lunes, febrero 26, 2007

Crónica de un ritual de sangre moderno

por Sebastián Santos, aboro kikpa*

Miércoles 14 de febrero

Si no fuese porque me van llenar de agujeros, largaría un grito de alegría. ¡Qué bonito está todo! Antes de venir a entregarme para el sacrificio tuve que remar contracorriente contra los penosos comentarios que caen sobre los hospitales húngaros. Viejos, sucios y totalmente despelotados. Los cirujanos eran los que se salvaban de tanto improperio, pero esa lógica, donde todo es una reverenda porquería menos un selecto grupo de profesionales, no llegaba a entenderla. Seguí adelante porque, para ser sincero, mis anteriores impresiones de la Seguridad Social Húngara, en dispensarios y mismo en este hospital, el Uzsoki, cuando vine a entrevistarme hace unas semanas con la anestesióloga, siempre habían sido positivas, o al menos dentro de esa franja de normalidad a la que me acostumbré en España.

El Uzsoki es impecable. Es un hospital nuevo, sin paredes que se caigan, limpio, bien arreglado y todo marcha con armonía. También el personal va de punto en blanco y mis 3 primeros contactos, en Ingresos y luego en la entrevista con la Jefa de Enfermeras, y con una de las enfermeras de planta me ha dejado encantado. Amables y eficientes. Me han recibido como en un hotel. He salido de ingresos con un mapa del Hospital y un cronograma de las próximas actividades: ocupar mi cama y presentarme 8.30 en “Análisis” para dar sangre.

La enfermera de planta estaba de lo más contenta con mi llegada. Quería aprovechar para practicar su oxidado inglés. Y así ha sido, se ha esforzado hasta quedarse muda por preguntarme los detalles previos a la operación, todo en inglés.

A la Enfermera en Jefe le he dado el primer tubo de sangre como si le hubiese dado un beso. Feliz. “Buenos días”, y me ha dado la mano, “me llamo Katalin Mólnar y soy la Enfermera en Jefe.”

Decididamente mis primeras impresiones del hospital contradicen totalmente el chusmerío previo y la convicción de buena parte de los extranjeros que viven aquí de no dudar en volver a su país para operarse, si toca.

La habitación es soleada e impoluta. Hay cuatro camas, con una mesilla a cada lado y un armario compartido. También hay un váter, una ducha y una pica, todos separados. Escribir desde este relax pre-operatorio es realmente un placer. El día está precioso.

Solo somos 3. Laci, guardia de seguridad, de unos cuarenta y pico, está a punto de ir a operarse de hemorroides. Está un poco colocado, por una pastilla que le han dado, pero mantiene un humor ácido y punzante. Pista, que ronda los 60, pintor jubilado, está algo más estropeado. Dice que entró por unos cálculos en la vesícula y terminaron abriéndolo en canal y revolviéndole todo. Está muy delgado, ¡dice que ha bajado como 50 kilos! Y le salen de la panza 5 asquerosos drenajes. Pero, pese a todo, nos reímos y más cuando tiene que levantarse y se le enredan los tubos.

Son las 10 y acaba de venir el camillero a llevárselo a Laci.

A mi me ha venido a buscar la Doctora de Planta para una entrevista. Encantadora, me ha explicado el protocolo de antes de la operación y el sistema de las visitas médicas y de amigos y parientes. Se puede venir a cualquier hora, menos cuando son las visitas de los médicos, entre las 7 y las 8 de la mañana y entre las 3 y las 4 de la tarde. Me operan mañana. A las 12 me traen la comida y luego por la tarde un purgante para que vacíe el estómago. A partir de las 12 de la noche, y hasta la operación, no puedo tomar ni agua.

Aprovechamos con Eszter, que me ha venido a acompañar, para ir al bar de la planta baja. He hecho el último cafecito y he comprado agua y periódico para matar el rato, sin llegar a sangrar.

Al volver a la habitación, me he puesto un gigantesco pijama, que me prestó mi suegro, y hemos seguido charlando con mi compañero de celda. Mientras las enfermeras han pasado a tomarnos la temperatura y la presión; y a eso de las 10.30, dos chicas a limpiar y fregarlo todo.

