sábado, diciembre 09, 2006

¿Cómo ponen sus cuerpos en movimiento las mujeres húngaras?

por Annamaria Preisz


La población húngara es bastante perezosa. Según algunas mediciones, pasamos solo una mínima parte de nuestro tiempo libre practicando deportes. Por ejemplo, en 2003, una investigación demostró que sólo el 3% de la gente en Hungría se inclina a "dilapidar" su tiempo con actividades físicas. Esto, comparado al 20% de media de los otros 20 países europeos y de los EE.UU., es una vergüenza.

A pesar de estos números, igual tengo la impresión de que un significativo grupo sí ha empezado a hacer gimnasia frecuentemente. Esto se explica por varias razones: la mejora del nivel de vida, un abanico de deportes mucho más amplio y una mejor infraestructura y aparatos, todos de última generación. Lo que buscan es compensar las falencias de la vida moderna, conservar la salud y tener un cuerpo atractivo. Y también, por supuesto, hacer sociales, disfrutar de la compañía de los demás.

Así es que desde principios de los ‘90, las salas de fitness se van multiplicando por todos lados. La palabra "fitness" ya se ha incorporado a nuestro vocabulario e incluso los abuelos la conocen y lo que es más sugerente, ¡la entienden! La media nos recuerda que ser "fit" es indispensable en cualquier edad. Y dos de nuestras mejores estrellas de fitness, Norbi y Alexandra Béres hacen todo lo posible para persuadirnos de lo hermoso de sus musculosas figuras y de la imperiosa necesidad de comprar sus dvd-s, de ir a sus clubes o de alimentarnos con sus milagrosas pócimas, especialmente desarrolladas para moldearnos esbeltas y majestuosas.

Para las mujeres la gimnasia preferida es el aeróbic. Para el otro sexo, el fútbol y body-building. Al mismo tiempo la popularidad de los ramos "tradicionales", como el ciclismo, el footing o la natación, ni mucho menos ha abajado, incluso ha crecido.

La industria del fitness, escalando en espiral y buscando aumentar sus beneficios, dibuja una fantasía llena de formas y colores y se ocupa de estimularnos constantemente con nuevos métodos y formatos para que estemos siempre atentas y entusiasmadas, especialmente las mujeres. Las actividades punteras son el aeróbic, el yoga y el baile, que a veces aparecen en sus formas más puras y otras mezcladas entre sí.

Por ejemplo, aquí viene el surtido que podemos probar en un club de fitness cualquiera (hay que destacar, que en estas clases los varones raramente aparecen):

Gimnasia para estilizar: incluye varios ejercicios semejantes al aeróbic, pero un poco más “tranquilos”. También se la conoce como “Gimnasia para quemar grasas”.

Interwall: se alternan fases de alta y baja intensidad, lo que se conoce como entrenamiento cardiovascular. El objetivo, cómo no, es quemar grasas y mejorar la resistencia.

Streching: sirve para mejorar la flexibilidad del cuerpo e intensificar la circulación de la sangre.

Step (versión tradicional): insistentemente se sube y baja de una plataforma plástica, interpretando a la vez absurdas coreografías. Hay numerosas variantes de steps: Kondi Step (de acondicionamiento), Step para quemar grasas y Step 3/4 (con un toque meditativo y usando música "New Age")

Pilates: Es una rutina de ejercicios que propone poner énfasis en lo que Pilates llamó “la mansión del poder”, es decir, en la musculatura del tronco, principalmente abdominales, paraespinales (yo me dedico sobre todo a las dorsales), y glúteos. Se trabaja fuerza, resistencia y flexibilidad muscular y de articulaciones. Se pueden utilizar los aparatos que Pilates especialmente diseñó o sobre la misma colchoneta, la Pilates Matt. De cualquiera de las dos maneras funciona muy bien.

Gimnasia Espinal: se practica para aliviar los dolores en espalda y en cintura. La estrategia principal es fortalecer los músculos.

Kick-box: se trata de un tipo de aeróbic con elementos y movimientos de Kick-box.

Dance Aerobic: es otro tipo de aeróbic, pero haciendo coreografías de danza.

Latin Party: es una gimnasia de intensidad media con coreografías de baile muy sencillas.

Funky: en realidad ésta es una clase de danza propiamente dicha.

Danza del vientre: es otra clase de baile 100% pero en este caso, tradicional.

Gimnasia prenatal: es una gimnasia controlada muy útil para mujeres embarazadas.

Yoga con el bebé: aquí la madre y su bebé se pueden comunicar, en movimiento, de una manera relajada y particular.

La gama es amplia y hay para distintas edades y tipologías. La regularidad es la clave del disfrute. En Hungría parece que vamos al paso de las últimas tendencias "internacionales" y además nos gusta innovar. En algunas salas ya se puede practicar Gyrotonic, que ya es popular en toda Europa y EE.UU. Es un nuevo sistema de acondicionamiento físico que integra principios de danza, yoga, tai-chi, natación y gimnasia olímpica. Consiste en trabajar el cuerpo a base de giros y se caracteriza por sus movimientos elegantes, delicados y llenos de armonía. Se practica en unas máquinas especiales, diseñadas por Juliu Horvath (un bailarín húngaro), y construidas para que el cuerpo humano pueda moverse con entera libertad de movimiento.

También la Power Yoga está aquí. Son los ejercicios tradicionales pero mucho más de prisa e intensamente. A Madonna, Sharon Stone y Gwyneth Paltrow, entre otras famosas, les encanta, y seguro que ya muchas de mis conciudadanas la practican.

Y terminando confío en que gracias a las mujeres, rápidamente, mejoren las estadísticas húngaras, al menos en lo que respecta a actividades deportivas.

Fuentes:

Szabó Ágnes: A szabadidősport fontossága és megjelenési formái társadalmunkban, különös tekintettel az egyetemistákra. Portalfitness

Los deportes húngaros de éxito

por Tímea Radó


Hablando de deportes en Hungría, a mucha gente lo primero que se le ocurre es el fútbol. Es verdad que hace muchos años la selección nacional era mundialmente reconocida, con nuestra estrella Ferenc Puskás. Él murió sólo hace dos semanas, el 17 de noviembre, y con él nuestra nación perdió, tal vez, al hombre y deportista más conocido no sólo en Hungría, sino en todo el mundo. Con su duende la selección húngara ganó contra los ingleses en 1953 el famoso 6:3.

Pero tenemos que admitir que hoy en día el fútbol ya no tiene la gloria que tenía hace 40 años. La verdad es que se sacrifica un montón de dinero en desarrollar este deporte, pero los resultados no se ven ni en la Liga ni en los partidos de la selección. En los últimos años no hemos podido clasificarnos para ningún campeonato internacional.

Naturalmente, hay otros deportes en nuestro país que, aunque no reciben tanto dinero, son tradicionalmente un éxito. Me refiero al waterpolo, al balonmano y al piragüismo. En estos deportes obtenemos resultados bastante importantes, pero necesitarían aumentar sus presupuestos y ayudas en general para que lleguen a ser realmente populares.

En verano muchísima gente va a Margitsziget para ver partidos de waterpolo. Y no sólo los partidos de la liga húngara son de alto nivel, sino que también nuestra selección gana primeras posiciones en los Juegos Olímpicos y en otros acontecimientos internacionales.

El mejor equipo de balonmano masculino probablemente es el de Veszprém. Con sus jugadores, internacionalmente respetados, han creado un equipo que frecuentemente gana contra los equipos españoles y croatas, dos de los países con las ligas más duras del mundo.

Y el piragüismo es tal vez el deporte en que alcanzamos la fama más grande a nivel mundial. Aunque lamentablemente poca gente conozca bien este deporte, ni siquiera pueden distinguir, por ejemplo, un kayak de una canoa.

Pero ¿cómo se hacen los deportistas más famosos? En la mayoría de los casos el tiempo es lo más importante. Casi todos han empezado a practicar este deporte desde niños o niñas, y han sacrificado mucho de su tiempo libre para practicar y para ser cada vez mejores. Los jugadores de waterpolo pasan horas en la piscina, nadando y jugando, practicando una y otra vez las tiradas. Los kayakistas, ya de niños, tienen que trabajar muchísimo: en verano entrenan pero también compiten; y en invierno es todavía más duro. Además de remar en piscinas especialmente acondicionadas, tienen que correr muchísimo y pasar horas y horas en el gimnasio.

El deporte es bueno para la salud, está comprobado. Los deportistas son más resistentes a las enfermedades. Pero no se habla mucho de las desventajas de tanto esfuerzo. Las articulaciones y los músculos son más susceptibles de lesionarse. Pero por suerte hoy en día los médicos las pueden curar pronto, y los deportistas regresan casi instantánemente al terreno de juego.

Hungría no solo ha producido al futbolista más conocido del mundo, Ferenc Puskás, y a otros deportistas destacados, sino también ha dado cabida a los acontecimientos internacionales más ilustres y de más alto nivel. La piscina Alfréd Hajós en Margitsziget de Budapest ya ha sido anfitriona de varias competiciones internacionales de natación y waterpolo. También está la pista de remo cerca de Szeged, llamada ’Maty-ér’, ubicada en un lago artificial, y que ya ha protagonizado por dos veces el Campeonato Mundial de Kayak y canoa, en 1998 y 2006.

Todavía el deporte no es en Hungría lo que en otros países, pero con tiempo y apoyo financiero los deportes estrella, que he comentado, podrán llegar a ser populares y mejorar, si cabe, nuestro score en la clasificación mundial.

Tippmix al natural

por Sebastián Santos


Montados en viejos caballitos de tiovivo le damos vuelta a Europa y sin calentarnos demasiado, al mundo entero. Hay cuatro deportes exóticos en los que destacamos y el fútbol nos gusta, como a todos, pero somos horribles con el esférico.

Lo que es bonito y aparentemente desapercibido son los juegos de azar. Hay por todas partes y de todas las formas. Pero nadie habla de ludopatía ni se montan escándalos porque instalen o desinstalen un casino. No es el estilo tragaperras español, sino más bien la onda reducto del juego de las películas yanquis.

El deporte no se queda atrás y si bien aquí no se gastan las millonadas de la península en equipos, sí hay amontada una buena infraestructura para reventarte la calderilla y si te descuidas, la cuenta del gas.

Estas semanas me permití incursionar en las casas de lotería. El modelo es equivalente, totalmente transferible, a cualquier otro rincón de los que conozco. Pagas el derecho a poner una cruz, a elegir, en una especie de desenfrenado y melancólico ataque democrático. El deporte parecería ser totalmente intercambiable con cualquier otra actividad crucera. Eliges 6, 11, 32 números y pagas, cabrón y a veces cobras, a veces no.

Hay un misterio en el juego, la esperanza de ser el elegido, el de la teletransportación selectiva. Te vas a salvar, vas a dejar el puto trabajo, la enmarañada red de relaciones personales que te asfixia y te ves en esos míticos rincones calientes del Pacífico, en una nube de placer, intocable y eterno.

El subidón dura poco, y dura menos si juegas poco, como yo, que soy una rata de cloaca. Pero así y todo se me revolvió el gusanito las veces que jugué. Elegí el Tippmix y elegí tirar la pelota a la olla, al montón, a la muchedumbre, en lugar de hacerlo desde casa, porque también se puede jugar directamente por internet y por supuesto, ver los resultados en el teletexto.

Lo primero realmente bonito es la complicidad del jugador, sobre todo de ese que se las sabes todas y va loco por batírtela. Cuando me arrimé al Lottozó de Keleti no entendía nada. Me acerqué tímido y dije en un húngaro, digamos bárbaro: “foci”. Yo quería el Tippmix, pero no sabía el nombre. El juego es fantástico y refleja a la perfección la ubicación periférica de Hungría. Puedes apostar a partidos de los rincones más alejados del mundo y a un sinfín de deportes, hockey sobre hielo, fútbol, volley, baloncesto, béisbol, lo que se te ocurra.

