lunes, marzo 20, 2006

"Todos éramos espías" - Los "besugos" y la red de delatores durante la era comunista


por Sebastián D. Santos-P



Una de las primeras cosas que llama la atención al buscar información sobre la red de confidentes en el Régimen Comunista es el universo de las palabras amigas. Los húngaros se refieren a los delatores con el término “besúgó”, que aunque se pronuncia bien distinto de nuestro parco castellano no deja de llamar la atención. Claro que el sentido es diametralmente opuesto. El peninsular besugo, torpe y poco inteligente en la península, deviene a orillas del Danubio un ser terrible, tal vez fruto de la contaminación radioactiva que asoló el bloque soviético de mano de la industria pesada.
Así, ese pez medio papanata, hermafrodita y con manchas en la cabeza se transformó en un cabrón: chivato, mentiroso, hipócrita y sobretodo, peligroso.

Los artículos a continuación se pringan en el mundo de los besugos, como si verdaderamente fuesen una bandeja de lonja de peces viejos y gelatinosos. Hay quien se atreve a arrancarle los ojos, a pasarle el dedo por los dientes, a abrirle las entrañas y reventarle la bolsita de mierda que no llegó a cagar; o bien más prácticos, otros prefieren meterlo en una bolsa y tirarlo al río, para dejar después todo limpio y así poder exhibir uno más fresco.

Espero que disfrutéis con esta colección de artículos sobre los "Los besugos y la red de delatores durante la era comunista" y que os animéis, quienes viváis o hayáis vivido en Hungría a escribir en las próximas ediciones. Solo tenéis que enviarnos un e-mail y os contestaremos a la brevedad indicándoos formato y tema.

El papel del informante

por Kléber Mantilla



Siempre será difícil intentar retratar a la dictatura. Cada figura es monumental y de mil cabezas. Casi imposible sujetar del cuello y alcanzar a detallar los males de un sistema social enfermo por sus élites.
En aquellos tiempos en la vieja Hungría, un Partido Obrero Socialista estuvo en el poder y estructuró un juego malévolo para su gente. Una policía secreta que funcione como arma perfecta para reproducir, reprimir y renovar un modelo de Estado totalitario.
El informante apareció en la comunidad como un instrumento de control ideológico. El denominado agente “ügynök” se colocó en cada compañía, empresa, escuela, universidad, cualquier lugar público, incluso podía estar en casa. Siempre tratando de agregar algo más al reporte de la atmósfera (hangulatjelentés). El objetivo era detallar la emoción pública y los reportes indicaban desde los nombres de los no obedientes hasta las relaciones afectivas con los extranjeros. Tomar un cafe en grupo podía resultar un riesgo, pues cualquier idea extraña aparecía después escrita en un reporte.
La información se usaba para presionar y perdurar la dinámica del poder. Siempre aparecían nuevos miembros a órdenes del partido. De tal manera que las personas no podrían desistir de participar en la “Policía Secreta”. Mil historias cuentan la llegada por la noche de un carro negro de vidrios oscuros a casa. La policía sacaba al sospechoso para conducirlo al ÁVH, en la calle Andrasy 53, quien nunca más volvía.
Las torturas de hecho eran parte del juego. Por ejemplo cuando el canciller húngaro Lázló Rajk, combatiente de la guerra civil española, se "confesó" culpable de los absurdos cargos de ser agente secreto de la CIA, sólo para ser fusilado minutos después. Casos sobran sobre las declaraciones forzadas que también implicaban mentiras y testimonios falsos. Poco queda en la memoria, pues en 1989 los documentos sobre los agentes más peligrosos fueron destruidos. Sin embargo, se conoce que los niveles de participación eran activos y pasivos, pues para llenar los reportes se necesitaban víctimas y alguien quien tenía que descubrirlas.
Ahora es difícil realizar una evaluación ética, pues se reconoce que fue un problema sistémico. Pese a todo, está claro que en 1955, trabajadores y estudiantes de Budapest destituyeron al gobierno prosoviético y colocaron a Imre Nagy, para aplicar un socialismo local de concepción nacional fuera de las órdenes de Moscú.
Varios analistas dicen que la vida real de autonomía individual, el espacio posible de esperanza, se redujo al círculo familiar. Y otro problema mutado que apareció con esta policía secreta fue la libertad de creación artística, pues con el monopolio de los medios masivos de comunicación, de las instituciones culturales y editoriales, la élite eliminó la libertad de creación intelectual y artística, e impidió la publicación de toda obra o cualquier expresión cultural que se distanciase de la línea oficialista.
Muchos cuentan que la mayoría de los informantes sabían que no había lugar para ellos en la élite. La gran mayoría desistieron de sus ambiciones políticas, pero en su fuero interno pese a que rechazaban el monopolio del poder, mantenían un convenio cínico con el régimen, a través de su servicio como informantes. “El deterioro moral no era exclusivo sólo de los gobernantes, sino de todos los integrantes de la sociedad, incluyendo a los distanciados intelectuales”, según la opinión del sociólogo Juan Benaventes.
Adam Michnik, en su libro The New Evolutionism, sobre los informantes y su red, dice que cualquier cambio significativo al sistema se dilucidó fuera del Partido Comunista y de la burocracia estatal, en comunidades de intelectuales, de ex comunistas purgados, de agrupaciones sociales. Las reprobaciones y rechazos de los intelectuales contra el régimen totalitario fueron masivas, al punto de inundar las filas de la disidencia y la oposición, desempeñando un papel clave en la contienda por la transición del comunismo a la democracia.
Pese a todo, la revolución anticomunista fue gestada por los intelectuales, los novelistas, los poetas, los dramaturgos, los cineastas, los historiadores, por las revistas literarias, los comediantes populares y cabareteros, los discursos filosóficos. Es decir, por la cultura. Muchos de ellos fueron también informantes.

