viernes, enero 26, 2007

Noches de celuloide

por Gastón Dirk

Mi relación con el cine no es común, supongo que muchos compartirán esta memoria de la infancia, pasando tardes de vacaciones escudriñando con la mirada la luz catártica del televisor, que es infinitamente mejor que la realidad cuando se es niño.

Las imágenes en blanco y negro de los detectives privados como Sam Spade (Humphrey Bogart en “El Halcón Maltés”), Philip Marlowe (Bogart en “The Big Sleep”), Mike Hammer, o agentes secretos como James Bond (sobre todo Sean Connery) y el joven Ethan Hunt (Tom Cruise en “Misión Imposible”) son figuras que más o menos quedan marcadas en la infancia.

¿Quién no ha soñado con ser agente secreto? Mafioso como Al Capone (De Niro en “Los Intocables de Elliott Ness”), Michael Corleone (Al Pacino en “El Padrino”) o Jimmy Conway (De Niro en “Goodfellas”), vaquero como Clint Eastwood en la “Trilogía de dólares” de Sergio Leone o Charlie Bronson en “Once Upon A Time In The West”. Podría continuar: Lee Marvin, John Cassavetes, James Dean… todos son iconos, mitos, figuras que prácticamente superan al mismo dios del trueno Zeus.

No sería nada descabellado decir que estos actores moldean con sus interpretaciones las personalidades de gran parte de la población “civilizada”. Uno siempre puede recordarse citando una película, encontrando analogías entre un film y una experiencia propia, o imitando los gestos y palabras de estos personajes. El llamado séptimo arte es una bendición. La conjunción perfecta entre arte pictórico/visual y literatura. Una imagen vale más que mil palabras, pero si las mil palabras se superponen a sucesiones de imágenes, el resultado es asombroso y totalmente artístico.

Con el tiempo he observado que el cine es un pasatiempo para el llamado “vulgo”, una actividad recreativa de fin de semana para amenizar los días de trabajo o de estudios. Después existe una cierta sociedad secreta, si se le quiere llamar así, que es la casta de los intelectuales, que no solo se tragan diez veces más películas, sino que también se interesan por aquellas producciones artísticas o vanguardistas, que para el “vulgo” resultan aburridas, insoportables y pesadas por solo mencionar unos pocos adjetivos de los que suelen usar para referirse a estos films.

Yo sin embargo (y confesando que me gusta mucho el cine popular) pertenezco a la casta intelectual (y esto no es pretensión, es un hecho). Admiro a directores de cine independiente, como Jim Jarmusch, que exprime el absurdo de las situaciones más cotidianas, o Werner Herzog, siempre inmerso en la oscura jungla, que es la psique humana y los sueños imposibles. Las divagaciones de carácter marxista y existencialista con toques de cine negro de Jean-Luc Godard (un verdadero merecedor del calificativo “genio”), la sexualidad explicita inherente al ser humano y la representación de los instintos en las historias de Bernardo Bertolucci, la metáfora de la vida como un recorrido por largas autopistas en las obras de Wim Wenders o la genialidad de Garci, entre otros.

Perteneciente a esta subcategoría del cine, que es el cine artístico, se encuentra un film en concreto que cuenta entre mis primeras impresiones húngaras: “Kontroll” de Nimród Antal: un debut excepcional para el director, muy buena banda sonora, guión adecuado, personajes perfectamente perfilados, situaciones cómicas, misterio, un reflejo fiel de la especial atmósfera que se respira en el metro de Budapest.

Sinceramente no he encontrado a muchos húngaros que alaben esta película, pero yo sinceramente opino que es una obra hecha con maestría sobre todo si se tiene en cuenta que es el primer trabajo del joven director. No por nada es la primera película húngara en aparecer en el prestigioso Festival de Cannes en los últimos 20 años.

Para seguir con Hungría, hay dos directores que personalmente tengo en un pedestal y son: István Szabó y Béla Tarr.

Como es bien sabido, al menos entre cinéfilos, István Szabó es el director mas aclamado por la crítica en la historia del cine húngaro y probablemente el cineasta más conocido que este país haya dado. Sus filmes artísticos de los 60 y los 70, son de lo más sutil: “Apa”, “Szerelmesfilm”, “Tűzoltó utca 25” o “Budapesti mesék” entre otros. Sin embargo su gran paso fueron los tres trabajos que yo considero el punto álgido de su carrera, junto al actor austriaco Klaus Maria Brandauer, que fueron su adaptación del Fausto “Mephisto” (que le valió el Oscar a Mejor Película Extranjera” y ha sido hasta ahora el único Oscar concedido a una producción húngara), “Redl ezredes” (ganadora del premio del jurado en Cannes) y “Hanussen” sobre el ocultista Erik Jan Hanussen, simpatizante del régimen Nazi a pesar de su origen judío. Estos tres films son una crítica totalmente abierta, sincera y certera al fascismo y se sumergen en la conciencia humana con fuerza, apoyados en una gran carga de simbolismo visual. Szabó ha realizado varios trabajos en los Estados Unidos junto a actores de Hollywood como Ralph Fiennes en “Sunshine” y más recientemente Jeremy Irons y Annette Bening en “Being Julia”.

Por otro lado el director Béla Tarr, algo más experimental en la esencia de sus trabajos, es otro personaje en el mundo del cine que tengo por fascinante. Su primer trabajo “Családi tűzfészek”, comparado por la crítica con las obras de John Cassavetes como director, es una crítica social, con un pequeño apartamento como escenario que le da un aire ciertamente claustrofóbico. A partir de aquí sigue realizando películas de gran calidad artística pero de estilo similar como puedan ser “Szabadgyalog” o “Panelkapcsolat”.

Su adaptación televisiva de Macbeth significó un cambio radical en su forma de hacer cine y pasó a tener una cualidad más metafísica que realista. Con experimentos visuales interesantes como el rodar dicha adaptación de Shakespeare en dos tomas: una de 5 minutos y otra de 1 hora. Su adaptación de la novela “Sátántangó” del escritor László Krasznahorkai es una película épica de 7 horas que llevó más de 7 años en hacerse. En estos últimos trabajos, Tarr optó por tomas largas de hasta 10 minutos. Con sus películas más recientes como “Werckmeister harmóniák” y “The Man From London” que sigue en preproducción, retrasada desde 2005 debido en parte al suicidio del productor, el director recibe más calurosos aplausos de la crítica en general y aún tiene mucho que dar, o eso espero.

Terminadas estas divagaciones sobre mis dos directores húngaros predilectos me gustaría confesar, simplemente a modo de apertura de la sección, los momentos mágicos que el cine provoca. Las cosas más triviales se vuelven fundamentales como dijo Enrique Bunbury, cuando por ejemplo Tom Waits e Iggy Pop comparten una taza de café en “Coffee & Cigarettes” de Jarmusch y luchan por resistir la tentación al paquete de tabaco que alguien ha dejado sobre la mesa. La escena de “Banda a part” de Godard en la que los protagonistas atraviesan el Louvre corriendo. La escena de apertura en “Sátántangó” de Béla Tarr con las vacas y los dos chicos caminando por la calle con la basura moviéndose por el viento a su alrededor. El cine es definitivamente el vehículo de expresión más poderoso de todos los que hay.

En las calles de Budapest, donde toda clase de individuos acechan en las esquinas, muchas veces me siento, como si estuviera en una película, bellamente rodada y con un guión imprevisible.

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