El secreto para poder surfearla es conseguir el periódico donde están apuntados los códigos de los partidos, quién es local y quien visitante y las previsiones de los resultados. Después es estrellan las cruces al tun-tun o como hago yo, confiando en la dicha de una biografía movida. Le jugué a Los Ángeles por mi hermana, rompí una lanza por la bañera donde tomábamos sol en pelotas en el terrado de La Boca, y tiré la primera piedra por el Celta de Vigo, recordando los paseos por los bosques de eucaliptos de la hermosa Galicia de mi viejo.

Simplificando y sin entrar en valorar los pronósticos deportivos del Nemzeti Sport, lo que básicamente hay que hacer para jugar una boleta es rellenar las primeras tres columnas con los códigos de los partidos (un número en cada bloque). Por ejemplo, en la vuelta de hoy, para “Sacramento-Orlando” en básquet, habría que poner 0-7-1 y después H, D, V, de acuerdo a si quieres local, empate o visitante. Tienen una versión fantástica y es que puedes jugar incluso por partidos que no llegarían a terminarse antes del cierre de la edición. Lo solucionan jugándole al resultado al final del primer tiempo. ¡Eso es ganas de estar en todas partes, carajo!

Se pueden anotar tantos partidos como quieras pero hay un mínimo de acuerdo al tipo de partido, que ellos tienen clasificados en orden numérico. No sé si es siempre igual, pero en el de hoy, por ejemplo, del 001 al 022 puedes poner uno solo; pero del 023 al 147 tienes que elegir un mínimo de 3; y del 148 al 200, 5 por lo menos, supongo que estos son los más fáciles para los entendidos.

Cuando terminas con la calentura de apuntar pasas a los cuadros de abajo. En uno mandas la cantidad de partidos que has puesto y a la derecha el dinero que quieres apostar. Te lo dejan clarito, si no aciertas a todos no ganas una mierda y por eso te dejan al pie la opción de la combinada, que asegura alguna, pero también se paga (no son bobos). La primera que puedes hacer es de 3 combinaciones y pagas 4 veces más la apuesta. Yo no entiendo de matemáticas, pero supongo que más o menos cuesta lo mismo que repetir una a una todas las boletas.

Pasaron los días y me quedé con las ganas de probar la Totó, la Góltotó, el Kenó, la Lottó, la Hatos lottó, la Skandináv lottó y la Luxor, con la que ahora me choco cada día en las páginas del Metro.

En definitiva para jugar al Tippmix al natural, primero hay que dejarse caer en cualquier parte, pero hay que hacerlo con todo el cuerpo, soltando el aire por la boca y sintiendo como los músculos van bajando, la panza se estira y se desplaza hacia delante y los brazos se descomponen pajaritos a los costados. Te puedes sentar en alguna escalera, en el banco de una plaza o recostarte contra una pared o contra la parada de algún bus, metro o troley. Después hay que mirar, sistemáticamente. No de arriba hacia abajo, sino más bien de derecha a izquierda y viceversa. Buscamos algo amarillo y verde, algo que sobresale de la estética de postguerra de la ciudad. Son unos carteles siempre impecables y siempre nuevos. Sino se ven a la primera, hay que probar otra vez y sino caminar, desinteresadamente, sin prisas, pero tampoco sin parar. A medida que avanzas, sutilmente ve revisándote los bolsillos del abrigo buscando un boli. Siempre hay alguno olvidado. Sino la jodiste, vas a poder jugar pero todo el mundo sabrá que eres un satélite, un visitante ocasional. El bolígrafo es fundamental, es la lanza de Don Quijote, la espada de Lancelot del Lago o el martillo de Tor. Cuando diste con el boli, lo aprietas fuerte en el bolsillo donde esté e incluso, para hacer el paseo musical, si eres como yo que todavía no tiene reproductor de MP3, le puedes rítmicamente poner y sacar el capuchón. Le da su onda a la búsqueda.

Al entrar en la agencia. Seguro que a esta altura ya la has encontrado. Vas directo, como si entrases en el bar de tu adolescencia y le pides a Manolito el periódico del Tippmix, o quizás simplemente (yo no lo he probado canchenge, todo hay que decirlo) le dices tipo “Tipp” y le haces una cabeceada y seguro que el punto entiende y te da el periódico.

Ahí siempre hay lugar, siempre hay un mostrador libre donde escribir. Incluso hay algunos que hasta tienen mesas para sentarse y la tele que te muestra los últimos resultados. No, ¡si es la hostia!

No hay que pensarla. Recuerda que se trata de ser uno más. Es como si fueses a mear y te la quedases mirando en medio del pasillo frente a los migitorios. Eso no se hace. Si quieres hacer el análisis dermatológico o futbolístico, en casa, con la parienta, si está afín.

En resumen. Rápido. Pim-pam. Entras, como un cow-boy, pides el periódico, te arrimas a un mostrador, sacas el boli, ya sudado y marcas con naturalidad las cruces. Son las fijas, ¡no puedes perder! Y vuelves al cajero.

Recuerda que no puedes apostar una miseria. Hay un qué dirán, un prestigio popular, un inconsciente colectivo que te vigila. Para miserias te vas a casa derechito después del trabajo y miras “Eastwood” en la TV2 chupeteando el osito de miel. No hay que pasar papelones ni romper un imaginario. El mínimo para jugar es 100, pero porfi, haz por lo menos un 500, ¿ok?

Sales tan rápido como has entrado. No hablas con nadie y tampoco te paras en la puerta como si no supieses adonde vas, como si estuvieses solo como un perro abandonado en pleno agosto. Antes eliges, derecha o izquierda y después ya encontrarás algún metro o autobús que te vaya acercando a casa y durante los próximos dos días tienes para entretenerte mirando los resultados en la tele, en internet y en donde narices te de la gana.

¡Suerte!

Todo deporte, todo igualdad

por Ágnes Lammel


Érase una vez un equipo en Dombori… Así empieza, o quizás así termina, un sueño que se ha vuelto realidad…

En mayo de 2006 la Fundación Planet ganó un concurso de la Unión Europea para realizar unas jornadas llamadas “Deporte e Igualdad”. Participamos en ellas 33 jóvenes de 4 países (España, Austria, Bulgaria y Hungría). Durante una semana se sucedieron sin descanso múltiples presentaciones, talleres, excursiones, juegos, entrenamientos y fiestas nocturnas.

Para daros una idea, cojo un día al azar y os lo describo. A las 8 de la mañana, deporte, carrera y remo. A las 9, el desayuno. Después varios talleres hasta la hora del almuerzo. Entre las 2 y media y las 5, algún deporte importante de uno de los países participantes. De ahí hasta las 7, alguna performance de países más lejanos, como por ejemplo capoeira o baile hindú. Después, cena y a partir de las 10 entrenamiento para la final, seguido de fiesta hasta el amanecer.

La meta de las jornadas era reflexionar, en el marco de la globalización de la educación, sobre los problemas pendientes y quizás insolubles de nuestro planeta. Pasamos una semana bajo el signo del Comercio Justo. Su esencia es la transparencia de las relaciones comerciales, llamando la atención sobre el trabajo infantil y la explotación en los países pobres. Se intenta crear un vínculo directo entre los productores en origen y los compradores, expulsando de la red comercial a los intermediarios que solo miran por sus beneficios.

En función de los temas de las jornadas (comercio justo, deporte, globalización e industrialización) tuvimos que, primero investigar sobre ellos y luego confeccionar carteles y proponer soluciones. En uno de los talleres, por ejemplo, probamos y examinamos la situación de los minusválidos. En grupos de cuatro (uno hacía de ciego, otro de sordomudo, otro de inválido y el cuarto de persona sin minusvalías) tuvimos que preparar los distintos elementos para una maqueta de pista. “Yo fui inválida, y gracias a este ’juego’ aumentó mi respeto hacía los inválidos, porque, aunque solo un poco, pude sentir sus mismas dificultades” –dice Vanesa.

En un otro taller representamos una situación real del sur de Bulgaria, dónde en una nueva fábrica de zapatos los obreros trabajan entre 16 y 18 horas por un salario de hambre. En tanto dueños, organizadores, trabajadores y representantes de derechos humanos tuvimos que discutir la situación. “Para mí, como dueña, era horroroso insistir en que ellos necesitaban este trabajo, aún en estas condiciones.”- dice Raphaela.

Junto al deporte, juegos y trabajo, nos quedó tiempo para salir de excursión y visitar algunas ciudades, como Pécs o Szekszárd, donde entre otras cosas, fuimos a ver un partido de baloncesto de la NB1

Los tambores españoles y su espíritu de fiesta incesante, la bebida nacional de Bulgaria, la compañía emocionante de los austriacos y nuestro apoyo inspirador, dieron una mezcla que produjo un ambiente perfecto, íntimo.

Durante los entrenamientos, el deporte era comunicación. Y al final, en “La Copa”, contra los jóvenes de Tolna, jugábamos como un verdadero equipo. Los 33 jóvenes llegamos a ser uno cuando terminaron las jornadas.

Y para terminar dejadme citar a algunos de los participantes: “Nosotros nos hemos vuelto una gran familia”(Gergő). “Tras el trabajo y el deporte todos fuimos como átomos en una molécula” (Juanlu).

Fue como un sueño. Y todavía lo siento. Y puedo decir, con todo mi corazón, que fue una de las semanas más bonitas de toda mi vida. Y los ojos se me llenan de lágrimas cuando la recuerdo.

Los jornadas tuvieron lugar entre el 4 y el 12 de noviembre, en Dombori, al sur de Hungría.
Participamos 33 jóvenes de 4 países diferentes: 8 españoles, de la Organización “Casa de la juventud” e “Imagina”; 10 búlgaros del Barbastro Work Team y del “PTPI AUBG Chapter”; 6 austríacos del “Akzente Salzburg”; y 7 húngaros de la “Fundación PLANET”. Además contamos con la colaboración de un fotógrafo portugués y la asistencia de una búlgara de “EVS”.

sábado, noviembre 25, 2006

La montaña de libros viejos en español que se amontona en nuestras librerías


¿Cuál es aquel pedacito del otro que podemos apreciar cuando leemos un libro? ¿Qué universo desprenden las letras diferente del cine o de la música? ¿Qué sentido despierta el traqueteo insistente del bus, del metro, trolebús o tranvía, cuando ensimismados leen camino del trabajo o descansan frente a la tele apagada en el comedor de casa?

Si la música puede sugerir cómo nos movemos en la cama o cómo hombres y mujeres se lanzan unos sobre otros; las películas, siempre tan pudorosas todas ellas, muestran las relaciones más allá del sexo, las de la calle y de las fiestas. Los libros, en cambio, invocarían al individuo, una especie de tira de encefalograma, que mostraría nuestro ritmo mental y los devaneos, ilusiones y calamidades que maquinamos en nuestra soledad.

En Hungría estas tres demostraciones culturales llegan a destiempo. Si por un lado no se puede negar que con cierta puntualidad aterrizan algunas de las últimas producciones en cine o en música, no pasa lo mismo con los libros. En algún momento se creó una gigantesca pared entre estos dos planetas y los que ya estaban de este lado siguieron reeditándose a sí mismos. Los que han llegado después se han dado de narices contra el ladrillo y apenas algunos espaldas mojadas pueden escabullirse. La visión que la literatura ofrece a los húngaros de España y Latinoamérica es vieja y pasada de moda. Nos ven bailar pero no tienen ni idea de los que nos pasa en la cabeza.

Esto está cambiando, lentamente claro, y por supuesto siempre será mucho más de lo que los hispanos conocen de este rinconcito europeo. Es la infalible regla de la periferia, cuanto más periféricos somos, más abiertos y multiculturales pensamos y nos expresamos.

¡Queremos carne fresca!

Espero que disfrutéis con esta colección de artículos de “La montaña de libros viejos en español que se amontona en nuestra librerías ” y que os animéis, quienes viváis o hayáis vivido en Hungría a escribir en las próximas ediciones. Solo tenéis que enviarnos un e-mail y os contestaremos a la brevedad indicándoos formato y tema.

Apología del nebiolo

por Sebastián Santos

Presentación de “Historia de Cronopios y de Famas” en el Instituto Cervantes
Arrancando de un pasado entre juguetón y revolucionario, nostálgico, llegó al Cervantes cortito y juguetón Julio Cortázar.