Justicia y lustración en la Hungría poscomunista

por Carlos Lavatelli

Al leer sobre el proceso histórico de Hungría desde 1945 hasta 1990, me surgió una duda casi inevitable: ¿qué pasó con los responsables de delitos contra los derechos humanos, después de 1990?

Claro, mi pregunta está directamente relacionada con el conocimiento de otros casos donde la libertad fue avasallada en cualquiera de sus formas: en primer lugar Argentina, al igual que la mayoría de los países de América Latina, sufrió dictaduras militares donde la persecusión, la prisión y la muerte eran moneda corriente.

En algunos países latinoamericanos, con posterioridad a las dictaduras y con el retorno a la democracia formal, se siguieron procesos judiciales (más o menos mediáticos) contra los responsables de tortura, desaparición de personas y homicidio. El terrorismo de Estado fue, con cierto tinte inevitable de comedia, llevado a juicio por el Estado, ahora reconvertido en "liberal y democrático"; pero esos juicios estuvieron sostenidos a su vez por movimientos sociales fuertes y perseverantes, como el impulsado por las Madres de Plaza de Mayo. Es el caso argentino de mediados de los '80, un caso reconocido internacionalmente como excepcional en cuanto a los grandes alcances de los procesos y juicios contra los responsables de la dictadura militar, luego disminuidos por las leyes de "Obediencia Debida" (inculpabilidad de los cargos militares inferiores) y de "Punto Final" (amnistía) de la década de 1990, durante el gobierno Menem.

Entonces mi pregunta, salvando las distancias y la dificil comparación en términos de contexto histórico y social con Hungría, pero acercando la relación en el principio universal de libertad, era inevitable: ¿se siguieron en Hungría procesos contra los responsables de injusticias, terrorismo de Estado, delación, tortura, persecusión y muerte de la "oposición"?

Los antecedentes de la lustración, deben buscarse en la suficientemente documentada experiencia de la posguerra en toda Europa, que con todas sus variantes sentaron precedentes en la materia. La figura de "traición" fue particularmente importante en la jurisprudencia francesa.

Desde 1989 en toda Europa central y oriental, incluída Rusia, se promulgaron las llamadas "leyes de lustración", con diversas variantes de acuerdo al contexto político de cada país. En algunos casos la profundidad de las medidas fueron más amplias y removieron toda la sociedad: en la ex-República Democrática Alemana estuvo marcada por el control inmediato de los archivos de la policía secreta por parte de fuerzas civiles y de las instituciones de Alemania Federal, y las listas de acusados de colaboración en el espionaje de ciudadanos, afectó a amplias porciones de la población; en la República Checa hubo un proceso similar, con la imposibilidad de que ciudadanos acusados bajo la ley de lustración, puedan ocupar cargos públicos en la nueva democracia checa.

El caso de la ex-Yugoslavia estuvo marcado por los crímenes de guerra, y la intervención internacional dio otro perfil a estos procesos.

