Justa” (Edicions 62, 2005 -siempre sostenía que el título que habían elegido tanto el editor catalán, como el de la edición castellana eran ambiguos-); el premio Nóbel Imre Kertész, del que nos proporcionó tres obras: “Sense destí” (Quaderns Crema, 2003), “Kaddish pell fill no nascut” (Quadern Crema, 2004) y “Liquidació” (Edicions 62, 2004); Ferenc Molnár, del que tradujo su más famosa pieza teatral, Liliom y que además fue la primera traducción suya del húngaro aparecida en formato de libro (Editorial RE&MA 12, 2003), e incluso fue representada en la Sala Beckett de Barcelona en febrero y marzo de ese mismo año; y Dezső Kosztolányi, uno de los narradores húngaros más famosos, con la versión de “Anna Édes” (Edicions Proa, 2006), que hace muy poco pudimos encontrar en las librerías. También tradujo algunos cuentos cortos de István Örkény y un relato, “Els visitadors”, de Lajos Grandel.

Cuando le pedí, allá por Navidad, su bibliografía completa para incluirla en la base de datos bibliográfica que entonces preparaba la Casa de l’Est, me dijo que todavía tenía tres traducciones inéditas: “Alosa”, de Kosztolányi, “El Déu de la pluja plora sobre Mèxic”, de László Passuth y “Si jo fos gran”, de Éva Janikovsky.

Eloi era miembro de la Casa de l’Est, de la Associació Cultural Catalano-Hongaresa y colaboraba con el Comité de Traducciones i Drets Lingüístics del PEN Català.

La cultura catalana acaba de perder, por tanto, a un hombre joven que todavía nos podría haber abierto muchas puertas, un conferenciante muy bien documentado sobre la lengua y la literatura húngara y un luchador incansable por el reconocimiento de los derechos de los traductores literarios. Algunos, además, perdimos un amigo leal, un buen conversador, un enamorado de lo que hacía, a pesar de los escasos resultados económicos que recogía. Ya no lo tendremos entre nosotros, pero su recuerdo, su bondad, su fina ironía, su disimulada timidez, quedarán para siempre indelebles en los que tuvimos la suerte de tratarlo. Y su obra permanecerá perenne en las bibliotecas de los buenos amantes de la literatura.

Nuestro agradecimiento sincero, Eloi, por lo que nos diste, aunque ya no lo puedas recoger.

Traducido por Sebastián Santos del original publicado en el Foro de la Casa de l’Est Eloi Castelló i Gassol falleció en Barcelona el pasado 28 de febrero a la edad de 34 años. Días más tarde, el 9 de marzo, la Associació Cultural Catalano-Hongaresa, la Casa de l’Est y el Comitè de Traduccions i Drets Lingüístics del PEN Català organizó un homenaje en su honor en La Pedrera de Barcelona. Intervinieron en el acto el Cónsul General de Hungría de Barcelona, Ferenc Szabó; el profesor Károly Morvay, de la Universidad Eötvös Loránd de Budapest; el traductor literario Adán Kovacsics; Frederic Guerrero y Albert Lázaro-Tinaut de la Casa de l’Est; Zsigmond Kovács, de la Associació Cultural Catalano-Hongares;, Rossend Arqués, del PEN Cátala; y la profesora Dolors Udina, que leyó algunos fragmentos de su obra.

El acto se realizó a continuación de la mesa redonda con el título “Extermini i traducció”, a la cual Eloi Castelló había sido invitado.