A simple vista no parece la literatura ni el autor más apropiado para adornar el momento húngaro. La convulsionada Latinoamérica de hace 40 años donde Cortázar parió, entre otros, esto que ahora se prsentó en el Cervantes, “Historia de Cronopios y de Famas”, dista una enormidad de la Europa de hoy, arrastrada por la velocidad del video clip y la repulsa alérgica a la revolución socialista.

Cortázar personaje político, especialmente comprometido con la revolución cubana y más tarde con la nicaragüense, no se atrevió o no le dió la gana mostrar en sus obras su rostro político. Más que nada era un guiño para los que pensaban diferente. Hablar de Cronopios y de Magas era también hablar de revolución y de lucha anticapitalista.

A Hungría llega un Cortázar descafeinado, inocuo, pero siempre divertido y ocurrente, sin el peso político de años atrás. No llegó literatura roja, sino un libro de todos los colores. Pero así y todo me intriga como reaccionará el público ante su lectura que parece hoy ingenua, achiquilinada, llena de excesivos juegos léxicos, ortográficos y semánticos y que incluso pueden fastidiar en lugar de agradar. Otra épocan, otras emociones a despertar.

La explicación más plausible de la habilidad con que este librito de tapas negras, letras verdes y brillantes, salpicado de dibujos crípticos, se ha colado en las estanterías de las librerías húngaras es básicamente la pasión y entrega de su principal traductora, Andrea Imrei, que ha dedicado buena parte de su vida a seguir consiensudamente la obra de Julito.

Pero el éxito de este y otros libros se enmarca en un contexto más amplio: el de la oferta y la demanda. Desde hace unos años vivimos el boom del español en buena parte del mundo, debido fundamentalmente a la ola inmigratoria que ha cambiado la composición social en Estados Unidos. Lo que hace el mono, hace la mona y todos repetimos el modelo americano.
De mano de este subidón las editoriales e instituciones que promocionan el castellano tienen que echar mano de los especialistas que hay en cada país. En el caso húngaro la mayoría de especialistas han sido formados herederos del mito comunista, una vez triunfó la revolución socialista en Cuba. De ahí que no es que no sea raro sino más bien inevitable que buena parte de los autores que se traduzcan, fuera de los clásicos de hoy de siempre, tengan ese ramalazo izquierdista que hoy la generación “x” mira con incredulidad.

Historia de Cronopios y de Famas se presentó en el Cervantes dos veces, el martes 7 y el domingo 19 de noviembre, siempre a sala llena, así que por narices tuvo que haber gustado. Yo me ocupé de hacer la traducción simulatánea, así que disfruté diferente, solo, artística y agitadamente hablando conmigo mismo y casi siempre pensando en pasado. Pero pude apreciar los preparativos y más allá de las postres. Vi antes y vi después. Vi colores y formas para nada habituales en esta casa y quedé de lo más agradecido de los nuevos aires que corren. Artistas saliendo de armarios, papagallo, bicicleta entre el público, globos y plástico decorando a medida que avanzaba la representación. Trompeta.

Después de la representación alguno me preguntó: “¿Para qué tanto espamento si al fin y al cabo solo se trata de presentar un libro?” Y el que no lo preguntó tampoco se atrevió a festejar abiertamente su admiración ni su éxtasis. El colectivo involucrado con el español, en su pavura por conservar su espacio de poder, llega a ser de un conservadurismo que asusta y se cuida mucho de no decir cosas fuera de lugar, no sea que le quiten la pelota, le pinchen el globo o le chupeteen el polo.

Tal vez me equivoque, tal vez sea la falta de expresividad con la que desde otras latitudes contemplamos a los húngaros. Pero chica...¡apenas hubo 4 risas roñosas!. Los actores terminaron, cobraron y desaparecieron con la velocidad del rayo; y con el cóctel de después de la obra hubo más que nada un juego de acercamientos, una búsqueda de complicidad por la ansiada opinión correcta.

Pero si bien yo quedé contento como cucaracha en azucarera, entiendo el desconcierto. Hay que reconocer que así como yo viví mi propio Cronopio encerrado en la cabina del fondo, también el texto y los actores jugaron por separado. Me atrevería a asegurar que no había un conocimiento profundo de la obra antes del montaje, ni después. Los colores, los ruidos, la música y las performances que tanto me gustaron, también hay que decir que estaban aplastadas contra el libreto sin mayores consideraciones. Con el mismo modelo estético se hubiera podido representar cualquier otra obra, que también tuviera como esta, algo de chispita criolla. Para el caso es lo mismo. La puesta de Réka tiene sobre todo el valor de lo novedoso, no en la escena del teatro mundial, claro, sino en la plataforma cultural del Instituto Cervantes. De seguir la fiesta, podríamos hablar del efecto Cortázar.

Aunque aprovechando la lección, para la próxima habrá que leerse antes los textos y conseguir ese swing del que hablaba Julio Cortázar y no fiarse de que todo se arregle a las carreras y con mucho nebiolo.

¿Cuánto se sabe sobre la literatura española e hispanoamericana en Hungría?

por Annamaria Preisz

¿Y sobre García Lorca y Radnóti?

En nuestras escuelas secundarias las materias que componen la enseñanza de la alteridad en tanto género, etnia y cultura naturalmente incluyen artistas españoles e hispanoamericanos. Por supuesto, también, en nuestras universidades, en los programas de lengua castellana figuran varios cursos de literatura española e hispanoamericana, enfocados desde el aspecto histórico o estilístico.

Lo que quiero mostrar son los personajes literarios más importantes con los cuales nuestras sudorosas profesoras intentan despertar el interés de los adolescentes por el mundo latino, a lo largo de sus estudios.

Después de un breve repaso resulta que no solo conocemos a Cervantes. Todos los chicos tienen bien clara en su memoria la imagen del caballero y de su acompañante Sancho, sobre todo por las series de dibujos animados y las obras de teatro, pero también por haber leído en clase algunos fragmentos de El Quijote.

Después del manco de Lepanto, tal vez Gabriel García Marquez con Cien años de soledad, sea el autor más conocido. Hay que destacar que en Hungría, esta obra, es lectura obligatoria en muchos institutos y según las estadísticas de “El gran libro” ocupa el puesto 12 en la lista de preferidos. Desde hace años viene representándose en teatro y actualmente se puede ver en el Vígszínház de Budapest y en el Vörösmarty de Székesfehérvár.

En tercer lugar estarían Borges y Cortazar, que parecen atrapara a los jóvenes con sus historias insólitas y entreveradas.

En lo que se refiere a la poesía hispanohablante cabe decir que ha tenido una importante influencia no solo entre el público lector sino también en nuestra propia producción literaria. Miklós Radnóti (1907-1944), uno de los poetas más geniales de Hungría, fue un ferviente seguidor de los acontecimientos de la España de los años ’30. En el verano de 1936, en París, participó de una gran manifestación de solidaridad con la República Española y de la que nacieron sus versos “España, España”, donde recoge imágenes de un París afligido y furioso en contra de la guerra y apoyando a los que luchaban por la libertad.

Radnóti admiraba a los combatientes antifascistas y sobre todo a Federico García Lorca, al que consideraba el gran poeta y dramaturgo de la primera mitad del siglo XX. Para él era el gran mártir de la Guerra Civil. En 1937, en uno de sus poemas se refería a él de la siguiente manera:

Porque España te quería
y tus versos decían los amantes...
¿Qué quedó a los de siempre cuando llegaron?
Eras poeta... ellos te mataron.
Ahora sin ti el pueblo su lucha libra,
¡Ah, Federico García!

También aparece en otro poema, algo más clásico, titulado “Primera Ecloga”, en el que se refiere al fin de la guerra y explica el asesinato de Lorca en manos del ejército fascista.

Igual que a Lorca y a cientos de miles, a Radnóti lo mataron los nazis en 1944. Lo habían llevado a un campo de trabajos forzados en Bor (Yugoslavia) y cuando empezó la retirada hacia el oeste lo ejecutaron, seguramente sin saber ni importarles que era uno de los grandes artistas de la época.

Radnóti, pese a su corta y trágica existencia compuso hermosos poemas, algunos incluso desde el encierro; escribió varios libros, redactó antologías y coordinó revistas artísticas. También se destacó en el campo de la traducción de numerosos poetas como La Fontaine y Apollinaire.

Fuentes:
Wikipedia
Acett

Esquivel, Cohello y Borges, los más leídos

por Kléber Mantilla

Para seleccionar al escritor latinoamericano o hispano más leído hemos recurrido al listado de los libros más vendidos en Hungría en los últimos meses en librerías y en editoriales. El colombiano Gabriel García Márquez es el único latinoamericano que se ubica entre los 10 primeros. Su libro Cien Años de Soledad sigue siendo un deleite pese al paso de los años.

Pero también se leen como un deleite: El Otoño del patriarca y El amor en los tiempos del cólera. Sin embargo, existen escritores “clásicos” que están en otras ubicaciones y son frecuentes al gusto del lector húngaro y de las casas editoras.

Podemos mencionar a la escritora mexicana Laura Esquivel, quien fue educadora y realizó obras de teatro y creación dramática, con especialidad en teatro infantil. Entre 1979 y 1980 escribió programas infantiles para la televisión mexicana. En 1985 realizó el guión de la película Chido One, el Tacos de Oro, nominada al premio Ariel de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de México. Dos años más tarde lanzó su obra de teatro infantil Viaje a la isla de Kolitas. En 1989 publicó Como agua para chocolate, que fue llevada al cine por el director Alfonso Arau, guión escrito por la propia Laura Esquivel. Esta sería la obra más leída de Esquivel en Hungría. El relato de una historia de amor desde los fogones de una cocina, „no realismo mágico, sino una magia de la literatura”, ha dicho la crítica. Se realizaron traducciones a decenas de idiomas y, en 1994, la novela recibió el Premio American Bookseller Book of the Year en Estados Unidos.

Otro latinoamericano muy solicitado es el brasileño Paulo Cohello, aunque en idioma portugués hay que mencionarlo, pues su fama no es gratuita. Viene de una familia de clase media y católica. En Río de Janeiro, estudió en un colegio jesuita. Luego, pasó por una época de rebeldía y fue internado tres veces en una clínica psiquiátrica. A finales de la década de 1960, fue hippie, viajó por México, Perú, Bolivia y Chile, luego Europa y el norte de África.

Compuso letras de canciones junto a Raúl Seixas. En 1974 estuvo detenido en un centro militar de torturas acusado de actividades subversivas contra el gobierno. Sin embargo, como escritor, ocupa las primeras posiciones en las clasificaciones de los libros más vendidos en Brasil, Reino Unido, Estados Unidos, Francia, Canadá, Alemania, Italia, Países Bajos, México, Israel, Grecia o España. En Hungría también encabeza los listados en varias librerías.

El registro de ventas considera que vendió 65 millones de libros, con traducciones a más de 40 idiomas, siendo el autor mas vendido en lengua portuguesa de todos los tiempos. Entre sus novelas se encuentra El Alquimista de la que se han vendido más de 11 millones de ejemplares en todo el mundo.

El escritor Jorge Luis Borges, quien nació en 1899, es uno de los clásicos de la literatura latinoamericana de siempre. Con cualidades únicas, pues fue bilingüe desde su infancia y aprendió a leer en inglés antes que en castellano. A los seis años ya decidió ser escritor. A los siete años escribió un resumen de la mitología griega y a los ocho, La visera fatal, inspirado en un episodio del Quijote de la Mancha. A los nueve tradujo del inglés "El príncipe feliz" de Oscar Wilde. Entre 1914 y 1918 escribió algunos poemas en francés publicados en un periódico de Ginebra. Luego aparecen poemas y manifiestos en la prensa literaria de España, desde 1919 hasta 1921, cuando regresa Buenos Aires.

El joven poeta describe su ciudad natal en su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires (1923). Luego publica algunas revistas literarias y dos libros más, Luna de enfrente e Inquisiciones. En los treinta años siguientes se transforma en un brillante y polémico escritor pues crea un nuevo tipo de regionalismo, con base en la perspectiva metafísica de la realidad.