En Rumania, la liquidación inmediata de Ceacescu, tuvo como fin saciar el descontento popular, pero también ocultar los estratos implicados en la mayor red de delatores conocida.

La lustración en Hungría

En Hungría el tema se inició en noviembre de 1989 con la información oficial de la destrucción casi total de los 110.000 expedientes de delatores y colaboradores. Simultáneamente, los agentes de la AVH, "Állam Védelmi Hatóság" (Autoridad de Seguridad del Estado), conocidos popularmente como "ávós", pasaban a formar parte de la Oficina de Seguridad Nacional del nuevo Estado húngaro.

¿Pero cuál fue el alcance en términos político-jurídicos de esa renovación, del tan aclamado cambio de sistema?

En Hungría se promulgaron leyes de lustración en 1994 y 1996. ¿Significaron las leyes de lustración, una suerte de revancha de parte de familiares de personas juzgadas en la posguerra por los tribunales, con la acusación de colaboracionismo con el ocupante alemán o con los fascistas húngaros?

Los interrogantes y conflictos que acarrearon las leyes de lustración, se centraban sobre todo en una inmanente falta jurídica: la acusación tiene el mismo resultado que un juicio con defensa y pruebas. En muchos casos, las personas afectadas no tuvieron oportunidad de un descargo y defensa como es de esperar en una sociedad democrática.

Por otro lado, en muchos casos la acusación de colaboración, llevó a la paradoja de afectar las bases de sectores importantes para el funcionamiento de la economía y las instituciones de un país: en Bulgaria y la República Checa, la ley de lustración provocó un descalabro entre el cuerpo científico de la Academia Nacional de Ciencias, con la acusación de ”razones ideológicas”.

A diferencia de los demás países de la región, la justicia en Hungría se centró más sobre la víctima que sobre el victimario. La reparación estuvo concentrada en la restitución de la propiedad anteriormente nacionalizada, así como en programas de reparación a víctimas de guerra y otros casos de injusticia comprobada.

Dado que en cualquiera de los casos, estamos hablando siempre de justicia retroactiva, los debates en el Parlamento magiar se concentraron en la inconstitucionalidad de la ley de lustración, ya que el código penal prohíbe modificaciones con carácter retroactivo a las normas, incluidas las modificaciones a la ley de prescripción.

En noviembre de 1991, el Parlamento promulgó la "Ley Zétényi-Takács", que establecía que el plazo de prescripción de los crímenes de traición, homicidio con premeditación y lesiones con resultado de muerte, cometidos entre el 21 de diciembre de 1944 y el 2 de mayo de 1990, empezaba a correr el 2 de mayo de 1990. Se establecía que el castigo por estos crímenes podría imponerse sin ningún límite de tiempo de la condena.

La polémica que generó esta ley, llevó al presidente Arpád Göncz a negarse a firmarla, remitiéndola al Tribunal Constitucional. El Tribunal declaró que la ley era inconstitucional, y que el imperio del derecho estaba por encima de la justicia política.

Lo que es muy importante de destacar, para comprender el contexto de la realidad húngara, es que reconocía la plena continuidad del sistema legal vigente en Hungría y el sistema del período comunista, por lo que en principio no había fundamentos para dejar de aplicar la prescripción contemplada para el homicidio y la traición. La principal razón que argumentó la Corte para rechazar la prescripción fue que no estaba dispuesta a aceptar las "razones políticas" como el fundamento para no procesar. El Tribunal estimó que las razones políticas eran demasiado vagas y que, dada la imprecisión de la tipificación del crimen de "traición", podrían convertirse en objeto de manipulación política.

O sea, que en última instancia, por sobre la necesidad de justicia, se remarcó la posibilidad de manipulación de la política actual en la aplicación de la justicia.

A diferencia de los casos europeos de posguerra y de posdictadura en Latinoamérica, en Europa Central y Oriental los casos más extremos habían ocurrido varias décadas antes. En Hungría, con posterioridad a la "desestalinización" y la Revolución de 1956, hubo cierto aflojamiento del sistema. Si bien la revolución fracasó en sus intenciones inmediatas, por otro lado logró una victoria en cuanto a mayores libertades comparativas con respecto al resto de países del bloque.

La explicación de lo ocurrido, nunca puede suplantar la necesidad de justicia, y la compensación económica nunca puede reparar la destrucción de vidas. Es el llamado "dinero de sangre", rechazado por las Madres de Plaza de Mayo como compensación a la desaparición de sus hijos.