A las 12 ha vuelto Laci y un rato después ha llegado la comida. ¡Por fin he entendido la imperiosa necesidad de venir tan cargado al sangriento ritual! ¿Para qué traer un vaso, cubiertos, servilletas, papel higiénico, jabón, toalla, pantuflas, pijama, salto de cama, agua....? Simplemente porque no te dan. La comida llega en unas bandejas cerradas, y al lado colocan la típica jarra de té, pero no hay nada más. En el baño tampoco hay papel higiénico, y por supuesto sobre la cama no hay dos toallas coquetamente dobladas como en cualquier hotel de carretera. He de decir que ha estado buena la comida. Cada uno según su dieta. A mi me ha tocado una sopita y una salchicha nadando en un puré de espinacas o algo así. De postre: arrollado de mermelada.

Pese a lo que me ha dicho la doctora pasan muchos más de las 2 estrictas visitas médicas. Pasan, hablan, apuntan y se van. Para preguntar hay que ser rápido porque no dan tiempo para que te la pienses. Responden rápido y se van. Aquí ya huele a chamusquina y da para criticar. La amabilidad patina un poco, pero igual se agradece que nos revisen y nos miren.

De ahí en más me he dedicado a cagar, leer, escribir y dormir. Aunque dormir poco, porque hay tanto movimiento, que aunque discreto, me hace abrir los ojos y chusmear, pensándome. A eso de las 4 Laci se ha ido despertando con muchos dolores y obsesionado por mear. “Es el puto momento en que ninguna posición te viene bien”, dice sin cesar. Por momentos es cómico, porque uno por colocado y recién operado pasea en bolas, insistente, de la cama al lavabo, y el otro, por tener tantos tubos, también en pelota picada, se revuelve sobre las sábanas, y por supuesto, también hace una que otra excursión, acompañándose de los malabares con las sondas. Es un momento de llanto y de putear. A Pista le sangra una de las sondas y se caga en el puto Gyurcsány y el Capitalismo. Yo intento verme a esta misma hora mañana, despelotado, retozando o deambulando, todo junkie, por la habitación.

Finalmente a las 5 ha venido la gran visita médica, toda una tropa. Pero pese a mis expectativas no me han dicho nada. He mostrado panza, como todos y rápidamente han pasado de largo. Realmente me gustaría que alguien me explique como será la operación y cómo quedaré mañana. ¿Tendré un drenaje? ¿Algún tubo que me salga de la boca? ¿Cuántos cortes me harán? No tengo ni idea, solo la general, por haber leído algo, y de lo que ahora cada uno va contando y que supone es experiencia universalmente transmisible. La información sigue siendo un lujo. Y se me empieza a quebrar el síndrome de Estocolmo.

El doctor en jefe, después de haberlo visitado a Laci y a mi, se ha puesto en medio de la habitación y en plan oratoria romana ha anunciado lo de los 300 forintos que hay que pagar a partir de mañana y algo más que no llegué a entender.

Luego Pista me ha comentado que lo que pasa es que a él no le cubre todo el Seguro sino que tiene que pagar, de momento unos 500 mil forintos. Su mujer, que ha llegado un rato más tarde, con una de esas sonrisas que amanecen, me ha afinado la afirmación de István diciendo que es así pero que en realidad él tiene que pagar solo 10 mil y el resto lo paga su ayuntamiento. Son de un pueblo a unos 11 kilómetros de Budapest. Una casita con jardín, árboles y dos perros. Según Pista, una preciosura que nada tiene que ver con el mugroso Pest.

Son las 6. Laci está con chuchos de frío. Con lo grandote que es y lo chiquilín que se pone con esto de los dolores. Ha llamado a su mujer y le ha dicho, con una voz de infante Carlos V: “¡Gatita, estoy malo!” En toda su inmensidad es de lo más tierno.

A las 8 ha venido una enfermera a entregarme una bata y una vasito con jabón para que me duche por la mañana y esté listo para la operación. Ahora los 3 estamos en look nudista. Con Pista comentamos que inauguraremos una playa nudista a orillas del Danubio después de esta buena experiencia.

Laci por fin ha meado y yo he empezado una intermitente procesión al váter donde me dejo ir, no solo de cuerpo, sino también en espíritu. Aquella sensación primera de la mañana, donde me sentía un veraneante, la he perdido definitivamente. Ya no somos personas, en este estado liminal nos movemos lentamente y asustados. Hay grandes pausas de miradas al techo y los chistes se hacen más y más esporádicos.

Jueves 15 de febrero

¡Nos levantan a las 5.30! Un poco exagerado, más para la noche de mierda que nos hizo pasar Pista, que se hartó de las sondas. Hablaba sin cesar, puteando contra todo lo imaginable. No quedó títere con cabeza, ni familia, ni Dios, ni patria, ni bandera. Se ve que se arrancó algunos puntos y un par de drenajes. La enfermera, que empezó la noche con una sonrisa de Walt Disney, ahora está toda cruzada.