Escribe sobre el suburbio porteño, el tango, fatales peleas de cuchillo, en "Hombre de la esquina rosada" o "El Puñal". Otra época que lo caracteriza es la narrativa fantástica o mágica.

Entre 1930 y 1950 escribe Historia universal de la infamia, Ficciones y El Aleph. Este último sería uno de los libros más leído en la Hungría actual. Solo hasta1961 cuando comparte con Samuel Beckett el Premio Formentor otorgado por el Congreso Internacional de Editores, comienza su reputación en todo el mundo.

Luego de Esquivel, Cohello, Márquez y Borges podemos mencionar, del peruano Vargas Llosa, El paraíso en la otra esquina, y el Bestiario, del argentino Julio Cortázar, como libros de interés para los húngaros. José de Saramago y Carlos Fuentes también encabezan algunas listas de escritores más solicitados. Pero si hay que destacar nuevas cartas de presentación consta el ecuatoriano Abdón Ubidia y la colombiana Laura Restrepo.

Ubidia es narrador, ensayista, antólogo y crítico literario. Fue miembro de un grupo contestatario denominado „Tzántzico” el mismo nombre del ritual de la reducción de cabezas de los grupos nativos amazónicos. Colaboró con la revista La bufanda del sol y dirigió la revista cultural Palabra Suelta. Su libro „Sueño de lobos” consta también en los listados de libros más vendidos de Hungría.

En cambio, Historia de un Entusiasmo, de Laura Restrepo, relata una experiencia periodística como negociadora entre los grupos irregulares colombianos y el gobierno. La escritora estuvo exiliada en México y España, pero cada vez ha madurado su expresión literaria junto a su investigación periodística.

La fuerza del realismo mágico en Hungría

por Timea Radó

Desgraciadamente, leer no es un pasatiempo muy popular entre nosotros los húngaros, respetuosos de los tendencias mundiales que proclaman los expertos. Se dice que con la evolución de la media esta forma de entretenimiento ha pasado de moda. No es sólo que los adultos no lean, por el natural agotamiento al que nos tiene acostumbrados el trabajo, sino lo más alarmante es que a los jóvenes no les interesan los libros, al menos según las estadísticas.

Y por eso me considero una persona afortunada y no sólo porque con mucha frecuencia, sino además porque tengo muchos amigos que optan por pasar su tiempo libre leyendo una novela. Fuera de mi selecto grupo, debo admitir que hoy, encontrar a alguien con el que se pueda discutir un libro o que pueda recomendar un escritor es una pura una casualidad.

Pero, ¿qué leemos cuando se nos da la oportunidad? No sólo libros de los escritores húngaros más famosos, los que nunca pierden popularidad, como Mikszáth, Jókai o Gárdonyi, sino también escritores modernos, y por supuesto literatura internacional de ayer y de hoy. Las novelas francesas e inglesas son las favoritas.

En cuanto a la literatura que viene de los paises hispanoamericanos hay algunos escritores que están muy de moda, pero dentro de un círculo digamos reducido. Este tipo de literatura no tiene mucha tradición en nuestro país. Si le pedimos a un húngaro, seleccionado al azar, que mencione por lo menos tres escritores latinoamericanos, probablemente no podrá hacerlo.

Pero si alguien llega a enumerarnos los escritores que conoce o ha leído, seguro mencionará los del boom latinoamericano: Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Jorge Luis Borges. La mayoría hará referencia a las novelas y apenas conocerá algún que otro poema, en general no hay predilección por la lírica.

Entre los tres nombres mencionados, el de Márquez es lo más conocido. La editorial húngara que lo promociona ha procurado mantener siempre el mismo estilo y tipo de presentación, así que no es difícil identificarlo en las estanterías. Pero ¿cómo puede ser un autor de Colombia tan conocido en el centro de Europa?

La literatura de Márquez es mágica. Suelen llamar a su estilo “realismo mágico”, estilo que él mismo creó uniendo la vida cotidiana de su pueblo con historias misteriosas, el folclore con una extraña organización del tiempo y las secuencias. Mágico.

Por una parte, conocer la vida de un pueblo tan lejano significa mucho para el lector húngaro, casi diríamos abre “un nuevo mundo”. Por otra parte, uno de los escenarios preferidos de Márquez, el pueblo pequeño, no representa en absoluto algo desconocido para nosotros. Es algo así como la sorpresa de la diferencia y la coincidencia de dos puntos tan alejados del globo. Nos encanta pensar en ese pueblo al lado del mar en América Latina.

Y ¿qué más? El estilo de Márquez, en algunos libros, es bastante complicado, por ejemplo en “Cien años de soledad”. Para llegar al meollo es de receta leerlos por lo menos dos veces y así vamos enterándonos de más y más cosas y descubrimos un universo realmente exótico, como el de Macondo, este fabuloso pequeño rincón contado de ancianos a niños, de generación en generación.

Márquez se esmera en transmitir al mundo entero las tradiciones que representan a su país y a Latinoamérica. Y además nunca ha esquivado el compromiso político. Estuvo al lado del Che Guevara y de Fidel en tiempos de la revolución y sigue. En 1982 se le otorgó el Premio Nobel de Literatura y su obra autobiográfica, ‘Vivir para contarla’ (2002) ha ganado una gran fama en Hungría.

Mario Vargas Llosa, escritor y ensayista peruano también vende un gran número de libros en Europa y nuestro país. Su estilo es parecido al de Márquez. Se pueden encontrar las huellas del realismo mágico, pero con un estilo mucho más complicado y estructuras mucho más complicadas, donde fácilmente uno llega a perderse. Sus libros más conocidos son ‘La ciudad y los perros’, ‘Pantaleón y las visitadoras’ y ‘El Paraíso en la otra esquina’.

Jorge Luis Borges es conocido casi en el mundo entero, como escritor y filósofo. Vivió no sólo en su patria, Argentina, sino también en Europa, y como buen escritor bilingüe, sus obras están cargadas de un denso ambiente internacional, pero donde Buenos Aires ocupa un papel privilegiado. Fue un escritor prolífico y aún ciego, a causa de una enfermedad hereditaria, siguió escribiendo, imparable. Sus obras no pasan de moda.

Como vemos, al lector húngaro le encanta este realismo mágico de la literatura hispanoamericana. Pero aunque la fama de estos autores no es cuestión de debate, estaría muy bien que nos ocupásemos de otros, para así poder conocer otros aspectos de esas latitudes.

Una deuda española con Hungría

por Pedro Voltes

No son escasas las conexiones entre la historia y la cultura de Hungría y España. Desgraciadamente, han sido menos divulgadas y fomentadas que las que ambos países tienen con otras naciones, y por esta razón no es raro que causen sorpresa al ser puestas a la luz. Uno de los casos menos populares y aplaudidos fue el del escolapio Padre Kőrösi.

Este ilustre hispanista nació en Gelmecz en 1860 y, en una época en que España podría llegar a decirse que no había un solo intelectual interesado por Hungría, el doctor religioso había dedicado amplios estudios a las letras españolas, y especialmente a Cervantes. No puede sorprender que se moviera brillantemente en nuestros temas, puesto que, aparte de dominar el español, traducía cosa de cuarenta idiomas. Algunas de las lenguas que manejaba eran asiáticas y un sector de los estudios del Padre Kőrösi versó sobre las afinidades entre algunos idiomas orientales, el húngaro y el antiguo vascuense.

El benemérito religioso cultivó la amistad de Ángel Guimerá, Núñez de Arce y Campoamor, entre otras figuras de su tiempo, y no se cansó de dar conferencias y clases sobre temas españoles. Era catedrático de la Universidad de Budapest y en Alemania y los demás países vecinos se le distinguía con respetuosa estimación. La Real Academia Española le nombró miembro correspondiente y pertenecía también a la Sociedad Geográfica de Madrid y la Sociedad de Autores de España. Tradujo al húngaro buen número de obras clásicas españolas como las de Lope de Vega, Calderón y Zorrilla, y se le puede considerar presentador en Hungría de las figuras de sus coetáneos españoles como Verdaguer, Pereda, Ventura de la Vega y Víctor Balaguer. En el curso de esta incansable actividad elaboró una antología de la literatura catalana y extendió su estudio de las letras españolas a países americanos con cuyos periódicos e instituciones mantenía viva relación.

domingo, noviembre 12, 2006

¡Bájala! o ven y tócala. Hungría le da la vuelta al folk

Hay una referencia reincidente en el mar de desconocimiento que rodea a Hungría, a sus magos y a sus duendes. Es la música. Cualquier rápida búsqueda en internet sobre Hungría nos va a llevar de cajón al mundo de la música y especialmente al de la etnomusicología, a las más interesantes técnicas de enseñanza musical y también seguramente daremos con algún luthier de prestigioso nombre y buen precio.

Sin lugar a dudas el folclore húngaro consolidado entre fines del XIX y principios del XX es todavía una etiqueta distintiva del país. Y no es difícil disfrutar de viejos ritmos zapeados por los más excelsos músicos.

Pero Hungría no es un museo de antigüedades. Budapest es una ciudad caliente y si así no se la imaginan los turistas antes de llegar, es simplemente por mala o conservadora publicidad institucional, que insiste en mantener los viejos tópicos. Fácilmente puedes perder la cabeza a orillas del Danubio, perdidamente embrujado, cautivado por una trompeta o por una hermosa mujer.

Aprovechando el boom de la fusión en todo el mundo los jóvenes húngaros no se han quedado atrás y revientan el escenario, poderosos, tecnológicos y siempre con la chapita húngara del renombrado folk. Y una vez encendida la mecha las variaciones son interminables, incluso diría que hasta originales, únicas.

La próxima vez que vengas a Budapest, evita los palacios y las termas y dedícate a la música. La cantidad de antros enterrados como búnkers, siempre encendidos y desparramados por toda la ciudad llega a hasta dar miedo. Valen la pena. Ven tócala, escúchala y báilala. Y sino puedes, pues bájala de internet.

Espero que disfrutéis con esta colección de artículos de “Bájala o ven y tócala. Hungría le da la vuelta al folk ” y que os animéis, quienes viváis o hayáis vivido en Hungría a escribir en las próximas ediciones. Solo tenéis que enviarnos un e-mail y os contestaremos a la brevedad indicándoos formato y tema.

Bartók: ¿la étnia del músico o el etnomúsico?

por Kléber Mantilla


Para seleccionar al mejor músico de la humanidad tendríamos que depurar el concepto de cultura universal, pues la música es fatalmente universal, y habría que volver a inventar la vida pero con música. El mejor músico sería un demiurgo detallista y ocioso que habría logrado describir la esencia de la vida con tonalidades y ritmos. O tal vez, quien habría vuelto a reinventar con arte ese conjunto de información y habilidades que explican la manera de ser de la gente. Pero, si la música es algo tan cercano a lo divino y la cultura tan diferente a la naturaleza, ¿por qué los músicos contemporáneos poco comparan e investigan los pueblos, antes de embarazar su musa?

El creador de la étnomúsica, el húngaro Béla Bartók, nos daría una respuesta: la cultura es una pluralidad muy diferente a la idea de naturaleza. Este compositor, pianista e investigador de la música folclórica de Europa del Este, los Balcanes, Turquía y de regiones no occidentales, estaba convencido que para hacer arte hay que estudiar la manera de comportarse del hombre.

Bartók nació en 1881 en un pequeño pueblito llamado El Gran San Nicolás (Nagyszentmiklós), que ahora se conoce como Sinnicolau, y pertenece a Rumanía. Perdió su padre a los siete años y su madre, Paula, trasladó la familia a Vinogradiv, ahora en Ucrania.

Cuando Checoslovaquia fue creada en 1918, Béla y su madre vivían con la frontera en el medio. Desde pequeño estudió y enseñó piano en Pozsony, -ahora es Bratislava- en Eslovaquia. Estudió piano con István Thoman y composición con János Koessler en la Real Academia de Música en Budapest (1907-1934). Cuando conoció a Richard Strauss se formaba como pianista y hacía giras por Europa. Pero cuando entró a la Academia logró estar en un sitio fijo y a la vez recoger más música folclórica. Ahí conoció a Zoltán Kodály y juntos investigaron la música folclórica de la región. Esto lo catapultó a la Academia de Ciencias (1934-1940).