Bibliografía recomendada:

Schwartz, Herman; "Lustration in Eastern Europe", en Neil J. Kritz (dir.), Transitional Justice: How Emerging Democracies Reckon with Former Regimes, vol. 1, United States Institute of Peace Press, Washington, 1995.

Comisión Nacional sobre la Desaparición de las Personas; Nunca más: Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de las Personas. Buenos Aires, Eudeba, 1984.

Alexandra Barahona De Brito, Carmen González Enríquez y Paloma Aguilar (reds), The Politics of Memory: Transitional Justice in Democratizing Societies, Oxford University Press, Oxford, 2001.

Fuentes
(la mención como fuente no implica estar de acuerdo con lo expresado por su autor)

Nino, Carlos; “El castigo como respuesta a las violaciones a los Derechos Humanos: una perspectiva global” [Título original: “Punishment as a Response to Human Rights Violations”, publicado en Radical Evil on Trial, Carlos Santiago Nino, Yale University Press, New Haven y Londres, 1996] Texto accesible en:
http://www.publicacionescdh.uchile.cl/Libros/18ensayos/Nino_Elcastigocomorespuesta.pdf

Muy interesante el ensayo de Juan E. Méndez (miembro de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Director del Centro de Derechos Humanos de la Universidad de Notre Dame):
Méndez, Juan E.; "El derecho a la verdad frente a las graves violaciones a los derechos humanos". Revista de la Defensoría del Pueblo - Debate Defensorial; No3, Mayo 2001; Lima, Perú. Texto accesible en:
http://www.iidh.ed.cr/comunidades/ombudsnet/docs/docs_ombudsman/Peru/01debate3.pdf

Arana, Patricio; “Europa del Este: fantasmas del pasado”, La Nación, Buenos Aires, 30/04/2005
Reproducido en: http://www.elaguilablanca.com.ar/eco/eco-poscomunismo.html

Para una perspectiva del caso checo, ver el siguiente reportaje de Radio Praga:
http://www.radio.cz/es/edicion/73876

King, Fredo Arias; Transiciones: la experiencia de Europa del Este, accesible en:
http://www.cadal.org/libros/pdf/Transiciones.pdf

Los muertos no se ven ni se recuerdan. Solo se huele a culpa

por Sebastián Santos



Acierto a escribir cuatro líneas sobre el enjambre de confidentes, delatores, soplones, chivatos, botones y alcahuetes que construyeron el Socialismo a la Gulasch después del levantamiento del ’56, sin considerarme un especialista, ni mucho menos, sino después de haber leído, con gran dificultad, todo hay que decirlo, algunos artículos en las ediciones del Népszabadság del 26 de enero al 4 de febrero de 2006, y posteriormente haberlos comentado con amigos y conocidos en casa, en el trabajo y en los bares.
El caso en concreto que me llamó la atención fue el del famoso director de cine István Szabó, muy conocido por aquella “Mefisto”, Oscar a la mejor película extranjera de 1981; aunque también tiene en su haber otras importantes, como ser el Coronel Redl, Conociendo a Julia o Sunshine.
A finales de enero en el “Élet és Írodalom”, un semanal literario, un tal András Gervai, crítico de cine, que estaba haciendo una investigación en los archivos estatales sobre los delatores en el anterior régimen, denunció que Szabó había trabajado, entre 1957 y 1963, como confidente de los Servicios de Inteligencia Húngaros, aquí conocidos con la sigla AVH, la “abeja”, dependiente del Ministerio del Interior. Como podréis ver utilizo cuanto truco nemotécnico se me pone a tiro para fijar vocabulario.
Aparentemente, igual que en otros modelos dictatoriales, el Comunismo Húngaro se caracterizó por la abundancia de papeles e instancias burocráticas, con lo cual Gervai pudo ver y presentar varias de las notificaciones periódicas que Szabó había entregado a sus superiores describiendo las actividades de las personas que tenía que vigilar. Además Gervai explicó que Szabó pertenecía a una de las secciones más importantes del aparato de confidentes, la famosa III/III y que firmaba todo los documentos con el seudónimo de Endre Képesi.
No tiene el menor criterio científico que yo, a partir de unas cuantas lecturas, relacionadas todas ellas con un caso concreto, el de nuestro famoso cineasta, pueda dar una opinión formada de la red de espías internos en Hungría. Pero me emociono en el discurso porque lo tomo como un estudio de caso y espero que mi opinión pueda servir para que, junto a otras, más especializadas, alguien pueda elaborar una conclusión de peso. Como diría uno de aquellos innombrables, de la lejana Dictadura Argentina: “Por lo menos, así lo veo yo.”