Yo, chino-chano, me he duchado con mi súper jabón y me he tirado en la cama a esperar. Ha pasado el desayuno, unos zsemles con embutido y queso untable y té. Han venido más visitas, las chicas de la limpieza, un par de tipos de azul, con unas etiquetas rojas en los brazos, supongo de seguridad, pero de mi operación todavía nada. Recién a las 11 Eszter, mi fiel visitante, me ha averiguado que soy el cuarto y que antes de las 12, nada.

A las 11.30 vienen a colocarme una vía para enchufarme un buen saco de suero. Me dejan un sedante extra y me dicen que me lo tome cuando me recoja el camillero antes de ir a quirófano.

¡Sorpresa! Han encontrado unas radiografías debajo de mi cama. El caso es que no son mías. Detallitos. Por cierto: ¿Y dónde está mi brazalete? – le pregunto a Eszter. Resulta que cuando hicimos el ingreso me hicieron firmar un papel donde aceptaba que me colocasen un brazalete identificatorio. Se ve que en algún momento hubo problemas, e incluso muertes por haber confundido los pacientes en la sala de operación. Lo firmé aceptándolo, pero mi brazalete, que sí se lo he visto a Laci, yo no lo veo por ninguna parte. Confío en que estos errores no sean el pan de cada día y que en breve esté jugando a los autitos en el living de casa.

Ya está. Y esto es de lo que me acuerdo: Pasadas las 12 vino el camillero y rápido como una flecha me llevó a quirófano. Eszter nos acompañó hasta la puerta como en las películas.

Una vez dentro algo cambió. Se pinchó el globo de los buenos modales. Ya no era el ambiente arregladito y tranquilo de la sala. Había música, una música ordinaria, una grabación llena de insultos y risas histéricas. Griteríos varios y yo me sentía un churro yendo de cabeza al aceite. Me cambiaron a una camilla verde, allí todo era verde. Verde, que no quiero verde, verde médico, verde sábana, verde enfermera.

Todo lo personal del liminal anterior desapareció. Si en la sala no me sentí persona, ahora apenas me siento un trozo de carne. Lo primero que hicieron fue depilarme la panza. Ni hola. Después me dejaron en un pasillo, un buen rato, sin explicarme absolutamente nada y aguantando esa insoportable musiquita. Por primera vez pude ver el descascaro, básicamente en las paredes, por el choque de las camillas. Me tuvieron ahí cosa de una hora, si no me salen mal las cuentas.

Lo peor fue cuando me pusieron al lado de una puerta, que resultó después sería mi sala de operación. La puerta se abría y me daba en la camilla. ¡Plac! Y otra vez, y la jodida musiquilla. Y ¡Plac! Bastante insoportable.

Diría que ese imaginario que recogí previamente a la operación, donde solo se salvan los médicos de los improperios contra el sistema médico, es simplemente una forma de no ponerse histérico, ni desesperarse ante la sola idea de ir a “curarse”. Habría que ver las estadísticas para ver si son buenos o malos profesionales. Lo que sí, socialmente incompetentes. Por ejemplo no sé ni quién me operó. Solo hablé con él una vez en el dispensario, pero en estos días ni ha aparecido y no recuerdo su cara en el quirófano.

Finalmente me recogió un chico de mi estática condena y me metió en el quirófano, debajo de unas grandes luces. Me ataron las piernas, me pusieron el brazo izquierdo en una plataforma separada, el derecho me lo envolvieron en una tela verde, pegado al cuerpo. Volvió el buen rollito. Ahí la música era mucho mejor, pop inglés. Un par de enfermeros o médicos, gente de verde me hacía chistes y al final del recuerdo uno me preguntaron, desde lo alto de mi cabeza, qué quería soñar.

Dicen que estuve fuera unas 3 horas. Y que al volver tuve visitas y se ve que tenía mucha sed, porque veo un trapo húmedo al lado de mi cama que supongo habré usado para refrescarme la boca como los otros, y hay una bolsita con la piedra que me quitaron de la vesícula. Negra y porosa, como un asteroide. Más chiquita de lo que me había imaginado.

Viernes 16 de febrero

Son las 3 de la mañana y traen a un chico nuevo. Viene por su propio pie sujetándose la panza. Todo es muy rápido. Vienen varios médicos e inmediatamente se lo llevan a quirófano. Después Zoli me ha explicado que tenía algo así como enroscado los intestinos. Los médicos han dicho que casi se muere.