Bartók mostró influencias de su compatriota Franz Liszt, del francés Claude Debussy, del compositor alemán Richard Strauss. Pero junto a Kodály descubrió las canciones folclóricas de los campesinos magiares, y realizó una adaptación de esas melodías a su propia música. Para esto escribió pequeñas piezas de piano con adaptaciones del folclore magiar. Y hacia 1905 Bartók se dio cuenta de que lo que se consideraba música popular húngara era en realidad música gitana reordenada según los criterios centroeuropeos. Con Kodály, Bartók también reunió y analizó de forma sistemática músicas pertenecientes al folclore de otros orígenes que recogió en una admirable obra de investigación. De esta colaboración surgieron 12 volúmenes que contienen 2700 partituras de origen magiar, 3500 magiar-rumanas y varios cientos de origen turco y del norte de África, incluso con registros sonoros. Así, desarrolló un estilo propio cargado de una gran fuerza y energía, con entornos melódicos inusuales y ritmos asimétricos y a contratiempo, típicos de la música folclórica de los Balcanes y de Hungría.

En 1903 escribió un largo trabajo orquestal, denominado Kossuth, el nombre del héroe de la revolución húngara de 1848. En 1909, se casó con Márta Ziegler y dos años después escribió su única ópera, El Castillo de Barbazul, con la cual concursó en el premio de la Comisión para las Bellas Artes Húngaras; pero no pudo interpretarla porque para ello debería haber borrado del programa el nombre del libretista, Béla Balázs, por sus ideas políticas. La ópera solo se estrenó en 1918.

La música de Bartók es cromática, las notas son contiguas a una dada, y con frecuencia muy contrapuntística, entretejiendo distintas líneas melódicas y sirviéndose de la disonancia. Le gustaba el uso de acordes por su sonoridad y era muy hábil para encontrar atmósferas y colores musicales, tanto en el piano como en la orquesta. Como gran pianista que fue, compuso varias piezas didácticas para el instrumento. Su obra Mikrokosmos Sz 107 (1935), formada por seis volúmenes, contiene 150 piezas para piano de dificultad progresiva y constituye un resumen de su evolución musical. Igual ocurre con sus 6 cuartetos para cuerda, considerados tan difíciles como los de Ludwig van Beethoven.

Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial concluyó sus viajes de recopilación de materiales musicales y volvió a la composición. Con alta calidad armónica y compleja estructura compuso dos sonatas para violín. Luego escribió su tercer y cuarto cuarteto de cuerdas en 1927. El Quinto Cuarteto lo realizó en 1934 y el sexto y último en 1939.

Bartók tuvo dos hijos Béla y Péter, uno con Márta y otro con una estudiante de piano, Ditta Pásztory. Para las lecciones de música de su segundo hijo compuso una colección de seis volúmenes de piezas de piano graduadas.

La Segunda Guerra Mundial fue una ventana abierta en su alcoba que le inspiró la narración de su propia historia en el piano, pero también fue la puerta de salida de Hungría. Primero envió sus manuscritos fuera del país, y luego en 1940, emigró por razones políticas a los Estados Unidos con Ditta. Péter Bartók llegó en 1942, y al poco tiempo se enroló en la Fuerza Naval.

La pasión de Bartók fue desbordante, pese a que fue un desconocido en Estados Unidos. Allá continuó sus investigaciones en la Universidad de Columbia y enseñó música en Nueva York, hasta que un tal Serge Koussevitsky le comisionó el famoso Concierto para Orquesta, el trabajo más popular de Bartók, que cubrió parcialmente su difícil situación económica. Luego compuso el Concierto para Piano no. 3, y su Concierto para Viola que quedó inconcluso y fue completado por su alumno Tibor Serly, después de su muerte por leucemia, en 1945. Fue enterrado en el Cementerio Ferncliff de Hartsdale, de Nueva York, pero en 1988, con la caída del comunismo en Hungría, sus restos fueron repatriados.

Sus obras

Ocho Danzas rumanas de Hungría (1915), para piano, (también orquestadas y transcritas para varios instrumentos); el Allegro bárbaro (1911), para piano; la ópera El castillo de Barbazul (1911); los ballets El príncipe de madera (1914-1916) y El mandarín maravilloso (1919); los 3 conciertos para piano y orquesta (1926,1931,1945); su Música para cuerda, percusión y celesta S 106 (1937) y el Concierto para orquesta (1943) que le encargó Serge Kusevitski.

También son notables su Concierto para violín y orquesta nº 2 S 119 (1938), la Música para dos pianos y percusión (1937) y su Concierto para viola, que quedó incompleto a su muerte y fue terminado por el violinista Tibor Serly.

Fuente:
Compositores Húngaros: Memorias.

La música en Hungría, entonces y hoy

por Timea Radó


Parece mentira, pero a pesar de su historia rica y única, la música en Hungría va tomando, a medida que pasan los años, un cierto carácter conformista. Naturalmente, esta tendencia es casi normal, y hay que admitir también que en la música moderna húngara todavía se pueden encontrar las huellas de la música tradicional.

Ahí mantenemos el recuerdo del meneo de los tiempos en que el famoso Béla Bartók (1881-1945) coleccionaba música folclórica. Registraba las canciones que no estaban escritas, melodías que la gente había conservado boca a boca. No es raro que de Bartók se diga que ha sido el personaje más importante en la historia de la música húngara.

Ahora existen varios cantantes y grupos que intentan unir los motivos clásicos y folclóricos con las tendencias modernas, cosa que no es muy simple, pero imprescindible para mantener la presencia del pasado. Y además, como hemos visto en el caso del grupo llamado ’NOX’, este tipo de música puede elegantemente representar a Hungría en eventos internacionales. Una de sus canciones fue la canción oficial del Campeonato Europeo de Natación.

Hoy en día la música, como elemento lúdico y fuente de diversión, es mucho más compleja y diversificada de lo que era antaño. Desde la revolución de la música en 1955, con el nacimiento de ’Rock Around The Clock’ de Bill Haley; y con esta canción, el nacimiento del rock&roll, el número de géneros musicales diferentes, sean populares o alternativos, es casi innumerable.

En Hungría hay ciertos géneros musicales cuya popularidad es grandísima. Podríamos dividirlos en los dos grupos más característicos, la música instrumental y la música electrónica. Ocurre frecuentemente que los jóvenes amantes de uno de estos grupos no pueden soportan al otro. Los amantes de la música instrumental dicen que el sonido que no sale de un instrumento propiamente dicho, no se puede considerar música verdadera. Por otra parte, los amantes de la música electrónica opinan que esa otra música es imposible bailar ni digna de una fiesta en una discoteca. Pero la mayoría de personas no es tan extrema. Es normal que uno escuche un poco de hip-hop, de rock y de clásica, por ejemplo.

Claro que también se podría clasificar entre ’música popular’ y no tan popular. La música popular sería aquella que se pone constantemente en la radio y en las discotecas, la que está de moda escuchar. Aquí estarían el pop, el drum&bass, el R&B, el trance y el techno, entre otros tantos que se podrían mencionar. Los géneros alternativos, por su parte, no son tan populares. Su público es más pequeño y prácticamente solo se pueden escuchar y bailar en pequeños clubs y bares especializados.

Después están los lugares de los amantes. Los amantes del rock o el heavy metal. Estos son géneros que influyen definitivamente en la apariencia de la gente. A algunos de ellos es muy típico verlos vestidos totalmente de negro, incluso con los ojos pintados de negro y con toda una serie de pequeños detalles distintivos de su música y de su modo particular de vida. La música caracteriza e influye su vida privada y pública. Van siempre a los mismos sitios y la música es condición fundamental a la hora de buscar pareja.

Pero ¿qué es lo que hace que un grupo dé en el clavo y se haga famoso en un mercado de música tan desconsolador? Hoy el talento es algo secundario para los productores. Lo que importa es el dinero potencial que el disco traiga y es en los géneros populares donde es más fácil conseguirlo. De ahí que sean los preferidos de las compañías.

En Hungría, una vez que un grupo o un cantante tiene éxito, sigue trabajar muchísimo para mantenerlo. El público se aburre muy fácil y rápidamente. Siempre hay que mostrar algo nuevo. En este contexto solo unos pocos logran triunfar con letras mayúsculas y son los que consiguen que sus discos se vendan en otros países.

La fama mundial sólo la merecen los mejores. El número de estos cantantes húngaros es muy reducido. El más popular es Ákos Kovács, un artista del que todos sus discos son de la mejor calidad. Trabaja en la industria de la música desde 1993, y desde el principio escribe canciones en húngaro y en inglés, lo que facilita que su nombre sea reconocido en otros países.

Otro grupo con éxito internacional y que ya he mencionado en párrafos anteriores es NOX. A los europeos, la novedad del folclore húngaro les gusta y de ahí su éxito. También está Tankcsapda, un grupo de rock. Sus canciones se han traducido al inglés y se venden muy bien en Alemania e Inglaterra. Después hay ejemplos como Edvin Marton o Princess, las tres chicas violinistas, que son más populares en el extranjero que en su propia patria, Hungría.

La diversidad musical en Hungría es bastante grande. Las influencias internacionales siguen moldeando el gusto de los húngaros, pero todavía queda una importante corriente distintivamente húngara que mezcla un poco de electrónico, un poco de rock y un poco de nuestra música tradicional.

La zanfona peleona de Pablo Lerner

por Sebastián Santos


La alegría que desprende Pablo al tocar la zanfona solo se puede comparar a la sorpresa y al éxtasis que produce en el que como yo, esta primera vez, tuve el placer y el honor de poder escuchar. El marco no podía ser ni más bohemio ni más profundo.

Cuando salí de su casa no sabía donde estaba, tampoco me importaba, y caminé bajo una lluvia intensa, molesta y desconsiderada hasta que de repente me vi bajando las escaleras del metro, en Arany János, cegado por las luces.

Decididamente hay en este músico algo extraño, algo de personaje imaginario. Incluso a veces pienso que es algo así como un duende. No lo llego a tener muy claro por la aparente naturalidad con que aparece y desaparece. Puede materializarse en una parada de bus, en la puerta de un teatro, incluso en tu lugar de trabajo. Llega, eso si, siempre vibrando, mezclando frases de amante apasionado, padre sufrido, esclavo hastiado y bestia en celo. Dice todo aquello que uno no se atreve a decir. Se abre al medio como un augurio y te deja ver en lo profundo de un alma que perfectamente puede ser la tuya. No habla, golpea, insulta y es capaz de meterte la mano hasta la campanilla y retorcértela. Claro, todo esto con movimientos tan rápidos y bien articulados que es imposible darse cuenta. Eso es magia.

No podría repetir ni explicar el camino hasta su casa. Sé que es en algún lugar cerca de Oktogon, porque nos encontramos en la puerta del Burger King. De ahí en más subimos y dimos vueltas. Yo me dejé llevar. No pasó mucho tiempo pero de golpe estábamos escondidos en un bulín, probablemente en las profundidades de ese árbol invisible del que habla Sándor Márai, que atraviesa la ciudad hasta orillas del Danubio y que solo se puede ver cuando la música o el ruido de los tanques es lo suficientemente intenso.

Y a Pablo lo tendríais que haber visto galopando en la zanfona mejor aún que el llanero solitario. Y yo era Toro, lo tenía clarísimo. Lo acompañaba deslumbrado. ¿Dé dónde podía sacar ese ritmo gritón y distendido, si entre sus piernas no había más que una especie de violonchelo arrepentido? Ahí se movía todo, por adentro y por afuera. Se balanceaba en un banquito rojo, le daba a la manivela, e incluso, en la apoteosis, hasta llegó a cantar. Una cosa gutural, indescifrable para mi oreja descompuesta. No había palabras. Hablábamos de música.