Culpa. El peso de la culpa es la herencia que veo reflejada en el discurso de la calle y muy especialmente en las películas de Szabó que he tenido oportunidad de ver. ¡Qué ejemplo más angustiante el de su Mefisto, que muy lejos del de Fausto, no hace más que disculparse por haber abandonado la ética e intenta constantemente trampearse, sumergiéndose en una actuación dramática e ininterrumpida, que al final lo convierte en un flan de contradicciones, que se regodea, perversamente, en los aplausos que llenan los suntuosos teatros de la Alemania Nazi!
Pero se trata de una especie de culpa roñosa, de esas que se aguantan por inevitables. Incluso hoy, muchos de los que no han participado en ese entramado, por ser jóvenes, no se atreven a criticar a la generación pasada, incluso opinan que esas fueron las reglas de juego y que cada uno las jugó de la mejor manera que pudo. El arte le saca una cabeza larga a la ética.
La culpa, en definitiva, se descarga por varios medios. El primordial en este caso, como declara Mefisto en la película es el “Soy un artista. ¿Qué pretendéis?”. Szabó, después de haberse publicado en el “Élet és Írodalom” la denuncia, declaró que aceptó ser delator para poder seguir estudiando para director de cine. En realidad dice más cosas. En febrero del ’57 lo detuvieron junto con otros tres compañeros durante tres días y lo “obligaron” a aceptar estas diligencias para así salvar a un compañero de carrera, un tal Gábor Pal, que había participado en el sitio de la Plaza Köztársaság de octubre del 1956. Los soviéticos arrasaron el lugar y a los que no pudieron detener en su momento los rastrearon a partir de las fotos y películas que de los hechos se habían registrado. Parece ser que Pal estaba en alguna de estas fotos.
El caso es que Pal siguió estudiando y después haciendo cine sin mayores problemas. De ahí el patético gran orgullo con que Szabó justifica su trabajo como besugo: “Estoy agradecido del destino que me ha tocado vivir y me siento orgulloso de lo que he hecho”, declara en la edición del 26 de enero al Népszabadság.
La actitud de Szabó es pretenciosa, como bien dice László Eörsi, quien echó por tierra el discurso de Szabó diciendo que, ni la persona que sale en la foto en cuestión es Pal, sino alguien que actualmente vive en Australia, y además que si Pal hubiese estado involucrado en los hechos de octubre del ’56 habría sido detenido y fusilado como el resto.


Esta culpa, que lo cubre todo, se puede ver en el cargo de conciencia que sumerge a los personajes de Szabó pero también en la sociedad en general, donde se critica con temor y medida y ni hablar de pedir castigo a las personas que colaboraron estrechamente con la Dictadura Comunista. La "maldita" se alivia con las correspondientes dosis de inevitabilidad y orgullo que antes mencioné, pero también minimizando los hechos.
Por un lado parecería ser que ninguno de los informantes dio datos que inculpasen a sus potenciales víctimas. István Szabó, al igual que Zsolt Kézi-Kovács, ambos compañeros de clase y delatores, declararon en una Conferencia de Prensa, dada en el Teatro del Millenáris, un parque cultural inmenso, moderno y muy bien previsto de Budapest, a principios de febrero, que se limitaron a escribir banalidades y que ninguna de ellas perjudicó a nadie. Cabría aclarar que estas declaraciones fueron rebatidas por varios investigadores que explican que no fueron tan innocuos los documentos y que además fueron utilizados como chantaje, para reclutar nuevos agentes.
Sorprende que se permitan el lujo de minimizar la represión soviética, amparados en la fama que han ido acumulando durante el régimen y en esa apariencia de viejitos angelicales. Ya todos deben andar por los 70 años.
También es verdad que cuando aquí se habla de represión y consecuencias de los soplos que fueron dejando los confidentes, no se habla de muerte, ni de torturas, como en otros procesos post-dictatoriales, sino de problemas de promoción social y continuidad laboral, como si a partir de 1956 los húngaros hubiesen quedado excluidos de las penas que se relatan en el Museo del Horror de la Avenida Andrássy o en los campos de concentración soviéticos que caracterizaron al sistema.
Esto, sumado al discurso naturalista, vacío, naif y a veces incoherente, da como resultado que se reconozca el fantasma de la culpa, pero como de una propiedad ajena, como propio de un inconsciente colectivo que diría Jung y no de personas concretas que atentaron contra la vida de otras.
Y finalmente la culpa queda delicadamente subyugada por el marco institucional. Según marca la ley, la única limitación, porque no es pena, que tienen las personas, y no todas, que fueron delatores durante la era comunista, es la de no poder acceder a cargos públicos de dirección. Justamente las que actuaron dentro de la Sección III/III, como István Szabó, quedan incluidas en esta categoría. Lo curioso es que constantemente salen denuncias del incumplimiento de esta ley, al sacar a la luz que tal o cual persona, que fueron confidentes, ocuparon posteriormente, durante la etapa capitalista que vivimos, cargos públicos. Los casos son múltiples e incluyen, por ejemplo, primeros ministros o directoras de radio.