Son las 6 y ya han pasado a despertarnos y a darme unos calmantes, que podría repetir en 8 horas. Me siento muy bien y relajado. En el brazo todavía tengo puesta la vía y en la panza tengo tres cicatrices y una sonda que se va por la derecha, llena de sangre.

A partir de las 7 vienen varias visitas médicas y todos me dicen que mañana me voy y que hoy me quitan la vía y el drenaje.

Una enfermera me pregunta si quiero ir al baño y me acompaña hasta la puerta. En realidad, aunque algo mareado puedo hacerlo bastante bien solo.

7.30 y Zoli ha vuelto de la operación. Se queja y tiene chuchos de frío. La enfermera le trae una manta que se calienta con una especie de calentador de aire. El ruido es algo molesto.

Tengo mucha hambre. La señora de la comida me deja 2 tarritos de ricota y los correspondientes zsemles. Como con pasión y alegría de que todo entre tan bien. Laci se está preparando para irse. Ya han venido a decirle que baje a pagar a la planta baja, a la máquina automática, los 300 forintos por día de hospitalización, que cuentan desde el 15 de febrero. Unos 600 le tocan.

Al viejo se lo llevan a hacerle un ultrasonido. Algo anda mal, parece que tiene el hígado jodido.

El péndex ya está más espabilado pero tartamudea un poco. Se lo ve con miedo. Nadie sabe que está aquí y no ha traído el buen arsenal que traemos todos para pasar unos días aquí. Eszter, que es un sol, le deja su móvil para que le avise a su mamá. La conversación es un poco a los gritos. Digamos que no es una familia con las mejores maneras ni el mejor código de respeto entre padres e hijos.

¡¡Chau Laci!!!

Ahora aparecen tres mujeres a hacer un inventario de lo que hay en la habitación. Una dice y las otras escriben y apuntan si algo no está bien. Papelera, 1; almohadas, 4; mesa, 1; sillas, 4; banquitos, 4; colgador, 1...

Lo prometido es ley y a las 10 vienen y me sacan la vía. A la tarde aparece el médico que me operó y me lleva a un cuartito donde me saca el drenaje. La conversación es muy amena y quedamos para vernos en el dispensario el miércoles. Hablamos un poco de la operación. Lo raro ha sido que no estaba seguro de si había sido él quien me había operado. Se lo he preguntado y me ha dicho que sí.

Esta gente tiene la naturalidad propia de la arrogancia. “No te he ido a visitar, no te expliqué un pito, y qué? ¿Qué problema?” ¡Estos médicos son unos reverendos soberbios! ¡Y encima hay que darles dinero bajo mano! Esto todavía me cuesta digerirlo. La primera vez que nos vimos con el cirujano le pregunté cuánto tenía que pagarle extra y me respondió, casi ofendido, que nada. Después, comentándolo con los amigos, todo el mundo me dijo que sí, que hay que darles dinero. ¿Cuánto? ¿Cómo? ¿Cuándo? Ahí las versiones variaban. El caso es que no están penalizados los regalos en efectivo a los médicos, pero tampoco son vox populi. “Hay que dárselo en un sobre cuando nadie te ve.” ¡No te jode! Tal vez el momento apropiado hubiese sido cuando estuvimos solos en ese cuartito, pero no tenía un mango. “Si después de la operación viene el médico y te mira y te pregunta cómo estás y te controla, le pagas”, me dijeron.. Todos estuvieron de acuerdo que por el tipo de operación serían unos 10 mil forintos. Hay que conocer la tabla de las experiencias. Un parto 100 mil, una operación caquita como la mía un diego. La próxima oportunidad es el miércoles, pero como la verdad no me sentí para nada atendido no pienso darle un mango. Además, lo de los 300 forintos, teóricamente, es para subirles el salario y evitar el dinero en negro, dicen....

A la vuelta de la consulta ya habían venido a visitar a Zoli. El tono sigue igual, irreverente. Una de las de la limpieza, entre fregada y fregada, hace un discurso sobre cómo hay que tratar a los padres. Zoli pasa, está entre colgado y demasiado nervioso como para entrar en conversaciones sobre las relaciones generacionales.

Nos da la noche con una cena frugal, un bocata de algún embutido difícil de identificar y té, siempre mucho té.

A Pista le ponen un sedante por vena y en breve se queda colgado, pero en su impaciencia termina dormido sentado en la silla. Tenemos que llamar a la enfermera para que lo acueste. Zoli se ha asustado mucho, ha pensado que la había palmado.

Sábado 17 de febrero

Hoy me voy. Dicen que me mandan para casa esta misma mañana. Son las 7 y ya llevamos un buen rato despiertos, termometreados y pasados por la manga de la presión. También ya ha pasado una primera visita de médicos.