La sorpresa fue doble. Duplexa por descubrir que el duende del que hablo además de mágico y reflexivo petardo era un virtuoso de la música. Él explica su intensa vivacidad fruto de manotazos de ahogado. Se queja de su larga y consecuente enfermedad, de los traumas de niño y de lo pesadas que son las frustraciones, la muerte de los sueños.

Si bien la música es un hilo conductor en su vida, desde el canchengue murguero de Buenos Aires, Montevideo o San Pablo pasando por el incomprendido estudiante de acordeón de la Universidad de Tel Aviv o al aplicado y sumiso zanfonista de la Escuela de Folclore de Buda, también hubo una época en que vivió el sueño de un pueblo.

Siempre repite aquello de sacar a los judíos de la diáspora y la diáspora de los judíos y de cómo se dio de narices frente a una guerra llena de fascistas. “No odiaba a los árabes y eso era un verdadero problema”, repite cuando explica por qué dejó en 2002 Israel.

El caso es que su genialidad, venga de donde venga, permite colocarlo en el espectro de la música de Hungría como un referente del sincretismo musical. Es un músico hábil, ingenioso y creativo que ha logrado descubrir en la zanfona los ritmos bailongos del profundo nordeste de Brasil. Él explica, para hacerla corta, que lo que hace es reproducir en la zanfona el forró, el bahiano, el maracatú y el aboio, por mencionar unos cuantos ritmos brasileros. ¡Magistral!

En Brasil para estas músicas utilizan la rabeca, el llamado violín brasilero, simplón, gritón, llorón, pero peleón hasta las últimas, como el que te jedi. Normalmente se acompaña con triángulo o zambomba, cosa que Pablo rechaza para su querido tekerőlant. Pero no solo es de destacar sus preferencias a la hora de combinar al gordo con otros instrumentos, sino que además lo usa de manera diferente. Por ejemplo ¡y alabados seas, hermano Pablo! se permite jugar y descubrir ritmos con la manivela, escapando de la monotonía depresiva de los clásicos del Alföld como Mihály Bársony.¡Y esto solo usando una de las cuatro cuerdas de la viola!

También tiene detalles que lo hacen tierno y conocedor de las pequeñas alegrías de la vida, como aquel papelito que nivela la altura exacta por donde debe rozar, en erótico meneo, la que grita. O el algodón, que la rodea dando la segura, hecho del de un tampón, “el mejor porque es más elástico y flexible”, asegura el diestro.

¡Qué menos que recomendable! Lo que sí es que habrá que quedar atentos porque él, en su nueva búsqueda personal, está por dejar la ciudad camino de Gödöllő, donde promete dedicarse al cultivo de la tierra.

Web de Pablo Lerner:
Pablo Lerner tekerőlantos Budapest

Ungarische Volklor

por Annamaria Preisz


Las canciones folclóricas en nuestra música de hoy

Tal vez conoce, o por lo menos ha oído ya algunos cantares de la música folclórica de Hungría, especialmente si ha visitado el país como turista.

Según mi opinión y la de otros tantos, nuestra música popular no es igual a las coplas o melodías gitanas que suelen tocar, para sacar algún dinero y sobre dedicadas a los turistas que vienen de Europa Occidental, en algunos restaurantes del país.

Nuestra música popular tiene una gran variedad atendiendo a las diferentes regiones de Hungría (también aquellas áreas que ahora son parte de los países vecinos). Las características más importantes de la canción tradicional húngara es que se componen de estrofas de cuatro versos en una gama musical que varía entre 2 y 6 notas. Así una forma clásica es aquella de versos con 5 notas, en los que la tonada se repite primero un poco elevada y exigida y después más baja.

En ciertos tipos de la canción popular se añaden "pequeños sonidos" como ornamentación antes de la música principal, buscando adaptarse al ritmo natural de la lengua (esto es muy fácil de apreciar en las canciones tradicionales de Transilvania).

La música popular húngara se toca con cornamusa (un substituto bastante popular entre los pueblos que por razones económicas no podían comprarse un órgano para la iglesia), organillo, bombarda, laúd, flauta, violín y címbalo (una especie de cítara o dúlcemele). Además está el taragot, un oboe de una sola caña, de origen húngaro, con un sonido inolvidable, no muy diferente del del saxofón soprano. Si tiene curiosidad por revisar como suenan estos instrumentos en conjunto debería escuchar, sino lo ha hecho ya, a Márta Sebestyén, una de las mejores y más famosas cantantes de la música popular de Hungría.

Hoy en día la música folclórica pervive y no solo en sus expresiones más puras sino también fusionada con nuevos ritmos y tecnologías. Para la generación joven tenemos la formación Anima Sound System, reconocida dentro y fuera del país. Se fundaron en el año 1993 y han presentado cds y conciertos tanto en Europa como más allá del océano. Han trabajado junto con grandes nombres, Transglobal Underground, De-Phazz, Terry Lee Brown Jr. o Asian Dub Foundation y Oi Va Voi; y también su música figura en varias películas. "Buddha Bar V" incluye dos de sus composiciones. Su estilo es único y su resonancia es especial, con una música electrónica que integra varios elementos contemporáneos, como du, dancehall y drum and bass. Además les encanta fundirlos con los más tradicionales, por ejemplo el reggae o el folk húngaro, gitano o judío.

Naturalmente el grupo también tiene y expresa su ideología repitiendo consignas antimilitaristas, anticonservadoras y antirracistas. Le recomiendo los álbumes Shalom (1995) y Hungarian Astronaut (1996). Ambos contienen canciones folclóricas, en una interpretación exquisita.

Y si le gusta el jazz contemporáneo, no se puede perder a Dresch Quartet, de gran reputación internacional, fundado por Mihály Dresch en el año 1984. En su música no utilizan "trucos" de la técnica moderna, como los grupos anteriores, sino más bien juegan con un repertorio de instrumentos tradicionales: instrumentos de vientos (taragot, saxofón, flauta, trompeta), contrabajo, violín, laúd, címbalo, y muy poca voz. Su fusión del jazz con la música húngara es realmente una obra de arte. Y el resultado son melodías auténticas, agradables, a veces dinámicas, otras veces melancólicas. Sus más recientes álbumes se titulan Hungarian bebop, Egyenes zene y Szép csendesen, este último mi favorito.

Fuentes:
A magyar népzene és annak eredete
Cultura de Hungría
Anima Sound System. Biográfia
http://www.adform.hu/dresch_quartet.htm

Para escuchar música on-line:
Anima Sound System
Dresch Quartet

sábado, octubre 28, 2006

La casa, esta revuelta, en el 50 aniversario del 23 de octubre de 1956

Si en algo pueden llegar a coincidir las diferentes formas de revivir en Hungría octubre del 56 es en la exaltación de la patria y la libertad. El lunes para todos fue una fiesta de mucha bandera. Algunos rememoraron con nostalgia la lucha contra la opresión rusa paseando tranquilamente por Hősök tere o la avenida Andrássy, otros la revivieron en carne propia contra el fantasma comunista entre gases lacrimógenos, policías a caballo, porras, balas de goma, chorros de agua e incluso con los propios tanques y camiones de los años 50. Esta versión, fue si más ni menos, terapéutica.

Salimos de casa después de comer con la tranquilidad angelical del eterno turista después de mirar la programación para el día en internet. Era un día precioso, soleado y primaveral. En Hősök tere tenían todo listo para inaugurar el nuevo monumento del 56 y además había unas instalaciones rotatorias recordando a los mártires de la revolución. Más abajo, en Andrássy a ambos lados de la calle había camiones y buses de la época. La gente se subía y se hacía fotos. Incluso llegamos a ver algún tranvía realmente viejo circulando por Oktogon y alguna moto vetusta-vetusta subiendo y bajando por la avenida. Una tarde de helados, patatas fritas con ketchup y terracitas.

El clima, al menos el mental, se empezó a enturbiar cuando llegamos al Corvin. Allí, justo frente al cine, había montado un escenario y hablaban frente a un grupo grande y compacto que llegaba hasta la calle. Ni idea de qué hablaban, lo que me llamó la atención, además de las consabidas banderas con el símbolo monárquico en el medio y las blancas y rojas rayadas recordando el escudo de Árpád, fueron la cantidad de skin-heads que había. El look era de lo más internacional, bomber, pantalones negros, Martins y cabezas rapadas. Como todo símbolo, un mapa de la Gran Hungría. A mi me dan “cosita” esta gente, pero he de decir que no hubo ningún incidente, ni siquiera malas caras. Una concentración tranquila.

La esquivamos y nos fuimos a un museo precioso que habían montado al lado del cine y que juntaba cientos de objetos de la época. En las calles próximas y en la plaza del fondo, que está en obras, había tanques y anti-aéreos donde los niños se subían y se hacían fotos. Era una extraña, aunque agradable, composición de rebeldía. Me hubiese gustado subirme a mi también, pero otro era el lugar donde los adultos se subían.

Ya ahí escuchamos gente hablando por móvil, que comentaba que había movida en Arany János utca con Bajcsy-Zsilinszky. Unos decían que andaban a los piedrazos y otros que la policía estaba tirando con el cañón de agua.
No le dimos mayor importancia y seguimos el tour hacia Astoria a ver cómo iba la concentración del Fidesz.

Ahí, ya estarían por dar las 6 de la tarde, cambió el color de la celebración. Abajo, en el metro, nos lloraban los ojos por los lacrimógenos, pero igual subimos a Deák tér. Siempre es mejor ver las cosas por uno mismo y no por los dudosos medios de comunicación de masas.
Arriba habían montado todo un festival. Justo donde estaba la boca del metro había una larga barricada con piedras, con un tanque y un camión de los años de Montoto. Después alguien comentó que eran unos, que como en Corvin, tenían en exposición cerca de ahí.
Al otro lado y bordeando la plaza había una compacta hilera de policías de choque. De un lado venían los gases y de otro las piedras.
No quisimos abusar de nuestra suerte y tampoco tuvimos tiempo de evaluar nuestro compromiso político. Así que volvimos a bajar, pero el metro ya no paraba en Deák, pasaba de largo.
Buscamos otra salida y nos fuimos por una calle lateral que también estaba blindada por policías. La gente que se alejaba los insultaba y los azules hacían gestos con las manos invitándolos a acercárseles, supongo que para darles de hostias.

Nos alejamos todavía llorando, decididos a ver el Parlamento. De ahí en más caminamos y caminamos eternamente. Toda esa parte de la ciudad estaba cortarrajeada por columnas de policías. Al Parlamento, por supuesto, no pudimos ni llegar y después, cruzar Bajcsy-Zsilinszky para volver a casa tampoco fue fácil. Tuvimos que hacer una parada estratégica en un bareto que aguantaba la movida y ofrecía ánimo y bebida a los náufragos como nosotros que deambulábamos por la ciudad.

En Oktogon conseguimos coger el metro amarillo, precioso, y nos bajamos otra vez en Hősök tere. Ahí estaba Gyurcsány y los famosos 50 jefes de estado. No puedo decir que era una celebración popular, más bien elitista y alejada de la gente de a pie. Alrededor del monumento había un gran cordón policial y dentro una banda militar tocaba sin cesar y otros tantos militares con la tira de banderas marchaban orgullosos.
Un buen grupo de los que miraban, colgados de las vallas de contención, silbaba, tocaba matracas y gritaba: “¡Gyurcsány, vete!”. También es verdad que otros los hacían callar. Eran las 7.30.

Tenían todo cortado. Para volver a casa sin comernos la parafernalia de la inauguración, tuvimos que dar una inmensa vuelta alrededor de Dózsa György. Por suerte nuestra querida hamburguesería estaba abierta y nos manducamos un par de dobles con queso.

Cuesta tomar partido ante estos hechos. Es una situación exigente y muchos ya han optado por volver a la apática generación “x”. La media insiste en los 200 millones de daños ocasionados a la ciudad, el mal comportamiento de algunos manifestantes y la mala reputación que esto implica para Hungría. A mi modo de ver no es un problema, sino un síntoma de un gobierno que no logra consensuar su política y de una oposición oportunista.
El malestar social es un hecho y la falta de alternativas políticas derivan las opiniones hacia la violencia callejera o hacia la abulia política.