Con el transcurrir de los años cada país ha desarrollado diferentes estrategias para pasar de un sistema a otro, especialmente de aquellos tildados de dictatoriales a otros democráticos. En muchos de ellos la impunidad, en distintos niveles, es una constante.
El caso húngaro es un ejemplo del uso de la impunidad en el proceso de transición democrática. Las constantes denuncias de confidentes, delatores, soplones, chivatos, botones y alcahuetes que construyeron el Socialismo a la Gulasch después de los levantamientos del ’56 no pasan de ser un ejercicio terapéutico, una catarsis colectiva de la clase media, que supongo se acabará cuando se acabe el verbo.

Los peces gordos y los agentes secretos en la era comunista

por Annamaria Preisz



A pesar de que hayan pasado 16 años desde los cambios en nuestro país, el tema de los espías se sigue teniendo –me parece- cada vez más en cuenta. Pues hay una parte que, por varias causas, quiere sacar a la luz a las personas que colaboraron con el anterior sistema. Y esto de verdad puede ser importante porque un significativo número de esos agentes todavía tiene gran influencia sobre el público. Son políticos, artistas o personas de gran prestigio social.

En Hungría, todos los integrantes de la "red" estaban dirigidos por el Departamento Principal Número III (III. Focsoportfonökség) que operaba con varias secciones que se identificaban con números y barras, como por ejemplo la III/I, III/II,...III/V. Al tipo de “espías”, asociados a la seguridad del estado y que operaban dentro de las fronteras de Hungría se les llama “delatores”. Estos días lo que más aparece en la media es la III/III, la sección que hacía informes para el Ministerio de Interior sobre aquellas personas que se resistían a participar en la “construcción del socialismo”. Los escándalos incluso alcanzan a la Iglesia católica.

Naturalmente el delator, que podía ser una persona corriente, trabajaba de incógnito. Así tenía una buena coartada, para que nadie, ni sus colegas, ni sus amigos, ni siquiera sus familiares sospechasen que vivían una doble vida.
Sin embargo, antes de desaprobar a todos estos funcionarios, se debería considerar las circunstancias del momento. Los agentes que fueron empleados por el Ministerio del Interior sirvieron, con sus informes, a su vez, para reclutar y afiliar a nuevos agentes. Unos cuantos datos bastaban para el chantaje, por ejemplo: haber hecho o dicho algo contrario a la ideología comunista, o haber solicitado un pasaporte para viajar al OESTE. En otros casos simplemente los amenazaban con perder su puesto de trabajo, especialmente a los que tenían cargos jerárquicos y a partir de ahí les pedían que observasen y pasasen informes sobre sus subordinados. "¿Les pedían?"
En muchos casos hubo quienes no estuvieron con ánimo de “delatar”, y se resistieron, y así las coerciones fueron aún mayores, hasta la muerte. Con estos precedentes las amenazas y el chantaje aumentaban geométricamente.

En cuanto a la Iglesia, numerosos eclesiásticos y teólogos colaboraron con la policía secreta. ¿De qué otra manera hubieran podido haber sobrevivido durante todos esos años siendo un declarado enemigo del socialismo? Sin lugar a dudas, los santos padres tuvieron que “cooperar” con el sistema. De hecho los archivos que sobrevivieron muestran que unos cuantos clérigos fueron confidentes, aunque, en general, las informaciones que dieron no fueron de peso ni de mayor interés.