Pista tuvo una noche demasiado tranquila. Ahora resulta que tiene la presión en 200 y se lo llevan a investigar.

7.30 y me mandan a pagar a la máquina automática de abajo. Realmente es toda una experiencia porque nadie entiende muy bien como funciona y somos una banda perdidos por los pasillos buscando la maquinita de las narices para luego encontrarnos frente a ella y preguntar. Yo ayudo un poco a las viejas que no lo logran a la primera.
Son dos máquinas. En una hay que cambiar los billetes por monedas y en la otra sacar los tickets. No es muy complicado, aunque es muy fácil no hacerlo del todo bien.

Primero hay que seleccionar, dándole al botón amarillo, si queremos un ticket de visita médica o día de hospitalización. Las dos opciones cuestan igual, 300 Ft. Después hay que colocar el dinero. Por ejemplo, yo estuve 3 días y debería haber puesto 900 Ft. En realidad puse 1000 Ft porque me pasé. Finalmente hay que apretar el botón verde para que imprima 2 comprobantes, uno para el hospital y otro para el enfermo. Para mi sorpresa no me devolvió los 100 Ft.

En definitiva, aunque solo sirven los comprobantes múltiplos de 300 Ft la máquina puede hacer comprobantes hasta un máximo de 1000 Ft. Digo porque si mal no recuerdo la máquina ha dicho que 1000 ft era la cantidad máxima.

Yo saqué uno solo, pero en general los demás que me acompañaban, por indicación del portero que se ha acercado a ayudar, sacaban tickets por día.

Con los papelitos nos hemos ido a Ingresos donde los hemos entregado y luego, vuelta a la habitación. Me han explicado que hay que guardar los comprobantes porque después de 20 en un año (x300 ft) no hay que pagar más, durante ese año.

Hemos vuelto con unos vecinos de habitación a nuestra planta y a las 9.15 he tenido la última visita médica donde me han dado el alta. Firmé un montón de papeles, me dieron otros tantos, junto con el ticket de los 900 y los comprobantes para el trabajo, empaqueté y me he ido.

Lo único que me ha costado es que me dijesen si tenía que seguir tomando alguna medicación o seguir alguna dieta especial o cómo tengo que cuidarme las heridas. Vuelvo a repetir que deberían hacer un cursillo de comunicación personal.

Ante mi insistencia me han dicho que no hay que hacer ninguna dieta especial. Que por la operación no coma con especies y evite las legumbres y las comidas que provocan gases. En cuanto a medicamentos, si tengo dolores que utilice cualquier analgésico de venta libre.

En la despedida Pista duerme como un angelito. “Este se nos va”, se me da por pensar. Y Zoli discute con los médicos porque quiere que le den el alta. No soporta estar en el hospital. Tiene hambre y no quiere pagar ninguna cuota por estar en este “lugar de mierda”. Los médicos le dicen que se estuvo por morir y que es mejor que quede bajo control unos días. Ahí se quedan discutiendo. Zoli se pone como loco.

Contra la recomendación de mi novia, me he ido sin dejarle dinero a ninguna enfermera. Una pena, pero a mí esas cosas me son muy complicadas.

He vuelto a casa y miro la piedra, ya medio disuelta en un sobre de plástico. En el vade retro del descanso me vino a la mente Evans- Pritchard, la brujería y los azande. Y busco alguna clave que haya justificado esta prematura autopsia en busca de materia de brujería. Según Pritchard era práctica habitual para comprobar las acusaciones de brujería y la validez de las indemnizaciones, de lo que él traducía como lanzas. En realidad ellos miraban más que nada los intestinos, pero seguramente cualquier cosa extraña les hubiese venido bien para condenarme:

“Se hacen dos incisiones en el vientre, se coloca un extremo de los intestinos en una rama rajada y se van enrollando. Después que se ha separado el otro extremo del cuerpo, lo coge otro hombre y va desenredando los intestinos conforme se aleja del hombre que sostiene la rama rajada. Los ancianos caminan junto a las entrañas y las examinan en busca de la materia de brujería. Los intestinos suelen volverse a colocar en el vientre cuando se ha acabado el examen y se entierra el cadáver.” (Pritchard, 1997:66)

Me entregué como antropólogo y no como paciente. Vi brujos y no vi ningún médico.

* En azande, el de la vesícula grande.

Fuentes:
Evans-Pritchard E.E. (1997: 1937) “Brujería, magia y oráculos entre los azande”. Editorial Anagrama. Barcelona.

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