Espero que disfrutéis con esta colección de artículos de “La casa, esta revuelta, en el 50 aniversario del 23 de octubre de 1956” y que os animéis, quienes viváis o hayáis vivido en Hungría a escribir en las próximas ediciones. Solo tenéis que enviarnos un e-mail y os contestaremos a la brevedad indicándoos formato y tema.

Los valores de la revolución. Recordando al joven Endre Atzél

Entrevista a su hija Kinga Atzél

por Sebastián Santos

Endre Atzél (1936-2005) participó, con apenas 19 años, en la revolución de 1956. El gobierno comunista lo condenó a prisión y lo mantuvo en la cárcel 6 años y medio hasta la amnistía general de 1963. Después de su liberación y hasta el cambio del sistema figuró en las listas negras del gobierno.
En Hungría se lo celebra como uno de los héroes de la revolución y gran defensor de los derechos de los húngaros de Rumanía, especialmente de los changos.
Falleció en diciembre de 2005 y tuvo un entierro multitudinario entre música, recitado folc y discursos políticos de homenaje.
Esta entrevista, con una de sus hijas, pretende constatar el mantenimiento y la herencia de los valores que movilizaron a miles de personas en octubre de 1956.

KINGA: Para mi familia, el 56 era como una base, un fundamento. Era un tema casi constante. Un tema que se trataba con mucho respeto. Hablar o recordar el 56 era sobre todo hablar de valores y de principios morales.
Cuando íbamos juntos por la ciudad y pasábamos, por ejemplo, por Széna tér o la plaza Corvin, mi papá nos contaba que allí había habido jóvenes luchando durante la revolución; o cuando estábamos en la calle Fő nos hablaba del "célebre" centro de detención que allí funcionaba y adonde llevaban detenidos en grandes coches negros para los primeros interrogatorios y luego derivarlos a otros centros; o si andábamos cerca del hospital Péterffy nos recordaba la imprenta que allí funcionaba. Era una imprenta manual, muy rudimentaria, que usaba mi papá y algunos compañeros para difundir folletos y octavillas.

S.: ¿A qué grupo político pertenecía tu padre?
KINGA: No había ningún grupo político, era todo mucho más espontáneo. En el proceso judicial inventaron un grupo para poder enjuiciarlos de manera orgánica. Era una práctica habitual para darle un cierto carácter legal a los juicios. Juntaban personas que ni siquiera se conocían y las cuadraban dentro de un grupo que nunca había existido, un grupo inventado. A mi papá lo pusieron en el de "Pécs Géza és társai”.

S.: ¿Qué edad tenía entonces tu papá?
KINGA: Mi padre era muy joven. 19 años tenía.

S.: ¿Y qué hizo en el 56?
KINGA: No sé exactamente, creo que hacía de enlace entre diferentes grupos, una especie de correo. Digo que no sé porque siempre que se hablaba de la revolución se hablaba de una manera muy ambigua. Por ejemplo, en casa no se podía hablar porque nos espiaban.
Siempre que tratábamos algún tema relacionado con la revolución o con alguna de las personas de su entorno, nos hacían callar y nos decían que eso lo seguiríamos hablando en la calle, en algún sitio abierto, donde nadie nos pudiese escuchar.
Por eso no tengo las anécdotas que me pides, porque anécdotas se pueden contar cuando no hay presión ni temores. Entonces todo se contaba en forma de mosaico, en partes muy pequeñas. Mi papá nunca nos explicó muy bien lo que había ocurrido. Se usaban señales, guiños, para decir que esto o aquello había tenido que ver con la revolución. Por autodefensa, porque nunca sabías quién estaba trabajando para los servicios y quién no. No podías hablar libremente, ni siquiera con la gente con la cual habías estado en la cárcel y mira que eran un grupo que se ayudaban mucho entre ellos. Cualquiera podía ser un delator. Era una locura. Había que decir y no decir, hacer señas constantemente. Yo era una niña pequeña y percibía que algo importante estaba pasando pero no entendía bien qué.

S.: ¿Y tenías curiosidad por saber?
KINGA: Siempre. Todo me interesaba y mucho. Piensa que la revolución, para mi familia, es el punto de partida, porque mi papá y mi mamá de no haber habido revolución no se habrían conocido.
Después del 56 mi papá pasó 6 años y medio en la cárcel y allí conoció a mi tío, el hermano de mi mamá, que eran todos más o menos de la misma edad. Cuando salió en el 63, con la amnistía general, mi tío le dio su piso para que viviese porque a él no lo habían soltado todavía. Los que salían de la cárcel se ayudaban mucho, siempre estaban ahí para echar una mano. Y ahí fue que conoció a mi mamá.
En ese piso vivió también el hermano de mi papá y después mi tío cuando lo soltaron, aunque luego lo volvieron a meter preso.

S.: ¿Todos tus hermanos eran tan receptivos con el tema de la revolución?
KINGA: Para todos nosotros el 56 era incuestionable. No se hacían grandes discursos, ni se hablaba directamente, había muchos silencios, pero sabíamos que no podíamos quejarnos ni por la comida, ni por cualquier otra cosa y que había que estar contentos con lo que habíamos podido conservar. Eran otros tiempos. El mundo era diferente.

S.: ¿Cuándo terminó la dictadura comunista cambió la forma de tratar el tema?
KINGA: Sí, dejamos de hablar definitivamente del 56. Es que todo el mundo, a todas horas y en todas partes, empezó a hablar de la revolución y se terminó perdiendo el sentido. De las cosas importantes, como por ejemplo de Dios, no charlas cada día, de la revolución y de sus valores tampoco.
Antes sí lo celebrábamos. Nos juntábamos a comer y disfrutábamos, porque el 23 de octubre es un día muy bonito, el aniversario de un milagro.

S.: ¿Y después del cambio de sistema cómo fue la relación con los compañeros del 56?
KINGA: En realidad la complicidad de que te hablé era un complicidad en secreto, porque en principio había que evitarse los unos a los otros. Además, según cuenta mi mamá muchos otros vínculos se fueron esfumando. La mayoría de la gente abandonó a los del 56, porque estar en contacto con personas que habían estado en la cárcel era desventajoso.

S: ¿Y esto afectó a los hijos?
Aunque parezca sorprendente esto incluso lo percibíamos los hijos. En el 82 mi hermana empezó a salir con un chico y cuando él empezó a hacer la mili, los del servicio militar lo sometieron a un interrogatorio donde reiteradamente le preguntaron si sabía con quién se estaba relacionándo, si sabía quién era mi hermana, que mi tío había estado en la cárcel y si sabía con qué tipo de familia se estaba metiendo y que dejara de salir con mi hermana.

S.: ¿Y a ti te pasó alguna vez algo así?
KINGA: Yo soy la más pequeña y la que menos o nada lo padeció, piensa que cuando terminó el régimen yo tenía apenas 14 años. Aunque en la escuela primaria, por ejemplo, el Director, que era un comunista empedernido, no paraba de meterse conmigo y con mi hermana también. Nos enseñaba química y constantemente, delante de todos los otros niños, me repetía que era una malvada niña adulta. Además no me quería dejar ser pionera, aunque era obligatorio, pero a mi eso no me importaba para nada.
Ya eran los 80 y no había tanta represión, o al menos la gente la percibía menos.

S.: Porque después del 56 siguió la represión, no?
KINGA: Sobre todo limitaciones para entrar en la universidad o para el trabajo. A mis padres, que todavía estaban en edad de estudiar, simplemente los pusieron en la lista negra del Ministerio de Interiores y no les permitieron entrar en la Universidad.
Pero él, ya antes del 56, había padecido alguna represalia parecida por venir de una familia de aristócratas. Solo le dejaban hacer trabajos físicos. Trabajó como electricista, como vendedor de libros y de aguafuertes.
En la cárcel, en Marianosztra, estuvo haciendo escobas y algo de zapatería también.
En el 63, a los 27 años, salió en libertad y recién en los 80 pudo estudiar. Por eso digo que los 80 fueron más libres. Y entonces, ya de mayor, estudió derecho.

S.: ¿Y objetos que te queden de tu padre y del 56?
KINGA: En el juicio le confiscaron la totalidad de los bienes, y a mi mamá también. Le dejaron una mesa y una silla, nada más. Las cartas, los estudios de mi tío, todo se lo llevaron cuando allanaron el domicilio o lo quemaron mis familiares para que no se pudiesen usar en el juicio. No quedó nada.
Hay cosas, pero de más adelante. Por ejemplo, del telón de hierro, de la frontera con Austria, mi papá lo había cortado y se había traído un trozo de alambre que teníamos luego en casa.
En el 89 cuando empezaron a sacar las estatuas comunistas, mi hermano se trajo un paraguas inmenso y de metal que pertenecía a la estatua de Kun Béla. Estuvo bastante tiempo en casa, ahora no sé dónde andará.

S.: ¿Tu papá salió de la cárcel con algún tatuaje?
KINGA: No se hizo ninguno. Los políticos no se hacían tatuajes, era un tipo de preso diferente de los delincuentes corrientes y además normalmente estaban ubicados en lugares diferentes dentro de la cárcel.
Lo que contaban era que se enseñaban mucho entre ellos. Todo el mundo que sabía algo lo compartía con los otros, porque no tenían otra cosa. Si alguien sabía historia o literatura o simplemente algún poema, lo compartía con los demás. Incluso contaban que si podían conseguir, por ejemplo, una hoja del listín de teléfonos, se dedicaban a aprender todos los números y nombres que había; solamente para hacer algo, para mantenerse despiertos, para pasar el tiempo.

S.: Parece que el espíritu de la revolución se mantuvo también la cárcel.
KINGA: La gente se movía muy unida. Siempre nos hablaban de los días de la revolución como de días ejemplares y puros, como de algo más elevado del nivel cotidiano, como un punto de referencia. Algo así como una guía de cómo hay que comportarse y de cómo hay que defender los verdaderos valores. Un ideal que solo puede ocurrir en períodos reducidos, casi un milagro cuando, como en el 56, implica a tanta gente.
Decían que había cajones donde se pedía dinero para los más necesitados de la revolución y la gente dejaba allí el dinero y nadie lo tocaba, ni nadie robaba tampoco nada de los escaparates rotos. Una situación que hoy es imposible imaginar. Y no es que la gente no pasase necesidades, sino al contrario, pero se movían con otros valores, por la libertad y evitaban ensuciar la revolución. Estos días, entre el 23 de octubre y el 4 de noviembre, que no fueron muchos, fueron incomparables y todavía hoy se respeta su recuerdo y su espíritu.

Pero también es verdad, que en casa se contaba, que sí hubo un hecho que manchó esas jornadas y fue la matanza de aquel “ávós”, de la AVH, en la plaza de la República. La multitud lo terminó matando a golpes. La AVH eran los servicios de defensa del estado. Era un cuerpo militar, oficialmente reconocido, con un uniforme particular y sus grandes coches negros, que entre otras cosas se ocupaban de torturar a los presos políticos.
Este es el punto negro de la revolución, el lado oscuro. En casa nos lo contaban como algo horrible y nos decían que este había sido el único caso pero que fuera de él, siempre habían conseguido todos sus fines de manera legal y no mediante juicios viscerales.

S.: Y volviendo a la familia ¿tu tío, cuándo salió de la cárcel?
KINGA: Con mi tío ocurrió una cosa preciosa. A él le habían dado cadena perpetua y después de un tiempo en la cárcel, le diagnosticaron cáncer, cáncer linfático. Lo trataron en oncología y cuando entró en fase terminal, cuando le dijeron que le quedaban un par de semanas, mi mamá se dirigió a pedir ayuda a la esposa de Gyula Illyés, un poeta húngaro de renombre internacional, que se dirigió a Erdei Ferenc y a Losonczi Pál, que era en aquel entonces el Presidente del Consejo Presidencial y, gracias a su intervención, lo pusieron en libertad. Se ve que esto se suele hacer, por ley o costumbre, para que el enfermo se muera en casa. Lo soltaron en el 68, pero entonces, inexplicablemente, se curó y vivió en libertad hasta el 89.