Pero lo que más escandaliza son las declaraciones de funcionarios como Lajos Nagy (uno de los fundadores de la Oficina de Seguridad Nacional) quien admitió que las actas de los verdaderos y significativos delatores hace tiempo fueron destruidas, y que en su lugar pusieron como delatores a personas que jamás estuvieron involucradas en la red de espionaje interno.
Parece ser que esta misma estrategia de reedición de los archivos internos también se utilizó para minimizar la producción de ciertos agentes. En definitiva: los peces gordos todavía nadan con toda tranquilidad.

Yo fui un espía la mañana del tres de marzo

por Zoltán Brezina



El tres de marzo fue un día de lluvia. Recién me había levantado y ya me sentía ido. Una vez más me había perdido la pista. ¡Joder!¿Acaso iba a pasar otra mañana sin mi? Viviendo en este barrio de mierda, al pedo....¡A callarse! Mejor no hablar de ciertas cosas.

Decidí buscar la siguiente imagen, hostia! cualquiera vendría bien. Salí y fui caminando hasta la tienda de pesca, a un par de calles, para comprar lombrices. La vieja de la tienda me deseó buena suerte para lo que quedaba del día. Se estaba quedando conmigo.
Antes de volver a casa me compré un par de cervezas para ponerme a tono y coger fuerzas para sacar mi nueva foto de las lombrices.

Nada más llegar empecé a preparar la cámara, mi preciosa y delicada Sinar. Mientras iba bebiendo las cervezas puse un cd y preparé las luces.
Había conseguido, por una colega que trabaja en un hospital, aguja e hilo, de ese que usan para dar puntos en la piel. Con unos trozos de vendas hice una encantadora cama, blanca como la nieve y la puse en un plato de madera. Entonces cogí las lombrices y les fui clavando en el cuerpo la maldita aguja, llenándolas de agujeros.
Ahí, necesité más cerveza. Las lombrices saltaban como locas en la cama poluta.

Salí otra vez a la calle, de frente contra ese aire gris y enrarecido, pensando en rojo, en muerte y en las apestosas lombrices.
Calle abajo había un borracho, un tío de mediana edad, todo despatarrado por el suelo. Llevaba los pantalones bajados y el culo al aire. Estaba cagando en toda la calle como un zombi. Y yo con los cascos en la cabeza escuchando purito rap americano.
El tío se restregaba sobre su propia mierda. ¿Qué si olía? ¡No os puedo explicar!
¿Y qué de mis lombrices en la habitación? ¡Por favor! ¿Cuál olía peor?

Salí corriendo a la tienda por más cerveza, la idea de terminar como él en ese suelo pringoso, brillante y mierdoso me espantó. Necesitaba tapizarme el cerebro con más cerveza! Me empecé a poner nervioso. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Transformarme en un espía? ¡Ahí estaba la puta imagen!
Necesitaba más cerveza. Por fin tenía la foto que buscaba! ¡Ahí estaba!

Cuando volví a pasar otra vez al lado del borracho sentí miedo.
Abrí la puerta de casa, cogí mi segunda cámara, la Rolleiflex y le puse película.
Antes de volver a salir me tomé otra cervecita. ¡El rap me estallaba en la cabeza! Tenía que ir, tenía que coger ese trozo de realidad.
¿Si gritaban las lombrices? No, estaban en silencio como el resto del barrio. Solo el corazón me golpeaba el pecho pidiéndomela.

Con cuidado me acerqué a él por detrás. Ahora estaba de pie, pero todavía con el culo al aire. Forcejaba cogiéndose el cinturón intentando subirse los pantalones. Estaba lleno de mierda por todos lados.
Empecé a encuadrarlo y a gatillar, a gatillar, a gatillar, a gatillar. Hice un círculo alrededor y terminé cara a cara con él. Cerquísima. ¡Nooo! No podía mantener la cabeza erguida y miraba fijo para abajo.
Ahí vi que había dinero en el suelo, calderilla, probablemente se le había caído del bolsillo. Chuté el siguiente cuadro mientras el tío hacía unos extraños pasos de baile sobre el charco de mierda. Y enseguida empezó a torcerse hacia delante y a recoger las monedas de la mierda. Saqué una foto y otra y otra y otra.

Bueno, ¿así debería terminar la historia?
Volví caminando todo flasheado a casa. Lo primero le eché la foto a las lombrices muertas. Les puse alrededor luces de navidad de todos colores y sobre la cálida y limpia cama blanca chack! Chack! Chack! Chack! hice unas cuantas fotos.