S.: Después del 89 ¿hubo algún tipo de indemnización para las personas que estuvieron en las cárceles comunistas por razones políticas?
KINGA: Lo primero fue que todos fueron rehabilitados políticamente y les quitaron los antecedentes penales. Después hubo algún tipo de indemnización económica, pero no sé exactamente cómo funcionó. Creo que una única vez les dieron una especie de bonos del estado. Mi papá tenía, pero creo que nunca los utilizó.

S.: ¿Y el lunes 23 vas a hacer algo?
KINGA: Me voy a juntar con mi mamá y vamos a mirar juntas la película “A tanú”. Creo que es una película que sintetiza toda una época.

La libertad también fue deseo en 1956

por Kléber Mantilla

Si hay algo que se parece entre los levantamientos populares húngaros de 1956 y de 2006 es el sistema policial represivo de escala, que hoy actuó con la misma crueldad que antaño. No obstante, el escenario social y político no tiene punto de coincidencia. Por ello, recordemos la historia para poder planificar algún futuro.

Los húngaros se sublevaron contra Moscú, buscando una independencia política, en 1956, desde el 23 de Octubre hasta el 4 de Noviembre, cuando entraron los tanques rusos a Budapest y se instauró un gobierno local prosoviético dictatorial. Esto sucedió durante la celebración de los Juegos Olímpicos de 1956, en Sidney. Y, la mejor de todas las batallas se libró en una piscina de Waterpolo, entre estas dos naciones enfrentadas.
En realidad, el estalinismo, había salido reforzado después de la pérdida del nazismo en la Segunda Guerra Mundial y se extendió en toda Europa del Este y China en 1949. Esta vez con una nueva era socialista que reafirmaba su victoria histórica contra el viejo socialismo revolucionario pluralista. Al mismo tiempo, el permanente debate sobre los campos de concentración y la represión de la disidencia empezó a crecer en los sectores intelectuales de la izquierda de Francia e Italia. Incluso en Yugoslavia, Tito ya repetía el discurso de la independencia. Tras la muerte de Stalin en 1953, se registraron revueltas obreras en Alemania del Este y en Octubre de 1956 estalló la revolución en Hungría.

En Hungría, los grupos de intelectuales y estudiantes justificaban los hechos con el “Informe Kruschev” que confirmaba los crímenes de Stalin. En la manifestación aparecieron comunistas, anticomunistas, demócratas, liberales, socialdemócratas y los seguidores del ex gobernante monárquico Miklós Horthy. Además, se mezclaron los problemas del industrialismo acelerado con la limitada producción.
Moscú envió a Budapest como mediadores a Mikoyan y Suslov, para cambiar la dirección de Mátyás Rákosi, por Ernő Gerő. Colocaron a János Kádár y otros de los llamados comunistas nacionales, que pertenecieron a la resistencia. Entre los cambios y ofrecimientos constaba rendir honras fúnebres a las víctimas del rakosismo opresor. También se plantearon unas ayudas económicas.
Sin embargo, en las calles, se sentía el maquillaje de los cambios. El 23 de octubre, el gobierno permitió una congregación en la estatua del poeta Sandor Petöfi, para recitar el simbólico Talpra Magyar, (¡Húngaros de pie!). Una multitud de intelectuales, estudiantes, empleados, obreros y campesinos portaban banderas nacionales con un hueco en el medio porque habían cortado el emblema comunista. En un comunicado, la unión de escritores y luego en otra carta los estudiantes pedían: la salida de las tropas soviéticas, la reconstitución del Gobierno bajo la dirección de Imre Nagy y la expulsión de los estalinianos, las elecciones generales con sufragio universal y secreto y participación plural de partidos, el derecho de huelga para los trabajadores, la revisión de los tratados soviético-húngaros, de los procesos político y económicos, y la rehabilitación de las víctimas del rakosismo.

¡Nagy al poder! fue el grito de combate pese a que no estuvo él en la manifestación. Solo por la tarde llamó a la gente al orden constitucional pero con un lenguaje racional sin sentimentalismos. El primer secretario del partido, Ernö Geröe, en la radio, dijo que defendía el poder de la clase obrera y calificó la manifestación de nacionalista. Esto enfadó y decepcionó a las multitudes.
Los acontecimientos siguientes fueron de violencia. El rechazo se sintió en las cercanías de la Radio, en la sede del periódico del partido, y en otros barrios de la ciudad. El servicio de la policía secreta (AVH) defendió la institucionalidad, pero la calle se llenó de rebeldes.
Pronto se crearon los Comités y Concejos de Obreros elegidos con voto popular. El más radical con los pedidos estuvo en la ciudad de Miskolc, que planteó un sistema igual al anterior a 1945. Nagy fue el líder de esta nueva revolución, pese a que algunos grupos lo acusaban de responsable de la llamada a las tropas soviéticas y en algunos medios impresos y radiales financiados por los servicios secretos de los Estados Unidos, lo acusaban de traidor.

La violencia de las masas escaló hasta presentarse la masacre del Centro del Partido Comunista de Budapest ocurrida el 30 de octubre. El mismo día se declaró que ,desde el 23 de octubre, había terminado el partido Único, y se anunció un Gobierno de coalición, igual al de 1945, y el inició de conversaciones con la Unión Soviética para la evacuación de sus tropas. Hungría vivió el sueño de ser un país libre, independiente y neutral.

En aquellos días, para una segunda invasión soviética a Budapest, el 4 de noviembre, pesaron las razones internacionales, pues coincidió con la invasión de Francia y Gran Bretaña al Canal de Suez: los socios de Washington en Europa. Los húngaros, al parecer, esperaban la ayuda de Estados Unidos, pero los acuerdos de Yalta vigentes limitaban su esfera de acción en Hungría por estar en el bloque oriental. Las grandes potencias no se interesaron en una zona ya resuelta después de la Segunda Guerra Mundial. El último gobierno de coalición formado por Nagy hizo público el 3 de noviembre su propósito de impedir la restauración del capitalismo en Hungría, pero también de defender las conquistas de la revolución, en particular la independencia nacional, la neutralidad y la construcción del socialismo en democracia.

El 4 de noviembre, Imre Nagy y algunos de sus colaboradores se refugiaron, en la embajada de Yugoslavia al no recibir respuesta de las Naciones Unidas con respecto a la invasión soviética y el 23 de noviembre fueron sacados y deportados a Rumanía. El 16 de junio de 1958 fue ejecutado, junto a Pál Malter, József Szilagyi, Miklós Gímes y Géza Losonczy. El régimen neoestalinista de Kadar, después de una primera etapa de brutal represión, se consolidó con los años.

Al revisar el proceso, el filósofo y escritor Albert Camus dijo que “si la opinión mundial fue demasiado débil o egoísta para hacer justicia a un pueblo martirizado, la resistencia puede durar hasta que ese Estado contrarrevolucionario en el Este se hunda bajo el peso de sus mentiras y contradicciones”. La URSS colapsó en 1989 y tendría como responsables los sucesos ocurridos en Hungría y Polonia.


Fuentes:

"Anarchy: A Graphic Guide", de Clifford Harper
La revolución de 1956

Octubre 2006

por Aranyos Eszter

Lindo mes de otoño. Debería haber sido un mes de preparación para el cincuenta aniversario de la revolución de 1956; y fue en varios países del mundo. En Nueva York, en Viena y en Bruselas, entre otros, se inauguraron exposiciones, se organizaron conciertos y charlas conmemorando aquellos lejanos hechos ya históricos con los que se pretendió cambiar de raíz la Hungría de la época.

Pero aquí, sin embargo, los acontecimientos y discursos de las últimas semanas, no hicieron más que traer peleas y disentimiento.
El trágico 20 de agosto pegó fuerte. Muchos lo interpretaron como el reflejo de una perdida necesidad asociativa, en el terreno social pero también a nivel personal y espiritual.
A principios de septiembre empezó un período de crisis, y no tanto por la llamada crisis moral de la que todos hablaban sin cesar, sino más bien porque aparecieron arranques nunca antes vistos en esta joven democracia. Las escenas de vandalismo del ataque a la sede de la televisión siguieron repitiéndose durante días en el Nagy körút y en las calles laterales.
La prensa extranjera dijo que llegó a haber unas 30 ó 40 mil personas en Kossuth tér. Entre semana se mantenía una media de 3500 personas y los fines de semana subía a 20.000.
Se había roto un tabú: el de no hablar sobre política, y era lo más normal, ya tocaba. Hasta en el trolebús, entre gente desconocida, se podían escuchar conversaciones analizando los acontecimientos. A mi, personalmente, me pasó al revés: me harté de la política, y creo que más de uno también. Diría que muchos, que antes apoyaban a alguno de los partidos que aquí cohabitan han ido perdiendo la fe y las ganas.

Lo demás es ya parodia. Trazar paralelos entre los hechos ocurridos delante del parlamento y la revolución de 56 es más que vergonzoso.
En cuanto al Fidesz, después de las elecciones se echó atrás y si comparamos lo que decía hace un mes y lo que dice ahora, podemos comprobar que es diametralmente opuesto. Ya no quieren elecciones anticipadas, ni siquiera quieren la dimisión de Gyurcsány, ahora simplemente se limitan a echarle la culpa de todo al Partido Socialista. Las reformas y restricciones que hace poco tanto criticaban, ahora no solo es que no estén mal sino que son de obligatorio cumplimiento para el gobierno actual y los que sigan.
Desde las pasadas elecciones no hacen otra cosa que boicotear toda acción del Primer Ministro. En cuanto Gyurcsány coge el micrófono, salen de la sala del Parlamento y por supuesto no participan de ningún evento al que él asista. Son métodos de guardería en el arenal en que se ha transformado el país.

Y para terminarla, decidieron unirse a los manifestantes de la Plaza, pero solo para el té, cada día de 5 a 6 hasta el 23 de octubre, que decidieron celebrarlo en Astoria. “Circo gratis y tristes comedias cutres” podría ser el título la película.
Los cuatro gatos, del grupo estable acampado, que renunciaron a dejar la plaza, con unos looks milenarios, de cuando nuestro pueblo era nómada y correteaba entre los Cárpatos, consiguieron un acuerdo con la policía para poder compartir, el 23, el uso de la plaza. Para poder compartirla ni más ni menos que con los 50 jefes de estado y reyes varios que vinieron a la celebración.
Al principio parecía imposible ya que pedían permiso para más de 1000 personas cuando ellos no eran más de 100 en total. Además, claro está también querían que no les quiten sus tienditas de campaña y las ollas para el gulyás. Su romántica sugerencia era que el “pueblo” invitaría a comer a las autoridades de Europa. El caso es que al final, a petición del Presidente del Estado, los dejaron quedarse. Igual cabría reflexionar sobre la injerencia del Presidente, ya que la Constitución indica y él lo sabe mejor que nadie porque ha sido juez constitucional, que no puede presionar al Primer Ministro, ni a la policía, ni a otras instituciones similares. Su función es puramente asistencial.

Después de estos ires y venires pareció que ya había terminado definitivamente el tema, pero el 23 de octubre a las 2 de la madrugada, la policía sacó a patadas a todos los manifestantes de la plaza. Parece ser que los acampados no dejaban que la policía entre en su territorio para controlar y llevar a cabo el plan de seguridad y defensa por las visitas oficiales. A modo de post scriptum, podemos mencionar que en la redada final, en las tiendas, encontraron lanzas y otras armas de corte y golpe (martillos, hachas, bolas de hierro, etc.)

Al fin y al cabo, algunos tuvimos una linda fiesta este pasado 23 de octubre con tanques rusos y tranvías originales del 56 en exposición desperdigados por la ciudad; gases lacrimógenos cayendo como nieve de los helicópteros, gente jugando a la revolución arrastrando los tanques y construyendo con ellos barricadas. Un desarme total de emociones: manifestantes gritando, policías atacando; y para que no le falte nada al pueblo, fuegos artificiales de acompañamiento. De verdad, fue una fiesta inolvidable.